lunes, 19 de febrero de 2007

En defensa de un enemigo

Es normal –y fácil- salir en defensa de los amigos. Sin embargo, no soy amigo de Geovanni Galeas, por lo contrario. Tenemos años de estar peleando. Nos separan mundos. Pocas veces coincidimos, casi siempre nuestras opiniones son contradictorias. Tampoco he sido admirador de su programa Universo Crítico que recién fue clausurado por el Ministerio de Educación al tomar control del Canal 10. A veces me pareció aburrido, a veces me pareció insoportable que Galeas no dejara hablar a su invitado, pero a veces los debates en Universo Crítico eran brillantes, cómicos, ilustradores. Tal vez a pesar de su conductor. Estaban mal realizados, como todo lo producido por Canal 10. Pero dieron espacio a pensamientos que de otra forma nunca hubieran tenido cabida en la televisión. Comparado con la basura generalmente transmitida por Canal 10, Universo Crítico era incomparablemente superior.

Sin embargo, cuando los nuevos “dueños” del Canal 10 –los titulares de Educación- suspendieron el programa de Galeas, no me provocó levantarme en ira y protestar. Los programas –los buenos como los malos- en algún momento llegan a su fin. Sea porque se agotan, sea porque hay propuestas nuevas y más atractivas que los aplacen. La verdad es que no le puso mucho coco al asunto de Universo Crítico, como tampoco al traspaso del Canal 10 de Concultura a Educación.

Pero cuando leí las declaraciones de José Luis Guzmán, quien como viceministro de Educación parece haber asumido la dirección del Canal 10, sobre el porque de la suspensión de Universo Crítico (y de PlaticArte, conducido por Héctor Sermeño, sobre el cual no puedo opinar porque nunca lo vi), se me encendieron todas las alarmas del complicado sistema que tengo instalado para protegerme de burócratas y ataques a la libertad de expresión.

“Lo quitamos porque era un programa personal y estaba utilizando recursos del canal y del Estado para un programa personal”, dice el viceministro de Educación. Y agrega: “Nuestro objetivo no es sacarlos (a los dos programas) para sustituirlos ya por otra cosa, el objetivo era resolver un problema administrativo.”

Vaya, licenciado. Por lo menos es sincero: Admite que no tienen con qué sustituir los programas suspendidos. Es más, admite que no tienen la más mínimo idea de qué hacer con el canal, hablando de contenidos, de formatos, de géneros. Pero que nadie se preocupe, ya saben cómo resolver este vacío intelectual: “Hemos hablado con el director de la Radio El Salvador, por ser también una emisora oficial, para conocer un poco más su trabajo…” Admite, entonces, que de convertir al Canal 10 en “emisora oficial” se trata.

Clara, ahora se entiende por qué el viceministro, interrogado sobre el porque del cierre de Universo Crítico y Platicarte, contesta: “Es un tema más institucional”, y después cuenta que ellos (el ministerio) les dijo a los conductores cesantes que la puerta queda abierta para que hagan una nueva propuesta al Canal 10, “pero hagan un planteamiento institucional al ministerio.”

Quieren una emisora oficial, institucional. No quieren “programas personales”, o sea no comprometidos con el lineamiento del Ministerio.

¿Cómo es esto de programas personales? Un artista, un intelectual, a quien encargan la conducción de un programa cultural, ¿cómo va a hacer que no sea personal? ¿Supeditándose a un control institucional en materia de crítica cultural? Claro que un programa como Universo Crítico es personal. No hay otra forma de hacerlo decentemente.

Acusar a un conductor de un programa (sea cultural, político o deportivo) en la televisión estatal de usar recursos estatales, es lo más absurdo que puede inventarse. De la boca de un burócrata que no hace otra cosa que usar recursos del Estado, sólo puede traducirse así: En Canal 10 estaban usando recursos estatales sin supeditarse a los intereses del partido gobernante. Vaya pecado. Ahora entiendo porque Canal 10 tenía que pasar de Concultura –institución que goza cierta autonomía y que además está siendo gobernada por un hombre con mente autónoma- al control directo de un ministerio, donde hay funcionarios que usar los recursos del estado sin interés personal, entiéndase con interés partidario.

De repente me parece que todos nosotros que necesitamos la libertad de expresión para sobrevivir –los artistas, los periodistas, los intelectuales, los independientes- nos hemos dormido. La mala calidad del Canal 10 nos tenía sedados e indiferentes. ¿Canal 10? ¿Televisión estatal? ¿Qué importa? Por esto, cuando empezaron a preparar el traspaso del canal de Concultura al Ministerio de Educación, no dijimos nada.

Perdimos la oportunidad de exigir que en vez de pasar la televisión pública del tutelaje de una burocracia a otra peor, se comience a debatir cómo crear una televisión pública independiente, autónoma, crítica, creativa, participativa.

Pero como dicen, nunca es tarde. No se trata de defender y preservar la mala calidad que tenía Canal 10 bajo Concultura. Se trata de la enorme potencialidad que podría tener una televisión pública, una televisión no comercial pero tampoco estatal, mucho menos gubernamental. Una televisión pública donde burócratas no tengan nada que mandar. Una televisión profesional, financiada por el Estado –por el público- pero producida por los mejores artistas, comunicadores, cineastas del país. Con un estatus de autonomía como lo tiene la BBC inglesa, o la ARD y la ZDF alemana, o la RTVE española o la PBS norteamericana – modelos hay suficientes, incluyendo modelos muy exitosos.

