lunes, 17 de octubre de 2005

Desperdicio de talento, liderazgo y oportunidad

Tuve el placer de conocer a Eduardo Galeano. Los amigos de la Universidad lo trajeron a La Ventana y pasamos varias horas conversando, bromeando, discutiendo. ¡Qué hombre más agradable, inteligente, dotado de humor, generosidad y calor! Esa noche fui a mi casa alegre, pero pensativo; con más dudas que antes, pero también con más optimismo.

El día siguiente fui a la Universidad Nacional al acto de otorgamiento del doctorado honoris causa a Eduardo Galeano. Escuché a un Eduardo Galeano hablando al público. No tenía nada que ver el hombre de discusión y reflexión que había conocido la noche anterior con aquel hombre hablando al público –su público: buena parte de la izquierda política e intelectual salvadoreña que se había reunido para homenajearlo.

Era como ir a un concierto de una estrella de rock de los años de Woodstock y oírlo volver y volver y volver a cantar las canciones de entonces que lo hicieron estrella. Escuchás las canciones de siempre, las que hacen feliz a todo el mundo alrededor tuyo, y te preguntás: ¿Qué ha hecho este tipo, tan talentoso, tan creativo, tan borrador de esquemas –tan revolucionario si querés- en los 36 años desde Woodstock? ¿No habrá escrito música nueva, no habrá desarrollado nada nuevo? ¿No habrá hecho nada que me cuestione mis gustos, mis verdades, mi manera de escuchar música - así como lo hizo en 1969? ¿Y toda esta gente, realmente no quieren escuchar nada nuevo? ¿Por qué no le permiten salir del guión acostumbrado? ¿Por qué no le exigen algo nuevo, algo que los vuelva a sacudir, algo que les vuelva a cambiar el rumbo, como Woodstock nos cambió el rumbo en 1969, en conjunción con el junio de 1967 en Berlin, con mayo de 1968 en Paris, con el agosto de 1968 en Praga, con el mayo 1970 en Kent State University* – y con la aparición en 1971 de un libro llamado “Las Venas Abiertas de América Latina”, escrito por un autor hasta entonces desconocido: Eduardo Galeano...

Con eso, regreso del concierto imaginado de Carlos Santana o Joe Cocker a la ponencia real de Eduardo Galeano en San Salvador. El gran intelectual Eduardo Galeano, quien fue capaz de despertar inquietudes, búsquedas, insurrecciones en varias generaciones, esta vez no convenció a nadie. Habló a los convencidos. El autor de un libro que hizo a millones de jóvenes repensar su manera de ver al mundo, aquí no hizo pensar a nadie. Vino a reconfirmar convicciones, a cimentar posiciones, a reconfortar a los creyentes. Del encuentro con Eduardo Galeano, la gente no salió pensativa, salió feliz; no salió sacudida en sus fundamentos ideológicos, salió con la seguridad de convicciones reconfirmadas. Eduardo Galeano, en vez de inquietar a su público, lo dejó con la tranquilidad de saber que sus posiciones siguen siendo válidas.

¡Qué desperdicio de talento, de liderazgo y de oportunidad! A un país como el nuestro -donde urge que la izquierda repiense su manera de ver el mundo, donde urge una buena sacudida al edificio de nuestras convicciones- no todos los años viene alguien como Eduardo Galeano. Alguien con una trayectoria de pensamiento rebelde, fuera de cualquier sospecha de haberse doblegado ante las presiones o tentaciones que usan las derechas para neutralizar a líderes de la izquierda; alguien que tuviera la autoridad moral para de nuevo sembrar en nosotros dudas, inquietudes, cuestionamientos.

El problema es que no sé si Galeano coincide conmigo en la necesidad impostergable de volver a sembrar dudas donde hay posiciones políticamente correctas; provocar inquietudes donde hay seguridad ideológica; sacudir donde hay ortodoxia.

Me quiero imaginar que sí. No quiero asumir que un gigante de pensamiento como Galeano se reduzca a un papel de viajar por el mundo y contestar a cualquier pregunta, a cualquier problema, a cualquier reto siempre con la respuesta más correcta en la escala de lo políticamente correcto. Esto es lo que hizo en la Universidad de El Salvador. Me imagino que la presión sobre un hombre -un mito- como Galeano es enorme: Al fin estás en el país cuyo sufrimiento y posterior levantamiento contra el sufrimiento ha confirmado tus teorías y ha puesto en práctica tus sueños; al fin estás parado en el aula de aquella universidad que ha sufrido ocupaciones militares, una política del estado de asesinatos a rectores, profesores, dirigentes estudiantiles, pero que igualmente ha producido herramientas y contingentes insurgentes. Y sientes que todos quieren escuchar que la verdad sigue siendo la verdad, que los malos siguen siendo los malos, los buenos los buenos, los revolucionaros los revolucionarios, los enemigos los enemigos y - los traidores los traidores. Sientes la emoción de la unidad, de las convicciones compartidas.
Entonces, ¿qué vas a decir? Las verdades de siempre, lo políticamente correcto. A menos que seas rebelde y líder de verdad.

Como aquel ex-dirigente guerrillero que escuché, hacia varios años, dirigirse a una asamblea de excombatientes insurgentes, dirigentes campesinos, “masa organizada” en una de estas zonas que durante la guerra fueron bastión del Frente. A aquel dirigente parado en frente de esta asamblea de unos 400 mujeres y hombres le preguntaron sobe el TLC, que en aquel entonces apenas se comenzaba a discutir. El hombre levantó la voz y gritó: “¡Los TLC son la nueva forma del imperialismo para seguirnos explotando!” Aplauso, pero todavía dudoso, dado que este dirigente ya tenía el estigma de la derechización y traición. “La globalización es el nuevo nombre del imperialismo.” Más aplausos, menos dudas. “No hay que permitir que el gobierno de Arena firme el TLC con Estados Unidos. ¡Nunca!” Aplausos frenéticos de todos. La gente que durante la guerra confió mucho en este dirigente, estaba feliz de darse cuenta que no era cierto que se había vuelto traidor. El hombre corta los aplausos con un gesto de su mano derecha y con un levantón de su voz: “Ven, compañeros, así de fácil es engañarlos. Uno sólo tiene que venir aquí y gritar un par de consignas y decir un par de tonterías que ustedes quieren escuchar - y ya consigue que lo apoyen, que le sigan y que le confíen. Ya consigue que ustedes dejen de usar su propia cabeza y sigan al partido. ¡No sean tan confiados! ¡No confíen tanto en las consignas, en las frases que les suenan bonitas! ¡Sólo porque las repiten a cada rato no son verdades!” Silencio. Caras incrédulas. “Bueno, hoy hablemos del TLC...”