Que esto no se puede hacer con el personal de Canal 10 –el típico personal de una entidad estatal, burócratas en vez de profesionales- es obvio. Tampoco con gente como Guzmán quien quiere conductores sometidos a control político y burocrático. Pero una televisión pública autónoma es la única forma de hacer contrapeso a la televisión comercial que por lógica no va a invertir en una programación que no produzca ganancias.

No se trata de reinstalar a Galeas al esquema de una televisión gubernamental. Se trata de crear una televisión donde no manden ni los ministros ni los zares de la televisión comercial. El Salvador la merece. Y por supuesto que un Galeas, independientemente que me caiga bien o mal- tendría que caber en ella.
(Publicado en El Faro)

martes, 13 de febrero de 2007

¿Cuál mafia?

Me pregunto cuál sería la razón de que La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy se han desempeñado a hablar de la ley antimafia, los tribunales antimafia y los jueces antimafia, cuando ninguna de estas cosas existe en el país. Y ojo, no son los reporteros, tienen que ser los editores. Porque en las notas casi siempre se habla correctamente de la Ley contra el Crimen Organizado, de los tribunales especializados y los jueces especializados. Sin embargo, en los títulos –los que ponen los editores- siempre se habla de la ley antimafia y los tribunales y jueces antimafia.

En las docenas de notas analizadas, no he encontrado ninguna fuente –ningún juez, ningún ministro, ningún diputado, ningún abogado- hablando de una ley antimafia, pero al final la nota lleva un título como: “Garantismo: duda sobre juez antimafia” (LPG del lunes 12 de febrero 2007) o “Ley antimafia va a debate legislativo” (EDH, 2 de noviembre 2006). En esta última citan a seis de los más influyentes legisladores de los partidos de la derecha – ninguno habla de la ley antimafia, todos hablan correctamente de la Ley contra el Crimen Organizado.

El Diario de Hoy publica el 24 de noviembre del año pasado una nota titulada ”CSJ urge a comisión ley antimafia.” Leyendo la nota, llaman la atención poderosamente dos cosas: primero, quien urge es un (en cifras 1) magistrado de la Corte Suprema de Justicia, hablando a título personal, no comunicando una posición consensuada de la Corte; y segundo, el reportero no habla de la ley antimafia. El trasfondo de estas contradicciones –o de este titular engañoso- es muy simple y muy obvio: la Corte Suprema nunca se pronunció presionando a la Comisión de Seguridad respecto a la su posición sobre la Ley contra el Crimen Organizado, y una ley antimafia jamás ha estado en discusión en El Salvador.

Lo último tiene una razón obvia: en El Salvador no hay mafia. Mafia no es un sinónimo para criminalidad. Tampoco para violencia. Tampoco para crimen organizado. La mafia es un crimen organizado muy específico, en su manera de organizarse, en su manera de infiltrar el Estado, en sus áreas de operación, en sus códigos de conducta. Por esto, aunque el término mafia surge para describir la cosa nostra siciliana, por su similitud con esta organización y su modus operandi se aplicó a otras bandas de otras regiones italianas, y después a bandas chinas y rusas. Es común hablar en Estados Unidos de la mafia rusa o de la mafia china, pero nunca hablan de la mafia mexicana o de la mafia salvadoreña. Porque las bandas latinas son de origen y forma totalmente diferentes. La diferencia principal: a diferencia a las mafias, surgen de problemas sociales.

Aquí no existe mafia. Existe crimen organizado. Hay maras juveniles que se están convirtiendo en crimen organizado; hay policías corruptos y delictivos que también son crimen organizado; hay corrupción que alcanza niveles de crimen organizado; y hay bandas que se dedican a delitos muy profitables de cuello blanco. Quiere decir que hay crimen organizado de múltiple tipo. Por esto hay que prestarle atención a Rodrigo Ávila cuando el dice que para enfrentarse al crimen organizado aparte de la Ley contra el Crimen Organizado ya aprobado se necesita algo parecido a la famosa ley RICO (Racketeering Influenced and Corrupt Organizations”.

Por que en una cosa tiene razón el director de la PNC, aunque no estoy muy claro si esta es la dirección adonde apuntaba: aquí no hay combate al crimen organizado, sólo a una parte que es la violencia de las maras. Si empezamos a discutir una ley RICO para El Salvador, que no sea nuevamente un instrumento que solo sirve para la campaña contra las maras, sino realmente contra todas las formas del crimen organizado existente en El Salvador. Rodrigo Avila estaba hablando de le ley RICO en el contexto de la condena contra dos pandilleros salvadoreños en Estados Unidos quienes fueron sentenciados aplicando esta ley federal. Pero la ley RICO puede aplicarse a mareros sólo cuando cumplen la definición de crimen organizado. RICO fue creado como instrumento contra la mafia y sus negocios ilícitos. Ha sido un instrumento legal muy efectivo para combatir la vinculación de la mafia con estructuras estatales, o sea su infiltración en la policía, gobiernos locales, sindicatos, etc.