El dirigente les hizo un breve análisis de la globalización. La globalización como un proceso que no se puede detener, que es irreversible, y que va a cambiar nuestras economías, nuestras vidas y nuestras oportunidades de todas formas, tengamos o no tratados de libre comercio con Estados Unidos, con México, con el Sur o con Europa. Concluyó que es absurdo luchar contra la globalización. En vez de luchar contra algo que no se puede detener, hay que luchar y trabajar para que tengamos mejores condiciones dentro de un mundo globalizado. En este contexto hay que discutir el TLC. No es cuestión de estar en contra o a en favor del TLC, sino cómo conseguir un TLC más favorable, un país con más equidad y más productivo...

Ya no hubo tantos aplausos. Hubo aplausos de algunos y protestas y puteadas de otros. Pero la mayoría –en favor o en contra de este dirigente; e independientemente de su grado de vinculación al partido FMLN- quedó pensativa. Quedó picada, con dudas, con cuestionamientos al gobierno, pero también a la oposición. Había venido alguien para sacudir sus convicciones. Un veterano dirigente campesino, ex guerrillero y actualmente presidente de una cooperativa, me lo resumió de esta forma: “No sé si este compañero tiene razón, pero sé dos cosas: primero que tiene huevos de venir aquí a hablar de esta manera. Segundo, que hay que pensar bien este volado de la globalización.” Ni puedo imaginarme el impacto que hubiera tenido Eduardo Galeano si hubiera hecho algo similar en la Universidad de El Salvador.

*2 de junio 1967 en Berlín: Una manifestación de estudiantes contra la visita de Reza Pahlevi, el Shá de Persia, es reprimida. Un policía mata a tiros a un estudiante, hecho que desencadena el movimiento estudiantil antiautoritario en toda Alemania.Mayo 1968 en París: huelga estudiantil, acompañada de manifestaciones y huelgas de estudiantes y obreros en todo el país.Agosto 1968 en Praga: Tropas soviéticas y de los países comunistas de Europa Oriental invaden a Checoslovaquia para poner fin a las reformas impulsadas en este país, encaminadas a democratizar el socialismo. Estudiantes checos se enfrentan a los tanques soviéticos.Mayo 1970 en Kent State University en Ohio: la Guarda Nacional abre fuego contra una manifestación estudiantil contra los bombardeos norteamericanos en Camboya ordenados por Nixon. Cuatro estudiantes mueren.Los cuatro eventos marcan el carácter internacional de la rebelión de la juventud contra el orden internacional creado por la Segunda Guerra Mundial. Nace una nueva izquierda, que es radical, independiente, internacionalista y opuesta a los partidos comunistas.
(Publicado en El Faro)

lunes, 10 de octubre de 2005

¿Fiebre de reportero o fiebre amarilla?

A los periodistas -los que somos reporteros- los estados de emergencia nos dan esta rica sensación que sólo provee un choque de adrenalina. Los que hemos cubierto la guerra, tenemos grabada en nuestra memoria química esa sensación de acción, de peligro. Aunque va mucha más allá de la pura aventura: En las situaciones de peligro, tensión y catástrofe se siente lo humano de formas antes no descubiertas, la solidaridad, la generosidad entre extraños. Surge una complicidad, una rara y dulce hermandad, entre protagonistas, víctimas y cronistas. Digo memoria química, porque se activa de manera química, espontánea, automática, en ciertas situaciones.

En mí, los terremotos de 2001 activaron, de un momento a otro, los instintos de reportero-fotógrafo, que yo pensaba que había dejado detrás cuando dejé detrás primero la guerra, después el periodismo, para dedicarme al bello oficio de atender una barra. Era increíble: Sólo escuché el incesante rugido de los helicópteros entrando y saliendo al Hospital Militar - y tuve que agarrar mi cámara. Salí de La Ventana para tomar un par de fotos y terminé recorriendo el país entero por seis semanas. Nos juntamos cuatro veteranos fotógrafos-reporteros, y contagiamos de nuestra fiebre al pobre Raúl Otero, quien hasta entonces llevaba la tranquila vida de fotógrafo de moda, publicidad y arte. Los cuatro no descansamos hasta no haber cubierto todos los pueblos afectados, y después gastamos pisto y tiempo que no tuvimos para producir una documentación y exposición fotográfica que recogieran lo que los terremotos habían hecho al país. Terminamos endeudados, exhaustos y felices.

Entonces, conozco muy bien el impulso de salir adonde está la acción para vivirla, reportarla, narrarla.

Sentí casi como propia la fiebre que agarró a los periodistas jóvenes. No se necesita memoria de la guerra para caer. Esta vez, yo no fui. Veo, desde la distancia, el trabajo de los demás. Veo la pasión y la compasión que se expresa en las fotos. Con todos los aciertos maravillosos, pero también con los desaciertos horrorosos que pueden resultar si la pasión y compasión no están acompañadas de disciplina, rigurosidad y ética profesional. Sea por parte de los autores o por parte de los editores.

A ver: Ambos periódicos tienen fotógrafos excelentes. Además de las fotos que les proveen los maestros que trabajan para las agencias internacionales. Aquí hay escuela de fotógrafos de noticia. Abro los periódicos y me siento orgulloso de la nueva generación de fotógrafos. Hemos visto portadas maravillosas (la del lunes 3 y viernes 7 de octubre en El Diario de Hoy; la de La Prensa Gráfica, del mismo viernes 7 de octubre). Pero igual vimos portadas horribles como la del Diario del día sábado 8 de octubre, con fotos que de manera inhumana exhiben y explotan el dolor de los familiares de víctimas fatales.

El fotógrafo toma todo tipo de fotos, incluyendo muchas fotos que por decencia no deberían publicarse. Aunque el buen fotógrafo no necesita acosar a las madres dolientes. La responsabilidad principal, en estos casos, es del editor. Un buen editor fotográfico no selecciona estas fotos. Un buen jefe de fotografía no premia al fotógrafo que irrespeta la privacidad. Además, la foto de una madre que llora a una niña victima de la tormenta Stan no se distingue en nada de la foto de ayer de la madre llorando al hijo víctima de la pandilla X. Estas fotos, tan comunes en periódicos como Más y El Diario de Hoy, y estas escenas transmitidas por 4visión, no van al fondo, no ilustran nada, son resultado de la incapacidad de narrar una historia.
Tenemos muchos fotógrafos excelentes (aprovecho esta columna para felicitarlos por su trabajo de los últimos días), pero muy pocos editores buenos. Mucho menos editores de fotografía. La excepción es Paco Campos, y es por él que La Prensa Gráfica presenta mejor fotografía. Paco es reportero-fotógrafo nato y sabe que para expresar el impacto de un desastre, no es necesario violar la privacidad y dignidad de las madres dolientes.

En los reportajes escritos y de televisión existe el mismo problema, sólo más grave. Abundan las entrevistas a familiares de víctimas. La forma más barata y bajera de crear impacto. Quien no tiene capacidad de escribir se agarra de la madre del difunto. O de la morbosidad del vecino. Siempre cuando hay un accidente o un asesinato o un desastre, entrevistan a "testigos" que no han visto nada, no saben nada. Aparecen en cámara o en el periódico simplemente porque estaban cerca cuando el reportero necesitaba a un "testigo" o a un "afectado". Son los curiosos y morbosos que se quedan haciendo un círculo donde haya un muerto. Ahí están, siempre dispuestos a salir en cámara, siempre listos para reproducir lugares comunes ("aquí no han venido a ayudar..."). El periodista que no sabe como investigar y narrar un hecho, felizmente se apoya en ellos: familiares dolientes y transeúntes "testigos".

Cuando es un solo reportaje, este error casi no llama la atención. En situaciones como la actual crisis de inundaciones, erupciones y derrumbes, la repetición del mismo error lleva al absurdo esta forma de periodismo. Cuando un periódico dedica 20 páginas a los efectos de Stan y los reporteros van a 10 diferentes albergues, donde las imágenes todas se parecen, donde los "testimonios " todos se parecen; y además van a 10 diferentes ríos donde las inundaciones todas se ven iguales, las historias de los "afectados" todas suenan iguales; y van a 5 diferentes lugares donde los derrumbes y los testimonios son intercambiables - ¿qué han reportado?

Las páginas de los extras de los periódicos, hechos así, corresponden exactamente a la cobertura televisiva, donde día y noche pasan las mismas tomas -muchas veces no editadas- de ríos, deslaves, derrumbes, gente tratando de salvar sus pertenencias. La información en bruto, en grandes cantidades, y repetida en todos los medios, no informa. Desinforma.

Los medios se llaman "medios" porque son más que simples espejos o cámaras que captan y transmiten todo lo que pasa. Los medios, pare cumplir su función, procesan la información. Esto es lo que he observado en estos días: la poca capacidad de nuestros medios de procesar la enorme cantidad de información que producen los desastres. Cuando empecé como reportero urbano, en mis años de bachillerato, el viejo editor de las páginas urbanas me decía: "Más es menos. Menos es más."

El reportero que se mete tres días y tres noches en un albergue, registrando a profundidad las historias de la gente, sus angustias, sus experiencias, su manera de lidiar con la adversidad, vale más que la suma de 10 reportajes superficiales en 10 diferentes albergues del país. El reportaje que nos explica cómo ha quedado el país, producido por 5 periodistas durante 5 días vale mucho más que los 25 "reportajes" diarios publicados por cinco periodistas durante 5 días seguidos.
Pocos esfuerzos en esta dirección he visto en los medios nuestros en estos días. Tampoco los periódicos han trabajado el aspecto de la memoria histórica, de las lecciones no aprendidas por el estado, por la sociedad en general. Una crónica de cómo una familia o una comunidad ha sido afectada por la sucesión de calamidades en los últimos años (guerra, masacres, sequías en verano, inundaciones en invierno, terremotos) y cómo esta suerte guarda relación con la calamidad permanente y estructural que es la pobreza, nadie la ha escrito.

El Faro, este medio cuya principal razón de ser es la innovación, el profesionalismo sin ataduras, el laboratorio de formatos y estilos, se dejó contagiar por la fiebre. Lo que es bueno, siempre y cuando se tenga la capacidad de proveer más profundidad, más contexto, más dimensión que los diarios. Pero los periodistas de El Faro, en su afán de mostrar que con pocos recursos se puede hacer no sólo periodismo semanal sino incluso diario, no hicieron más que agregar unas cuantos notas incompletas a las incontables notas incompletas de los demás medios. Hubiera sido mejor tomarse el tiempo que les da su carácter de semanario, para hacer notas de profundidad, de seguimiento. Escribir sobre el país, no sobre cada cantón y cada barrio, eso era el reto de El Faro. Someterse a la presión de la producción diaria, bajo las mismas o peores condiciones que en los otros periódicos, mandando reporteros al interior del país para que pasen dos horas en un lugar y convertir esta experiencia en crónica, es desperdiciar el talento y la voluntad que tienen de sobra los reporteros de El Faro.
(Publicado en El Faro)

lunes, 3 de octubre de 2005

Una gran coalición para reformar al país

La izquierda unida podría gobernar. Entre socialdemócratas, ecologistas y comunistas hay una mayoría sólida para gobernar. Al fin la anhelada, la tan soñada mayoría más allá del campo burgués. Cobra vida el viejo fantasma del Frente Popular que tiene 90 años de robarle el sueño a la burguesía.
Tranquilos, no es un escenario hipotético para El Salvador después de las elecciones del 2015. Es la situación en Alemania después de las elecciones de septiembre 2005. Y la burguesía puede seguir durmiendo: No existe el tal Volksfront. La mayoría para las izquierdas sí existe – matemáticamente, pero no políticamente, porque no existe una izquierda unida. La socialdemocracia alemana, que podría quedarse en el poder si estuviera dispuesta a buscar entendimientos con los comunistas y los disidentes socialdemócratas unidos en el Linkspartei (partido de la izquierda), no quiere gobernar con esta mayoría a la izquierda del centro. No quiere integrar ni encabezar un frente popular. Hay mayoría, pero políticamente no es viable. No hay programa, no hay proyecto común entre socialdemócratas y comunistas.