Hablar de RICO aquí no cobra sentido sólo por el efecto colateral que permite en Estados Unidos aplicar esta ley a pandillas, sólo cuando son consideradas por los jueces federales organizaciones ilícitas que se dedican a negocios líticos. Si hablamos de RICO, hablemos entonces de todas las formas de crimen organizado. Hablemos del tipo de crimen contra el cual RICO fue creado: el crimen organizado mezclado con empresas poderosas, y sobre todo del crimen organizado con poder sobre decisiones estatales. Sería interesante. Me encanta la idea de aplicar la lógica de RICO a El Salvador.

Sin embargo, obviamente no es esta la intención de nuestra Prensa Gráfica de Hoy cuando cada rato está hablando de la mafia. Entonces, ¿por qué insisten, siempre cuando hablan de la nueva ley y de los tribunales y jueces especializados que ésta crea, a usar el término antimafia?

Toda la discusión sobre los tribunales especializados surge de la problemática de las pandillas, la violencia creada por las maras, el índice de homicidios relacionados con esta forma de crimen organizado. La nueva ley existe porque sus autores y defensores –el ministro de Seguridad Pública, su vice, el fiscal general, el partido ARENA, el magistrado de la Corte Suprema Ulices del Diós Guzmán- decían que sin una ley de este tipo, sin tribunales especializados, sin nuevas reglas de juego en cuanto a la admisión de pruebas, no podían efectivamente combatir a las maras. Punto. Para esto es la ley, para esto serán los tribunales.

Pero hay muchos quienes opinan que sin el componente de prevención -es decir sin una política que ataque de verdad a las raíces sociales de la violencia juvenil, a la marginación, al hacinamiento den los barrios y las comunidades marginales- ninguna ley especial tendrá efecto contra la violencia juvenil y pandillera.

Esto es el Estado actual del debate en nuestra sociedad. De este debate va a depender cómo la población votante va a percibir y evaluar la política de seguridad del gobierno. ¿Va a las raíces o queda en la superficie y la politiquería?

Otra vez, ¿cuál es le necedad de La Prensa de Hoy de hablar de políticas antimafia? Claro, si logro pintar el fenómeno detrás de la inseguridad como mafia, no tiene sentido hablar de prevención. Si de mafia se trataría, olvidémonos de pendejadas sociales. Contra la mafia no hay política social, sólo la estricta aplicación de la ley. Con una mejor policía y una mejor fiscalía –mejor financiados, mejor capacitados, libres de corrupción- se puede vencer la mafia.

Contra el tipo de violencia y delincuencia que vuelve inseguras nuestras calles, se necesita aplicar, aparte de las leyes, una política social de largo plazo, pero no de parches, sino de la transformación de los barrios, la transformación de las escuelas, la transformación del Estado paternalista en Estado social.
(Publicado en El Faro)

lunes, 5 de febrero de 2007

Uno se fue de bocón, el otro de pendejo

Iba a escribir sobre el relajo que se le armó a Will Salgado quien se fue de bocón con un periodista del Washington Post. Sólo que se me adelantó mi amigo José Luis Sanz con su columna en La Prensa Gráfica de hoy domingo 4 de febrero. Con el artículo de José Luis Sanz, casi todo está dicho sobre el tema. Y bien dicho.

Sólo falta hablar de otro aspecto. No tengo razón ninguna de dudar que Will Salgado haya contado al reportero del Washington Post que él coleccionaba y guardada en su casa calaveras de bebés asesinados por tropas gubernamentales en El Mozote. Me cuesta imaginar que el reportero se haya inventado esta historia. Por otra parte, no me cuesta nada imaginarme que el mismo Will Salgado se lo haya inventado.

La pregunta no es: ¿Qué mente tan torcida tiene uno de nuestros políticos prominentes de haber coleccionado calaveras de niños? Tampoco la pregunta es: ¿Qué estúpido puede ser un político de reconocer públicamente este lado oscuro de su pasado? La verdadera interrogante de este caso es aun más aterradora: ¿Qué mente enferma tiene un pretendiente a presidente de la República que es capaz de inventarse que anduvo recogiendo, como recuerdos, calaveras de niños en El Mozote?

Porque Will Salgado no ha recogido calaveras en El Mozote meses después de la masacre de diciembre de 1981, como contó al reportero del Washington Post, simplemente porque no era parte de las tropas que anduvieron por estos lados a esta altura de la guerra.

Posiblemente recogió calaveras en otras partes y otros años. No sería el único con hábitos tan deshumanizados. Y cuando un reportero norteamericano viene a entrevistarlo en el contexto de del quinceavo aniversario de la firma de la paz, a Will Salgado le parece más interesante decir que anduvo en El Mozote. Le pareció atractivo inventarse que sus souvenir macabros eran de niños de El Mozote, no de unos muertos desconocidos en un lugar desconocido. Si de arrepentirse se trata, por lo menos en el contexto de una masacre mundialmente conocida…
La otra interrogante: ¿Por qué habrá que creer a Will Salgado cuando en el mismo cuento se presenta como arrepentido, casi como víctima? Me engañaron, me dijeron que había que defender la patria contra los comunistas, y hasta después me di cuenta que mi coronel Domingo Monterrosa era un criminal de guerra…