Resultado de la mayoría alcanzada por las izquierdas, la derecha tampoco puede gobernar: democratacristianos y liberales juntos no logran formar gobierno. En Alemania, que es una democracia parlamentaria, el pueblo no elige al jefe de gobierno, sino solamente al Parlamento. Quien quiere gobernar necesita formar una mayoría en el Parlamento que lo elija como jefe de gobierno.

Ni los socialdemócratas (con sus aliados ecologistas de los Verdes) ni los democratacristianos (con sus aliados Liberales) pueden gobernar. Al rechazar la socialdemocracia gobernar junto con los comunistas, sólo queda una solución: que los dos grandes partidos, la socialdemocracia y la democracia cristiana, asuman juntos el poder. Esta llamada “Gran Coalición” es la opción menos sexy de todas, y antes de las elecciones nadie abogó por ella, pero es la más lógica solución. Solución no sólo al empate electoral, sino a la situación de Alemania.

Yo, viendo esta situación desde lejos en espacio y tiempo, ya que tengo 25 años de no vivir en Alemania, digo: A veces el votante es sabio. Tal vez no cada uno haciendo su marca, pero sí el votante colectivo que creó este empate.

El mensaje del votante colectivo es claro: Los problemas del país son tan serios y complejos que ninguno de los dos partidos grandes tendría capacidad de resolverlos. El país necesita reformas tan profundas y probablemente dolorosas que ninguno de los dos partidos grandes tendría suficiente apoyo, suficiente valor y decisión política para implementarlas.

Alemania todavía está pagando los enormes costos de su reunificación, es decir, de la reconstrucción, modernización y absorción de un país de 18 millones dejado por 40 años de gobiernos comunistas en total ruina.

Además está pagando todavía los costos de las políticas (más bien de la falta de políticas) durante los 16 años de gobierno de democratacristianos y liberales encabezado por Helmuth Kohl. Durante 16 años críticos de cambios estructurales de la economía mundial, en Alemania no se hizo nada para reformar el país para mantenerlo competitivo. La derecha simplemente esperó –con cierta satisfacción- que el estado de bienestar colapsara, con su sistema de seguro social, de pensiones, de seguro de desempleo, con su sistema de salud y educación gratis para todos. Este sistema, de todos modos, necesitaba urgentemente reformas, pero llegó al punto de colapso cuando tenía que incorporar a toda la población de Alemania Oriental.

La socialdemocracia tomó el poder, hace ocho años, con un sólo propósito: reformar el estado de bienestar para salvarlo. Hacerlo compatible con las nuevas realidades de la economía globalizada, para salvarlo. Viendo el estado de bienestar como la conquista histórica de la socialdemocracia europea, y la economía social del mercado como el logro histórico de la una nueva Alemania que después de la segunda guerra mundial fue construida por el consenso de los partidos mayoritarios. La economía social de mercado, con un Estado regulador y que interviene en favor de la equidad social, como alternativa al capitalismo salvaje que había llevado a Alemania a desencadenar dos guerras mundiales.

La socialdemocracia se echó en sus espaldas no sólo la tarea de reformar y salvar el estado de bienestar, sino al mismo tiempo volver competitiva la gran fábrica Alemania, bajar los costos colaterales de la producción industrial para parar o incluso invertir la tendencia de fuga de puestos de trabajo a otros países.La política de reformas que implementó el gobierno socialdemócrata de Gerhard Schroder tuvo efectos, pero no logró sacar a Alemania de la crisis del desempleo.

La respuesta del votante colectivo, ocho años después, es clara: Avala la política socialdemócrata de reformas; no entrega el poder a la derecha que sistemáticamente boicoteó las reformas al estado de bienestar queriendo implementar reformas que lo erradican y los transforman en el clásico estado neoliberal.

El mandato es claro: Pónganse de acuerdo, definan el denominador común y formen una coalición que lleve adelante las reformas, por más complicadas, dolorosas e incluso impopulares que sean. Y el denominador común es: modernizar, no erradicar el estado de bienestar. Revitalizar, no sustituir la economía social de mercado.

Alemania tendrá un gobierno de gran coalición. Es una excelente, tal vez la única, oportunidad de resolver los graves problemas que afrenta Alemania, sobre todo el desempleo.

En democracias parlamentarias como Alemania, los gobiernos de gran coalición, donde se juntan los dos partidos mayoritarios por tiempo limitado y con metas muy específicas que de otra manera no serían alcanzables, pueden tomar dos caminos opuestos. O llevar al país a la total inamovilidad, el empate político institucionalizado, la permanente concertación – o a lo contrario: un gobierno con suficiente fuerza para cortar el nudo gordiano y hacer avanzar el país.
Las grandes coaliciones siempre son la excepción a la regla política. Son una especie de moratoria para resolver un problema serio y después regresar a la competencia que debe existir entre izquierda y derecha.

Como observador a distancia de mi propio país, veo en este empate que obliga a las dos fuerzas protagónicas de Alemania a gobernar juntos, la gran oportunidad para las grandes y profundas reformas que necesita el país. Es más, Europa necesita que Alemania resuelva sus problemas y vuelva a tomar el rol protagónico en la unidad y la economía europea.

Si la socialdemocracia hubiera caído en la tentación de salvaguardar su poder buscando un entendimiento con los comunistas, el país hubiera seguido en la situación de un empate que no permite avanzar, con la derecha y la empresa privada no dejando gobernar y boicoteando cualquier reforma. Y con los comunistas y populistas desnaturalizando la política reformista. Una espiral de confrontación estéril.

En cambio, dentro de la coalición de los dos partidos mayoritarios, existe una potencial mayoría en pro de un pacto para reformar y salvar la esencia del sistema social, del estado de bienestar y de la economía social de mercado. Los dos grandes partidos no son monolíticos. La socialdemocracia tiene un ala ortodoxa que nada tiene que envidiar a los partidos ortodoxos de estas latitudes. Es el ala muy amarrada al movimiento sindical y cercano a los disidentes que salieron del partido socialdemócrata para unirse a los comunistas y llevarlos a un nivel de apoyo electoral nunca visto (8%). Pero la mayoría de la socialdemocracia es abierta a reformas aunque duelen mucho a su clientela tradicional que son los sindicatos.