Da lástima el pobre reportero del Washington Post. No sólo anduvo perdido en el mapa, confundiendo las montañas de La Guacamaya, donde le enseñaron la “cueva de las pasiones” de la Radio Venceremos, con el Cerro Cacahuatique, que a lo mejor es el único cerro que sale con nombre en el mapa que anduvo. No sólo entrevistó a Walter Araujo pensando que era el presidente de la Corte Suprema de Justicia. También se topó con un señor bocón llamado Will Salgado pensando que estaba hablando con un ejemplo de reconciliación. Imagínense, un ex-soldado que haya llegado al extremo de exhibir en su casa calaveras de niños masacrados por su entonces ídolo Domingo Monterrosa – y hoy, convenientemente reflexionando sobre guerra y paz cuando un reportero aterriza del Washington Post para hacer el balance de guerra y paz, considera a su ex jefe Monterrosa un genocida comparable con Hitler.

Da lástima el reportero del Washington Post quien se topa con un tipo como Will Salgado y después le retrata como un hombre que guardaba las calaveras para nunca olvidarse de lo profunda de su deshumanización durante la guerra, y como símbolo de su concientización.

Tiene que llegar uno de muy, pero muy lejos de El Salvador para ser tan ingenuo. Tiene que ser muy grande ese deseo de encontrar ejemplos de reconciliación para aceptar a Will Salgado como uno. La próxima vez que llegue a El Salvador –si es que profesionalmente sobreviva este desastre de reportaje- me ofrezco a llevarlo al Bajo Lempa, donde las cooperativas de excombatientes de ejército y guerrilla son vecinos, compartiendo el abandono, las inundaciones, las promesas no cumplidas. Cuesta un poco más que tocar las puertas de un alcalde enfermo de egocentrismo y deseo de protagonismo, pero en estas cooperativas se puede hacer un estudio sobre la reconciliación entre los combatientes en la guerra enfrentados.

Valdría la pena ver cómo guerreros de los dos bandos conviven, no sólo pacíficamente, sino solidariamente.

Will Salgado, para hacer el reportaje que quiso hacer nuestro reportero sobre la reconciliación, era el personaje equivocado. Will Salgado no salió de la guerra arrepentido de los crímenes de guerra. Salió de la guerra convencido que era pérdida de tiempo estarse matando por ideologías cuando esta misma guerra ofrecía la posibilidad de hacerse rico vía contrabando. La gente como Will Salgado no peleó por principios, por eso es imposible que se desengañara. Y de la misma manera opera en política: sin principios y siempre ganando.

El hecho que hoy Will Salgado no quiere hacerse cargo de sus propios inventos, no significa nada. Tampoco se hace cargo de la Sombra Negra. Se fue de bocón y el otro, haciéndole caso, de pendejo.
(Publicado en El Faro)

lunes, 22 de enero de 2007

El enigma de la página perdida del discurso presidencial

Todo el mundo se dio cuenta que fue incompleto el discurso que el señor presidente Antonio Saca pronunció en el acto de la celebración del XV aniversario de los Acuerdos de Paz. Cuando llegó a la parte de los reconocimientos a los actores históricos que hicieron posible los Acuerdos de Paz, no mencionó a la otra parte que firmó la paz.

Obviamente, el presidente Cristiani no firmó la paz consigo mismo. Hacen falta dos partes para hacer la guerra y para hacer la paz. De eso tiene plena claridad el presidente Saca. No es que se le haya olvidado el ejército guerrillero que obligó al gobierno del presidente Cristiani a negociar unos acuerdos que pusieron fin a la represión estatal, a la exclusión de la oposición del sistema político y al poder político de la Fuerza Armada. Había que darle el debido crédito a la insurgencia, a la contraparte de la negociación política, al otro firmante de la paz, al otro protagonista del hecho histórico que se estaba conmemorando. El presidente no tenía porque tener miedo a mencionar, con nombre y apellido, al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional - sobre todo cuando todo el mundo sabe que el FMLN que firmó la paz, no es idéntico con el FMLN que hoy es adversario político del partido gobernante. Este hecho se expresó claramente en la fila de honor en el podio de la Feria, donde estaban sentados siete de los 10 firmantes de la paz por el FMLN histórico, de los cuales sólo dos siguen militando en el FMLN actual. El movimiento insurgente que hizo la guerra y la paz, obviamente sólo lo pudo hacer porque era mucho más amplio, mucho más plural, mucho más incluyente, mucho más creativo que un partido político.

Después de una exhaustiva investigación, logramos resolver el enigma: Existe una página que no se leyó en la Feria. La página perdida de Tony Saca. La encontramos. No hay prueba fehaciente que la página que encontramos es el pedazo que le faltaba al discurso de Tony Saca para que sea coherente, equilibrado y sincero. Pero nuestro estudio de estilo indica que el lenguaje de la página encontrada corresponde al pensamiento de Tony Saca. La página que encontramos completa el discurso como un pedazo perdido de un rompecabezas.

Por más que hemos investigado, no pudimos establecer cómo se perdió la página, si fue en el proceso de revisión del contenido por parte de sus más cercanos colaboradores; si fue un error secretarial; si fue el viento que se la llevó; o si fue “traspapelada” por alguien para hacerle trampa al señor presidente y evitar que este día se proyectara como estadista, como hombre de la nación encima de los partidos, encima de las ideologías.

El discurso iba así, ya llegando a la parte final:

QUIERO DETENERME UN INSTANTE PARA RECONOCER EL APORTE DE CADA UNO DE LOS FIRMANTES DEL ACUERDO QUE HOY CELEBRAMOS. DEBEMOS RENDIR HONOR A QUIEN HONOR MERECE, PUESTO QUE SIN SU PARTICIPACIÓN, EL AVANCE DEMOCRÁTICO DE EL SALVADOR NO HUBIESE SIDO POSIBLE Y LA HISTORIA SEGURAMENTE SERÍA DIFERENTE.

Aquí termina la página, y es la siguiente página la que se perdió. En continuación transcribimos la parte perdida del discurso, para que el pueblo y el mundo conozcan la verdad completa:

A mí, como presidente de toda la nación, no me cuesta reconocer la verdad que talvez sigue doliendo o incomodando a muchos de mis correligionarios: La paz es conquista de todos, incluyendo a los miles de combatientes de la guerrilla quienes la misma con disciplina, con el mismo sacrificio que mostraron en la guerra, cumplieron al pie de la letra el cese de fuego, depusieron sus armas y se incorporaron a la vida política y social del país.

De igual manera, tengo que reconocer que la firma de los Acuerdos de Paz -y a su cumplimiento- no hubiera sido imaginable sin el espíritu patriótico, la visión de país y la responsabilidad de los dirigentes históricos del FMLN: Salvador Sánchez Cerén, Joaquín Villalobos, Eduardo Sancho, Schafik Handal, Francisco Jovel, Salvador Samayoa, Ana Guadalupe Martínez, Roberto Cañas, Dagoberto Gutiérrez y Nidia Díaz, cuyas firmas están estampadas en el documento de Chapultepec. Han sido arquitectos de la paz y siguen aportando hasta el día de hoy, de las más diversas posiciones y responsabilidades, a la construcción de nuestra democracia.

Hago entonces el debido reconocimiento al papel patriótico que ha jugado aquel FMLN histórico, sus combatientes, sus dirigentes, al transitar de la guerra a la paz.

Aquí termina la página perdida del discurso. Siguen los reconocimientos a los otros protagonistas de la paz: el presidente Alfredo Cristiani, los partidos políticos, la Iglesia Católica, la comunidad internacional, la Fuerza Armada.

Ya viendo el discurso completo –sin la mutilación que sufrió el día 16 de enero por factores adversos a la paz y aun no esclarecidos- nuestro presidente Elías Antonio Saca se erige como estadista, como hombre que sabe poner su rol como presidente de la nación encima del interés partidario, encima de los rencores, resentimientos y mezquindades sectoriales. Felicidades, don Tony.
(Publicado en El Faro)

lunes, 15 de enero de 2007

Paz social – no, gracias

Alguien se inventó un término nuevo y lo puso en la agenda nacional. De repente todo el mundo habla de “paz social”. Nadie pregunta qué es. Como nadie lo define, surge la duda: ¿Estarán todos hablando de lo mismo? ¿Será uno de estos términos indefinidos que sirven para aparentar unidad, por lo menos una vez al año?

Tengo la impresión de que no están hablando de lo mismo. Unos hablan de “paz social” como superación de lo que ellos llaman “violencia social”. Yo nunca he entendido bien esta distinción entre “violencia delincuencial” y “violencia social”, la última siendo la intrafamiliar, la de género, la de los bolos, la de los bailes que terminan con machetazos. La otra siendo la violencia que emplean los criminales con fines de lucro. Entonces, bajo esta lógica, un señor que mata a su esposa a golpes, no es delincuente, pero un bicho que empuja a una señora para robarle un celular, sí es criminal…

Hace pocos años, las maras se concibieron como “violencia social”, hasta que fueran ascendidos de categoría, primero por Francisco Flores a enemigos del estado y recientemente, por René Figueroa, a “crimen organizado” y “mafia”. Igual como nunca voy a entender la distinción que el gobierno y los medios hacen de “pandilleros” y “reos comunes”, a veces incluso entre “pandilleros” y “civiles” (vea la cobertura de La Prensa Gráfica de la última masacre en el sistema penitenciario). Como si los pandilleros fueran fuerza beligerante…

Pero hay otra aceptación del término “paz social”: la superación de los conflictos sociales en el país. Entonces, si de esta paz social estamos hablando, primero tenemos que analizar los conflictos sociales: ¿Dónde tienen sus raíces? ¿Cómo se resuelven? ¿Quiénes son las contrapartes en estos conflictos?

Yo me pregunto: En un país con el nivel de pobreza que tenemos, con la inequidad de calidad de vida y de distribución de ingresos que tenemos, ¿puede haber paz social sin disminuir drásticamente estas diferencias?

Llegamos a la paz de Chapultepec no con un acuerdo de desarme y de alto al fuego. Llegamos al alto de fuego y al desarme de la guerrilla, de los batallones antiinsurgentes y de los cuerpos represivos del Estado vía un acuerdo político que atacó las causas directas del conflicto armado: la represión gubernamental, la falta de libertad de organización y de expresión, la falta de pluralidad en el sistema político.