En la democracia cristiana, hay un empate entre neoliberales que quieren erradicar el estado de bienestar, y socialcristianos que quieren preservarlo. Entre los socialcristianos y los reformistas en la socialdemocracia hay una sólida mayoría para gobernar y para implementar las reformas. Ahí se encuentra la gran oportunidad y el gran reto de la gran coalición que ahora se está negociando.

PS: Para El Salvador, todo esto suena futurista o inimaginable. ¿Y por qué? ¿Es tan duro imaginarse una izquierda democrática que deje de coquetear con la izquierda comunista y populista? ¿Es realmente tan imposible imaginarse que en la derecha salvadoreña haya fuerzas dispuestas a pactar reformas con una izquierda democrática seria y fuerte, una vez que exista?
(Publicado en El Faro)

jueves, 29 de septiembre de 2005

¿Cuándo?

En “Encuentros” tenemos una política definida de no invitar a los “afectados” del tema que ponemos a discusión. Si el tema es seguridad pública, no están en la mesa ni mareros ni víctimas, sino abogados, políticos, jueces, académicos. Cuando discutimos la reforma de salud, habrá médicos, pero no habrá ningún paciente del Rosales.

Tomamos esta decisión, luego de largas discusiones, porque “Encuentros” no es la versión cibernética de “Frente a la Comunidad”. Hay espacios para confrontar afectados con los responsables, y son necesarios. Pero “Encuentros” es un esfuerzo hacia la clase política: obligarla a más seriedad, menos discurso, más tolerancia, menos demagogia, más diálogo, menos confrontación, más transparencia, menos secretividad. Los afectados con sus denuncias y sus frustraciones no caben en este diseño de debate.
Pero hoy voy a hacer una excepción, por lo menos hipotética: Me imagino a un poblador de Las Mercedes, en Ciudad Delgado, como partícipe en el debate sobre el agua que documentamos en esta edición de “Encuentros”. Su credencial: vivir en una colonia que no recibe el servicio de agua potable. Me imagino cómo este señor hubiera reaccionado a las coincidentes afirmaciones de los panelistas de que En El Salvador no hay escasez de agua sino de voluntad política, consenso interpartidario, administración eficiente, legislación adecuada. Me imagino al señor de Las Mercedes, Ciudad Delgado, escuchando a la política, al funcionario y a los dos directores de ONG hablar, con elocuencia, conocimiento, inteligencia y dedicación sobre modelos de descentralización, sobre las tres leyes que regularían el recurso agua y que tienen años de no salir de los pasillos de los ministerios involucrados; del peligro que empresas multinacionales usufructúen nuestras aguas salvadoreñas.
Me imagino qué significa para nuestro señor y su familia vivir meses sin abastecimiento de agua.
Si yo viviera en Las Mercedes, Ciudad Delgado, o si yo fuera uno de los 1.5 millones de salvadoreños no abastecidos con agua potable, yo hubiera hecha una sola pregunta: ¿Cuándo? Repetidas veces. ¿Cuándo?
Me hablan de legislaciones y reformas territoriales como requisitos para resolver mi problema, y yo hubiera dicho: Perfecto, pero ¿cuándo?
Me predican que el sistema de agua no puede funcionar mientras no todos tengamos conciencia que hay que ahorrar agua, hubiera dicho: Fíjese que tengo años de estar mostrando la máxima austeridad en el consumo de agua. ¿Cuándo me dan chance de pecar y desperdiciar agua?
Al presidente de ANDA se le preguntó cuántos no reciben agua y cuándo habrá para todos. Contestó lo primero, aunque reconociendo que ANDA no dispone de datos confiables. La segunda pregunta -¿cuándo?- no la contestó. Me imagino que no sabe. Nadie sabe. Pero tampoco nadie pone una meta. Ni el presidente de ANDA ni la diputada que quiere ser alcaldesa. Deduzco que no hay metas.
¿Qué hubiera dicho el señor de Las Mercedes, Ciudad Delgado? Por lo menos no me dieron paja.

(Publicado en encuentroselfaro.net)

lunes, 26 de septiembre de 2005

Por soberbio cayó, no por corrupto

En algún momento, cuando todo el mundo hablaba de la caída de Luis Cardenal, estuve a punto de dedicar una columna al caso. Iba a decir que me parecía exagerado el alboroto que se armaba sobre una licitación de 23 mil dólares, de la cual la empresa de Cardenal pudo haber devengado una ganancia de... ¿cuánto? ¿Dos o tres mil dólares? Iba a decir que me parecía correcto que el ministro Cardenal haya renunciado, ya que la ley es inequívoca prohibiendo a los miembros del gabinete participar en licitaciones donde se paga con fondos del estado. Pero también iba a decir que para mí lo de Cardenal no es un caso de corrupción, sino más bien de soberbia. Para mi quedaba limpia la reputación y honestidad del empresario Luis Cardenal, y con su renuncia quedaba resuelto el caso de un político demasiado soberbio para entender que él, aunque se considera demasiado aristocrático para caer en las tentaciones del enriquecimiento ilícito, también tiene que acatar la ley. Sobre todo él. Iba a escribir incluso que dejen en paz a un hombre que, aunque nunca me ha caído bien, merece respeto por su renuncia. Iba a decir que si realmente queremos investigar y combatir la corrupción y el enriquecimiento ilícito, no permitamos que armen un “escándalo Cardenal” para desviar la atención.

Eso fue hace algunos meses. Nunca escribí la columna, porque siempre había otros temas más urgentes. Y porque ya mucha –demasiada- tinta se había derrochado para un caso de poca relevancia.

Pero hoy sí hay que decir un par de cosas. Luis Cardenal ha ido a la contraofensiva. Uno pensaría que alguien que ha violado una ley (repito: no para enriquecerse sino simplemente por soberbia); quien a raíz de esto ha tenido que renunciar de su cargo de ministro de turismo; y quien por este gesto de dignidad ha recibido mucha simpatía y respaldo moral, habría aprendido un poco de humildad. Todo lo contrario. Luis Cardenal interpretó mal los gestos de solidaridad de mucha gente. Sólo lo hicieron más soberbio. Hoy se pone a la par del empresario religioso “Toby”, los dos exigiendo al presidente de la república explicaciones y disculpas por no haberlos apoyado incondicionalmente, cuando en los dos casos, por muy diferentes que hayan sido, eran obvias las violaciones a la ley y la actitud arrogante de sentirse encima de la ley. Y los dos atacando a los medios de comunicación que se habían atrevido exponer sus actos ilegales.
Pocas veces he visto más claramente manifiesta la arrogancia de clase (es decir, de ciertas familias que se sienten aristocracia criolla) que en las entrevistas que dio Luis Cardenal para su contraofensiva. Normalmente esa actitud se esconde detrás de un discurso políticamente correcto. Pero este hombre es tan prepotente que no siente necesidad ninguna de esconder su menosprecio a un régimen republicano que exige a los gobernantes acatar las leyes como cualquier otro ciudadano. Es obvio que Luis Cardenal se siente parte de una clase a la cual no se puede exigir que cumpla con reglas hechas para la plebe que de otra manera diera rienda suelta a su natural tendencia a robar.

Por eso dije desde el principio: El pecado de Cardenal no es el enriquecimiento ilícito vendiendo una cantidad ridícula de madera a un proyecto donde no debería haber licitado. Su pecado es la prepotencia y el menosprecio al régimen republicano donde la ley es para todos. Es por eso que los capitalinos no lo querían de alcalde. Es por eso, me imagino, que Elías Antonio Saca –un hombre del pueblo a la par de un miembro de la familia Cardenal-, no dudó un segundo en aceptar su renuncia.

Falta comentar el otro aspecto: el espectáculo impresionante de dos periódicos grandes que en los últimos días han dedicado varias de sus páginas al caso Cardenal. Para los que leen el Diario de Hoy (y le creen), la total inocencia de Luis Cardenal está comprobada y certificada por un informe de la Corte de Cuentas. Para los que piensan que se enteran de la verdad leyendo la Prensa Gráfica, el tal informe de los auditores es el primer paso para un juicio contra Luis Cardenal ante la Corte de Cuentas.

No sé si esta situación absurda es, como me dijo un colega periodista y columnista, parte “del berrinche entre los dos periódicos”, o si hay algo más importante y más preocupante escondido detrás. Algún ajuste de cuentas entre grupos de poder que inicialmente convergieron apoyando a Tony Saca. Mientras no sea visible y tangible, no vale la pena especular. Mejor nos quedemos con lo tangible: el empeño de uno de los periódicos, El Diario de Hoy, de comprobar la inocencia de Luis Cardenal – y el empeño igualmente forzado de la competencia, La Prensa Gráfica, de agrandar el caso, desde el principio.

Para comprobar la inocencia de Cardenal, el Diario está dispuesto a pagar un precio que a lo mejor no lo consideran alto: un artículo sobre el informe de la Corte de Cuentas escrito como si fuera una muestra para un manual de los principales pecados del periodismo, más una entrevista de cortesía al ex ministro Cardenal, más permitir a la esposa del ex ministro usar su columna para defender a su esposo. El artículo malinterpreta el informe, no cita fuentes diferentes, deja en la total confusión conceptos jurídicos, etc. En la entrevista no se hacen las preguntas obvias, casi obligatorias, reducen el arte de la entrevista periodística a dar a alguien oportunidad de decir lo que quiere decir.

Reitero, no sé si es un problema periodístico o un problema político expresándose en los dos periódicos que representan diferentes grupos de poder fáctico y diferentes corrientes ideológicas del poder político. Sea como sea, siempre plantea un serio problema de ética periodística.
Entonces, el “caso Cardenal” se volvió tal vez un “caso Corte de Cuentas” y seguramente un “caso Diario de Hoy y Prensa Gráfica”.

(Publicado en El Faro)

lunes, 19 de septiembre de 2005

Sólo preguntando II - ¿Qué está pasando en el Diario?

Los medios de prensa, instrumentos del escrutinio público de los poderes del Estado, también deben ser sujeto de escrutinio. Sobre todo cuando adquieren un cierto grado de poder, cosa que indudablemente es el caso en El Salvador con los dos periódicos principales.

¿Quién critica a los críticos? ¿Quién se hace cargo del escrutinio del cuarto poder? Hay varias respuestas: el lector; el mercado; el cliente publicitario; el gremio periodístico; la competencia… Sólo que cada uno jala en su dirección.

De este dilema nació esta columna: reflexión sobre periodismo, medios, periodistas, crítica transversal. Con el deber de atreverse y el derecho de equivocarse.

Habiendo dicho esto, formulo la pregunta del título de mi columna de esta semana: ¿Qué está pasando en El Diario de Hoy?

No sé. Aquí los medios no tienen la costumbre de ser transparentes. Exigen al Estado, al gobierno, a los partidos transparencia, pero nunca abren las ventanas para que la gente vea lo que está pasando a su interior. Así que no sé. No puedo informar, pero puedo preguntar.
Por ejemplo: ¿Qué relación tiene el reciente despido de las dos personas responsables de los “contenidos light” (disculpen, no es término mío, así llaman en el Diario de Hoy el conjunto de secciones que tienen que ver con entretenimiento, cultura, etc.) con la publicación de una encuesta que daba a Mauricio Funes el primer lugar en preferencia entre los diferentes presentadores de televisión? Me resulta difícil no ver relacionados estos hechos. Primero sale, en la sección Vida (donde meten desde la sección permanente de los amores de Brad Pitt, Tom Cruise y Cia. hasta la cultura nacional y la farándula de la televisión salvadoreña) aquella muy extraña encuesta. Extraña porque no queda muy claro si era invento o realmente una encuesta representativa. Pero más extraño aún, porque (tratándose del Diario de Hoy) saliera como el más apreciado, el más profesional, el más popular hombre de la televisión salvadoreña… ¡Mauricio Funes!

Cuando yo vi esta publicación en el Diario, pensé: “¡Qué raro! Yo hubiera pensado que –fuera cual fuera el método utilizado- en el Diario siempre tendría que haber salido ganador Jorge Hernández.