Si queremos paz social, tenemos que atacar las raíces de los conflictos sociales. Esto obviamente no funciona por decreto, ni por la concertación entre partidos políticos. Es más complejo, involucra a toda la sociedad.

Los arquitectos de la negociación que puso fin a la guerra civil –todos los arquitectos, los de las dos partes beligerantes, los gobiernos de los países padrinos de la paz, Naciones Unidas- tenían absolutamente claro que la paz social no podía ser sujeto de las negociaciones entre el gobierno y la insurgencia. Por esto es que los Acuerdos de Paz se limitan a cambios del sistema político, al rediseño de la institucionalidad del país, dejando afuera la transformación social. Sólo así era factible llegar a acuerdos y poner fin a la guerra. No que las transformaciones sociales no eran necesarias –por lo menos para los negociadores de la insurgencia e incluso para algunos del otro lado-, simplemente las dos partes tenían la sabiduría de reconocer que una transformación social capaz de llevar al país a una paz social no puede ser resultado de un pacto entre dos fuerzas políticas. Tiene que ser un proceso que involucra a todos los actores de la vida social – y los Acuerdos de Paz tenían que crear una institucionalidad democrática que ya no impida la transformación social; crear un Estado que ya no es parte en los conflictos sociales por su sumisión al poder de las élites económicas del país.

Poniéndolo así es claro que esta tarea no está conclusa. Los Acuerdos de Paz sentaron las bases para la construcción de un Estado democrático que deja de ser partidario en el campo de los conflictos sociales.

Entonces, si es así, para perseguir una paz social basada en la superación de las inequidades económicas, hay que seguir –con paciencia y perseverancia- en la construcción de la democracia, en el fortalecimiento de las instituciones, en la construcción de un estado desvinculado de intereses sectoriales (pero también sectarios).

Proclamar el año de la paz social, suscribir pactos de paz social, poco aporta a esta construcción. Puede hasta confundir. No es que una paz (la pactada en 1992 para refundar la república) ya la tengamos cumplida y ahora se trata de alcanzar otra paz, la social. Aunque parece necio, hay que seguir en lo mismo: trabajar pacientemente en la construcción de un estado democrático para crear las condiciones que los actores sociales generen las transformaciones económicas y sociales necesarias para llegar a una paz social. Que esto no va a ser posible sin conflictos no nos debe asustar. Antes de llegar a la paz social –si esto es posible, lo que me permito poner en duda- hay que abrir los espacios para que se expresen los conflictos sociales. Los conflictos sociales –entre sindicatos democráticos y un empresariado comprometido con un régimen democrático- pueden ser permanentes, serios y hasta radicales, sin que esto ponga en peligro la paz, sin que esto genere violencia y sin que esto sea un peligro para la democracia.

A esta situación tenemos que llegar antes de decretar “paz social”. Si no, sólo es una cortina de humo para no enfrentar la necesidad de crear una democracia que abre espacios para la consecución y la solución de conflictos sociales.

Antes de tener “paz social”, hay que crear las condiciones políticas, legales e institucionales para que surja un movimiento sindical genuino, fuerte y democrático. Nada de sindicatos marionetas de las empresas, pero tampoco nada de sindicatos marionetas de un partido que se autoproclama representante de la clase obrera. Antes de tener “paz social”, hay que implementar las reformas que facilitan que concluya el proceso positivo de los últimos años de la separación de gremios empresariales, partido ARENA y gobierno. Nada de COENA empresarial, nada de una ANEP partidaria.

En vez de hablar de “paz social”, mejor aprendamos a vivir con conflictos sociales y a aprender a convertir los conflictos sociales en el motor del desarrollo.

Querer decretar la paz social antes de abrir espacio a los conflictos sociales significaría o es malintencionado (para evitar transformaciones sociales) o una muestra de impotencia que sirve para ocultar que la izquierda no tiene idea de cómo promover transformaciones sociales sin recurrir a rupturas antidemocráticas como en Venezuela y Bolivia.

(Publicado en El Faro)

lunes, 8 de enero de 2007

El gran pacto sin contenido

En innumerables columnas –escritas por los más variados columnistas de todo el espectro político- hemos lamentado la falta de voluntad política de parte de los partidos, sobre todo los dos grandes, para llegar a acuerdos nacionales, para definir políticas de Estado, para concebir visiones de país...

En innumerables debates en “Encuentros, la cena política de El Faro”, los invitados –representantes de los partidos y expertos- han coincidido en la necesidad e incluso en el contenido de reformas en materia electoral, institucional, fiscal, de salud, de educación... y no han podido explicar por qué, a pesar de las coincidencias, no hay capacidad de ponerse de acuerdo y hacer estas reformas.

Al fin los partidos se sentaron –o más bien, algunas celebridades los sentaron- para llenar este vacío y llegar a un acuerdo nacional “para consolidar la paz y fortalecer el proceso democrático en El Salvador”. En la coyuntura del aniversario de los Acuerdos de Paz, los partidos políticos, “unidos en la percepción de que la realidad del país demanda significativos entendimientos intersectoriales, interinstitucionales e interpartidarios”, se sientan en una mesa para redactar un documento conjunto, el tan necesario Acuerdo Nacional que daría continuidad, vitalidad y rumbo al proceso democrático y de reforma del Estado iniciado con los Acuerdos de Paz.