Obviamente no fui el único en pensar esto. Porque dos días después salieron en el Diario de Hoy varias páginas dedicadas a… ¡Jorge Hernández, el hombre más popular de la televisión noticiosa de El Salvador! Y cuando hablé a una persona que trabaja en el Diario para preguntar qué pasaba, me dijo: “Ya te marco”, y colgó. Luego me habló, desde su celular, y me dijo dos cosas. Primero: “No me hablés al teléfono de mi oficina. Aquí nos escuchan todas las conversaciones.” Segundo: “Esta cosa con Mauricio Funes fue un pecado intolerable. A partir de hoy todo, absolutamente todo, hay que consultar y pedir autorización o con Don Enrique o con Rolando Monterrosa.”

Pocos días después fueron despedidas las dos personas responsables de las secciones “light”. Quiere decir: El control férreo que ya existía sobre las secciones duras, serias y políticas, hoy se extiende a las secciones “light”. Que no vaya ser que en la farándula se le escape algo políticamente no correcto.

Bueno, me pregunto, ¿Si en un periódico los editores caen sobre notas de farándula, y si los redactores tienen miedo de que la gerencia les intervenga sus conversaciones, cuál es el trasfondo?

Obviamente, en El Diario de Hoy existe una lucha de poder que, a pesar de la total secretividad, nadie la puede ocultar. No ha habido ninguna explicación de la salida de Lafitte Fernández, hombre de confianza y amigo de Don Enrique Altamirano. Donde faltan explicaciones, florecen los chambres. Los chambres dicen que Lafitte fue removido por Fabricio Altamirano, el hijo de Don Enrique, para debilitar el poder de su padre. Los mismos chambres dicen que el hijo logró instalar, en vez de Lafitte, a un periodista mexicano de dudosa reputación profesional. Una especie de golpe de estado del hijo al padre.

Pero Lafitte nunca se fue. Como nadie informó de su salida, tampoco de su permanencia o su regreso. Ahí está Lafitte, así que a lo mejor el golpe de Estado no cuajó del todo. Especulaciones por todas partes, en todas las direcciones. Unos dicen que al fin, bajo el mando de Fabricio Altamirano, el periódico será menos ideologizado y más profesional. Pero por otra parte, el periodista profesional Lafitte está siendo desplazado por un hombre que no es periodista; y el padre Enrique –conocido como apasionado de letras- está siendo desplazado por el hijo Fabricio, un apasionado de números y quien nunca ha escrito nada. Uno se preguntaba: La reforma operada por el hijo, ¿será una reforma con criterios profesionales de periodismo o una reforma con criterios profesionales de mercadeo? ¿Tendremos al final, si el hijo realmente logra desplazar al padre, un Diario más moderado, pero menos periodístico? ¿Un Diario menos reaccionario y más vendible? ¿Un Diario más abierto y tolerante, pero más aburrido?

Confieso que a mí me fascinan estas contradicciones entre ética y pasión. Quisiera que lo ético fuera compatible con lo apasionado. Mientras esto no suceda, tengo que escoger entre lo correcto pero aburrido, y lo incorrecto pero fascinante. Lo siento mucho, pero prefiero lo apasionado, aunque sea incorrecto, por sobre lo aburrido, aunque sea correcto. El pecado más grande del periodismo es el aburrimiento. ¿Quieren un ejemplo? Lean durante una semana los editoriales de El Diario de Hoy y de la Prensa Gráfica … Unos dan rabia, los otros sueño.

Mientras yo, durante varios meses, estaba reflexionando sobre este tipo de temas, en el Diario se tiene que haber gestado la contrarreforma. Sea cual sea el móvil y el contenido de la reforma que Fabricio Altamirano quería operar contra su padre, se impuso la contrarreforma que volvió a instalar a Don Enrique como la única autoridad en el Diario.

Obviamente, así como nunca se informó sobre la salida de Lafitte (ni sobre el envío de regreso a su país del mexicano, ni sobre la suerte de Álvaro Cruz, que desapareció primero de Más, después también del Diario, ni sobre los despidos de la semana pasada), mucho menos informarán sobre la renuncia de Fabricio Altamirano a su cargo de dirección en el Diario, si es que este chambre sea cierto. Si no informan sobre las salidas y (tal vez) regresos de sus jefes empleados, ¿cómo pensar que van a informar sobre los balances de poder dentro de la familia dueña del Diario? Impensable. Tal vez los gringos pueden leer sobre los herederos de las fortunas de los Ford o Rockefeller o Gates, pero nunca los salvadoreños sobre las familias Altamirano o Dutriz o Eserski. Aunque sean las tres familias que controlan (o por lo menos influyen fuertemente) qué leemos, qué vemos, qué sabemos y qué no sabemos. Aunque las tres familias están -de manera muy diferente- en transiciones generacionales, de las cuales dependerá el futuro de los medios de comunicaciones en El Salvador.

Si son ciertas las especulaciones que -a falta de información y transparencia- se hacen sobre las recientes decisiones dentro del Diario de Hoy, tendremos para rato el tipo de periodismo de campaña que Don Enrique está lanzando no sólo contra una ley que no le gusta, no sólo contra la persona que elaboró esta ley, sino contra la dignidad personal de Evelyn Yacir de Lovo. Sólo para dar un ejemplo.

También tendremos para rato el espectáculo vergonzante de periodistas jóvenes y talentosos que tienen miedo de usar su talento para descubrir y describir la verdad, miedo incluso a hablar por teléfono.

Lo realmente horrible de esta situación es que nos ponen a escoger entre este periodismo detestable pero apasionado - y otro que no mata por asqueroso sino por aburrido. Por eso, siempre cuando vea una de estas aberraciones que hace Don Enrique en su Diario, me encachimbo con La Prensa Gráfica , con El Faro, con Primera Plana, con El Latino, con todos nosotros que no hemos logrado desarrollar la alternativa.