Lastimosamente, los “significativos entendimientos” no llegaron a más que una declaración de voluntades. Pura retórica. Nada tangible. Lo que en estos días, con bombos y platillos, se anunciará a la nación no contiene ni una sola reforma concreta, ni una sola medida concreta, ni una sola solución a ningún problema del país. Nada.

Nos quieren vender como acuerdo lo que en verdad es la declaración de bancarrota de los partidos en materia de concertación.

Por ejemplo, el documento dice: “En materia electoral, nos comprometemos a impulsar las reformas necesarias para asegurar la legitimidad, credibilidad, modernización, y eficiencia del sistema.” Punto y nada más. Esto es o el título de un capítulo, el encabezado de una lista de reformas concretas. Solo que el capítulo está vacío, no hay lista de medidas. Solo el anuncio. Fraude de empaque, se llama esto.

Conociendo (y admirando) a las personalidades que promovieron esta iniciativa, como David Escobar Galindo y Salvador Samayoa, me imagino que ellos pusieron los encabezados para que los partidos aportaran los capítulos. Sólo que no los aportaron.

Si los partidos realmente tuvieran la mínima voluntad, sólo hubieran abierto las gavetas donde descansan en paz todos los proyectos de ley en materia electoral: despartidización del TSE, listas abiertas, comités cívicos para la elección de alcaldes, concejos plurales, regulación del financiamiento de campañas....

Si hubieran sacado de esta gaveta un solo proyecto, cualquiera de los muchos que están ahí guardados, y en la gran fiesta nacional del 16 de enero hubieran anunciado, sin tanta paja: como muestra de buena voluntad hemos acordado ratificar, en los próximos días, unánimemente, este proyecto de reforma electoral, otra historia sería. Esto hubiera sido un comienzo, una señal constructiva.

Buena voluntad sin muestra ninguna de que sea más que retórica, es fraude. Demasiado ha avanzado la discusión nacional –en casi todos los campos menos los partidarios y legislativos- para que los partidos se pueden dar el lujo de presentar una declaración conjunta – ¡la primera en una década! - totalmente vacía de contenidos concretos, reales, tangibles y confiables.
En muchos de los campos que cubre la declaración de buena voluntad de los partidos –economía, seguridad, sistema electoral, medio ambiente- ya existen propuestas. Ya están discutidas, ya están acabadas. Lo único que falta es voluntad política de los partidos para convertirlas en leyes. Y si no confían en los proyectos de ley de los partidos adversarios, ahí están los proyectos de ley que provienen de Fusades, de Anep, de la AID...

Si para este 16 de enero se trataba de crear un hecho que reconfirme el espíritu de los Acuerdos de Paz, algo que vuelva a dar rumbo y coherencia al país, algo que logre detener el proceso de erosión de la confianza en el sistema político y sus instituciones, entonces nuestros partidos hicieron lo contrario. Redactaron una larga lista de acuerdos que teóricamente habría que construir – pero no sacaron ningún acuerdo práctico. Se comprometieron a todo y no hicieron nada. Una carta a Santa Claus la pueden redactar los ciudadanos, pero no los partidos cuya función es construir soluciones, no pedirlas.

El anuncio público de un sólo acuerdo concreto, práctico (con fechas, medidas concretas, cifras...) hubiera tenido un efecto positivo. Como muestra de buena voluntad. Muestra práctica. Y no era difícil obtenerlo, siempre cuando realmente existiera voluntad. Técnicamente hubiera sido fácil, con tantas iniciativas de ley que teóricamente gozan de coincidencia amplia y que sólo están esperando este raro momento de la voluntad política. Tan fácil como abrir la gaveta.

El hecho que los partidos políticos optaron por lo contrario –por la buena voluntad retórica- es una muestra preocupante más de falta de voluntad real. Esta declaración de buena voluntad retórica sirve a la clase política para salir bien en estas fiestas cívicas del 16 de enero. Pero el despertar después será peor si todo sigue igual. Ya siento la gran resaca después de la fiesta.
Estos ejercicios de retórica irresponsable tienen una consecuencia inevitable: provocan expectativas grandes que -al verse defraudadas- profundizan las crisis.

Ojala que sea así. Ya que los partidos no eran capaces de ponerse de acuerdo sobre ningún paso concreto, tomémosles de la palabra, de cada palabra grandilocuente de esta declaración de compromisos que nos regalan el 16 de enero. Y si esto se convierta en presión y pone en crisis a los partidos –sobre todo a los dos grandes que monopolizan nuestra vida política- bienvenido sea.

Y si pasa un milagro y entre el día que escribo estas líneas y el 16 de enero los partidos logren llenar de contenido su pacto, también bienvenido sea. Posdata: No soy de la gente (como por ejemplo Dagoberto Gutiérrez o su contraparte y complemento Kirio Waldo Salgado, cada uno desde su propia intransigencia) que ponen en duda si el 16 de enero hay algo que celebrar. Hay mucho que celebrar- y hay mucho que resolver. Por esto, esta fiesta cívica merece algo mejor que esta declaración interpartidaria sin ningún acuerdo real.