Sigamos soñando de un periódico que no tenga este tipo de aberraciones que observamos en El Diario de Hoy, pero que tampoco sea dirigido por gerentes. Un periódico, para que sea bueno, tiene que ser dirigido por personas apasionadas de letras, no de números contables. Pero de apasionados de letras que no confundan pasión periodística con obsesiones de carácter ideológico o incluso personal.
(Publicado en El Faro)

lunes, 5 de septiembre de 2005

Nos quisieron tomar del pelo

El Faro se atrevió a hablar con nombres y apellidos. Todo el mundo ha escrito sobre el cisma entre los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; sobre la Sección Probidad de dicha Corte que está investigando el patrimonio de 13 personas relacionadas con la administración de Francisco Flores; sobre la solicitud, hecha por dicha sección, a los bancos a entregar toda la información sobre las cuentas de estas 13 personas; sobre la solicitud de los bancos a la Corte Suprema de quitarle al jefe de la Sección Probidad el derecho (el deber) de solicitar información bancaria sobre los ex-funcionarios cuyos patrimonios merecen investigación; sobre la decisión mayoritaria de los magistrados a hacerles caso a los bancos y reservarle a la Corte misma el derecho de decidir sobre quienes de los ex-funcionarios pedir información bancaria; sobre la solicitud que hizo el magistrado Fortín Magaña a la Fiscalía General que anule esta decisión de la Corte Suprema por ilegal y para proteger los intereses del Estado.
Pero faltaba un pequeño detalle: los nombres de los ex-miembros del gobierno de Francisco Flores implicados en esta batalla jurídica. Y los números, los montos en cuestión. No creo que fue por falta de conocimiento. No me puedo imaginar que los dos grandes periódicos de este país tengan menos recursos de investigación que El Faro.
Menos garras, probablemente. Menos independencia, talvez. Menos coraje, seguramente. Pero no menos recursos. No menos acceso a información en las esferas del poder. Imposible.
El Faro se atrevió y publicó los nombres: una lista impresionante, encabezada nada menos por el ex-presidente Francisco Flores. Nombres y montos. A la par de cada nombre, El Faro citó -literalmente; sin quitar ni agregar- las observaciones de la Sección Probidad. Con montos exactos en cada transacción observada.
Los funcionarios públicos no están acostumbrados a este tipo de escrutinio. Ni por parte de la Sección Probidad, que sin ninguna duda tiene el mandato legal a hacerlo; ni mucho menos por parte de los medios de comunicación, que tienen el mandato ético de hacerlo, pero que lamentablemente no cumplen con este deber.
Varios de los ex-funcionarios incluidos en la lista publicada por El Faro llamaron a los editores y directores del periódico digital para quejarse de la publicación. Funcionarios que antes no estaban dispuestos a hablar sobre sus asuntos financieros, de repente se esforzaron a contactar a El Faro y mostrar documentos emitidos por la misma Corte Suprema que -según ellos- demuestran que sus asuntos patrimoniales estaban finiquitados satisfactoriamente. De esta manera, El Faro tuvo el raro privilegio de leer un documento de la Corte que certifica al ex-presidente Francisco Flores "total cumplimiento" en lo que a sus declaraciones de patrimonio se refiere. Aparecieron, de repente, varios de estos certificados de "total cumplimiento" - y apareció inmediatamente la sugerencia que El Faro se retracte para dejar limpios los nombres publicados. Tenía su lógica-¿verdad?: Han cumplido totalmente, la misma Corte lo certifica, por lo tanto está comprobado que no existen irregularidades. Así que rectifiquen...
Nadie lo dijo en tantas palabras, confiaron más bien en el poder de persuasión de un pedazo de papel con sellos importantes.
Nos quisieron tomar del pelo. Al Faro y a todo el público. Pensaron que podían sorprender a un periodista que no había estado personalmente involucrado en la investigación del caso Sección Probidad-bancos-ex funcionarios.
Al analizar bien la aparente contradicción entre el informe de la Sección Probidad -que afirma que hay elementos que merecen investigación para determinar si hubo irregularidades- y los tales documentos en los cuales la Corte Suprema certifica a los mismos implicados "total cumplimiento", resulta que no hay ninguna contradicción: Los funcionarios mostraron a El Faro documentos que no son otra cosa que recibos. No certifican otra cosa que el hecho que el implicado ha cumplido con su deber de entregar en cierto plazo cierta clase y cantidad de documentos y declaraciones juradas. Nada más.
Obviamente estos recibos no certifican que los documentos y declaraciones juradas reflejan la verdad. No certifican que los montos declarados son reales y completos. El tal documento con el cual querían engañar al público no marca el resultado sino el inicio del proceso de verificación.
El señor Carlos Perla debe tener guardado en alguna de sus cajas seguras de depósito en algún banco en algún país exactamente el mismo documento, extendido por la Corte Suprema, Sección Probidad, certificando su "total cumplimiento" con el deber de entregar la información debida sobre su patrimonio al salir de su cargo. Obviamente, este recibo del señor Perla no es un finiquito. No significa que no ha aumentado, de manera ilegal y sustancial, su patrimonio durante su mandato al frente de ANDA. Sólo que esto se comenzó a saber a partir de la información detallada que precisamente la Sección Probidad, solicitara -y en esta caso recibiera- de los bancos salvadoreños. Y es exactamente este paso de la investigación que la Corte Suprema, en el caso de Francisco Flores y de sus colaboradores, ha bloqueado.
Así de fácil, con juegos de apariencia, los implicados en el caso Flores y Cia. no pueden limpiar sus nombres. Pero sí hay una manera muy fácil de hacerlo: autorizando a sus bancos a entregarle a la Sección Probidad de la Corte Suprema toda la información bancaria que solicite. Si ahora hay un pleito legal -entre los mismos magistrados de la Corte Suprema- sobre si en este caso aplica o no el secreto bancario, ¿qué le cuesta a un ex-funcionario con la conciencia limpia a decir: No necesito ningún secreto bancario para protegerme. Por lo contrario: para proteger mi nombre, necesito que mis bancos rompan el secreto bancario...
PS: Y este recibo el cual no es ni finiquito ni nada que se parezca, ¿no será el mismo documento que presentó Francisco Flores para mostrar que con su candidatura a la Secretaría General de la OEA el país no correría ningún riesgo de repetir la vergonzante experiencia de Costa Rica y su candidato Miguel Ángel Rodríguez? ¿Nos habrán tomado del pelo dos veces, con el mismo papelito que no vale nada?
(Publicado en El Faro)