(Publicado en El Faro)

lunes, 1 de enero de 2007

Gracias al barrio

Un día de estos, nos reunimos todos los integrantes de nuestro comité del barrio, esta vez no para trabajar sino para celebrar. Un cumpleaños, navidad, año nuevo… Pero en el fondo para celebrar el mero hecho de que el comité existe. Aunque nunca lo discutimos, todo el mundo sabe que este trabajo comunitario es vital. El panadero, la pupusera (ahora convertida en concejal municipal, después de años de servir de “capitana” del comité), la trabajadora de salud, la activista municipal (convertida en encargada de turismo), la peluquera, el motorista (quien también maneja la tienda en frente de mi casa), el escultor, el periodista, la estudiante (nuestra ex-candidata a reina), el pensionado norteamericano (que regala clases de inglés a la juventud local), el funcionario universitario, la ama de casa, la artista y dueña de restaurante, el trabajador municipal (que convierte basura en abono orgánico)… cada integrante de este comité tiene trabajo de sobra, pero todos sacrifican sus fines de semana para mejorar la vida en su barrio, para crear un sentido de pertenencia entre sus vecinos.

Organizan convivios, cuidan y arreglan el parquecito, exhiben películas al aire libre, reúnen fondos con rifas y la venta de comidas típicas, construyen la carroza del barrio para las fiestas patronales, promueven la limpieza y el adorno de las calles; gestionan con la alcaldía y con la policía, resuelven problemas entre vecinos…

Resisten cualquier tentación de manipulación política. No se dejan instrumentalizar ni por la alcaldía, ni por partidos, ni por iglesias. No discuten política. La hacen a nivel del barrio. En este comité trabajan, en total armonía, gente de izquierda y derecha, gente con o sin partido, gente con o sin iglesia. Gente de todos los niveles educativos y de niveles de ingresos muy diversos. Gente de todas las edades.

Si los sociólogos analizan las causas de los graves problemas de inseguridad y violencia, hablan del tejido social roto. Es cierto, hay que rehacer el tejido social. Esto es exactamente lo que los integrantes del comité del barrio están haciendo. Produciendo antídoto a la descomposición social.

En nuestro barrio nuestros hijos pueden jugar en la calle hasta bien noche; los adolescentes pueden vagar en la calle sin problema; podemos tener las puertas abiertas; podemos vivir sin miedo.

Gozamos de seguridad, no porque allí esté patrullando la PNC, no porque estemos pagando seguridad privada, no porque operen comités de vigilancia ciudadana. Gozamos de seguridad porque existe el comité del barrio, porque hay cohesión social, porque saludamos a nuestros vecinos, porque el que llegue a vivir al barrio es bienvenido y aceptado como vecino.

Cuando nosotros llegamos a vivir al barrio, cansados de la vida estresante, anónima, aislada, desconfiada en la ciudad, a los pocos meses nos vino a visitar una delegación del comité del barrio. Nos invitaron a participar. En menos de un año estábamos convertidos en orgullosos y respetados ciudadanos del barrio. Todo el mundo nos conocía. Nuestro hijo conoció una libertad nunca antes soñada, apropiándose del barrio, del pueblo entero, protegido por un tejido social que provee seguridad, pertenencia, solidaridad.

Un amigo que vino a vivir en el barrio hace menos de dos meses, participó en todo el intenso trabajo del comité alrededor de las fiestas patronales, y ahora camina las calles del barrio siendo conocido, integrado, asumido como vecino, como integrante del comité. Vive solo y no está solo.
El Faro me pidió, para el fin del año y el comienzo del nuevo, una columna de reflexión. Que hable de lo más importante del año. Pensando en cómo salir de esta tarea, se me atravesó la celebración del comité – y decido dedicar esta columna al Comité Permanente del Barrio Concepción de Suchitoto. Es lo más positivo que estoy viendo semana a semana. Es lo que me permite tener optimismo y sentirme orgulloso de algo que hago. ¡Además ganamos el concurso de carrozas! Construimos la más bella carroza del pueblo –una inmensa canasta de frutas- y ganamos.

Parece de poca trascendencia, tomando en cuenta los serios problemas del país. Grave error. La manera como se diseñó y construyó la carroza, como se seleccionó y preparó a nuestra candidata a reina, como casi todos los niños del barrio acompañaron a la reina y la carroza en su recorrido por el pueblo, convirtiéndolo en un carnaval, y finalmente la manera como nuestro triunfo en el concurso de carrozas llena de orgullo a los vecinos del barrio – todo esto aumenta la cohesión social, fortalece el tejido dañado, construye confianza y seguridad, abre caminos para la resolución de problemas…

¿Es un ejemplo para otros barrios, otras colonias, otras comunidades, en otras ciudades? Me imagino, aunque no hay recetas. Pero como dije en una columna anterior: Para construir seguridad, lo mejor es trabajar para mejorar nuestra calidad de vida. En este sentido, más que comités de seguridad ciudadana, que cada uno forme su comité de barrio, limpie el parque, trabaje con sus vecinos, se olvide de política partidaria, abra sus puertas, construya carrozas fantásticas…
(Publicado en El Faro)