jueves, 7 de noviembre de 2024

Carta a quienes todavía ven a Trump como un accidente loco de la historia (+ capítulo 6 del libro 'Doble Cara')

  

"Ya no podemos decir que la culpa la tienen los blancos con su racismo. Donde más votos perdió Harris, en comparación con Biden en 2020, fue entre hombres latinos. La mayoría de ellos votó por Trump, a pesar de todo, sabiendo que es racista, sabiendo que amenaza a los migrantes latinos. Hay que entender: No es a pesar de todo esto, es precisamente por esto que ganó, incluso entre la población latina. Los latinos no son inmunes al racismo."

El audio en la voz del autor: Trump.mp3

    Publicado en MAS!  y EL DIARIO DE HOY, jueves 7 noviembre 2024

Los gringos tienen un dicho que va así: "What you see is what you get" – Lo que ves es lo que vas a obtener. Lo que te ofrecen está a la vista. Lo puedes rechazar o lo puedes tomar. Pero luego no puedes decir que no sabías qué ibas a obtener.

Se recuerdan de la canción de Tina Turner: “What you get is what you see?” Ella tenía una respuesta clara: “Si esto que veo es lo que me vas a dar, no quiero tu tipo de amor.”

 

38 años más tarde, el pueblo de Estados Unidos dijo lo contrario a Donald Trump: Vemos quien eres y qué ofreces. Es lo que queremos.   

 

* * *

Una versión de Trump mucho más radical, más errática, más misógina, más racista, más amenazante, más violenta que el Trump del 2016 ahora triunfó con más contundencia, más votos populares, más estados ganados que en el año 2016.

El columnista Carlos Lozada escribe hoy en el New York Times: “Conozco el tipo de persona que es Donald Trump, nos recordó Harris, comparándolo con los estafadores y depredadores a los que había enfrentado como fiscal en California. Incluso instó a los votantes a ver los mítines de Trump —para presenciar sus momentos en los que cruzaba límites y rompía normas— como si hacerlo fuera a inmunizar al electorado contra él. No funcionó. Estados Unidos también conocía a su tipo, y le gustaba."

 

Su editorial se llama “Dejen de pretender que Trump no es lo que los estadounidenses somos”. Y esta es la verdad que luego del 5 de noviembre ya no se puede negar.

 

No hubo fraude de etiqueta

 

Kamala Harris dijo: “You have the choice. Tú puedes elegir”. Pero, resume Lozada: “La decisión se tomó con pleno conocimiento de quién es Trump, de cómo ejerce el poder, y cuáles son sus planes.” You got exactly what you saw. No hubo fraude de etiqueta… 

 

Los gringos tienen otro dicho: “Be careful what you wish for. Cuidado con lo que deseas.” La mayoría de los estadounidenses -en gran parte del país la abrumadora mayoría- tenía deseos que Trump sólo tuvo que asumir, articular y ofrecer: un gobierno autoritario sin que el Congreso le ponga límites; echar a millones de inmigrantes; regalar Ucrania a Putin; una guerra comercial contra China, Europa y México; un Departamento de Justicia a las órdenes de un presidente que declaró a la mitad del país enemigos del pueblo, incluyendo a la prensa.

 

Nadie puede decir que no sabía. Hasta se hizo público el plan detallado de cómo pervertir el orden democrático, elaborado por la Fundación Heritage, con todos los detalles.

 

Si seguimos pensando que Trump es un lamentable accidente de la historia, tenemos que repensar todas nuestras verdades. Lo primero que hay que hacer es reconocer que Trump, por más grotesco que nos parezca, es hoy la más fiel expresión de Estados Unidos.




Ahora vemos también que el ‘fenómeno Bukele’ es el ‘fenómeno El Salvador’

 

Y ya que estamos tragándonos este trapo, de una vez aceptemos que tampoco Nayib Bukele es un accidente de nuestra historia. Es, hoy en día, exactamente lo que la gran mayoría del pueblo salvadoreño desea. Todo el mundo tuvo oportunidad de ver, entre el 2019 y el 2021, qué tipo de hombre es Bukele, cuáles son sus intenciones y sus métodos. Y con una mayoría mucho más contundente que en el 2019, el pueblo le dio en 2021 el control absoluto de la Asamblea, dejándole abierto el camino para destruir la independencia de la justicia, con todo y Fiscalía y Sala de lo Constitucional. Y en el 2024, luego de ver diariamente el carácter violento, cínico y corrupto del poder ejercido por Bukele, el pueblo lo reeligió, sabiendo que era inconstitucional, con un mandato contundente que se traduce así: “Haga lo que le plazca, presidente.” 

 

Este es el mismo tipo de mandato que hoy recibió Donald Trump. Ya nadie puede decir que es por que en Estados Unidos no vale, para la elección presidencial, el voto popular, y que la culpa tiene el obsoleto sistema de los delegados por cada estado que eligen el presidente. Paja. Trump ahora ganó el voto popular con casi 5 millones de votos– ¡en 2014 Trump lo perdió por 7 millones de votos!

 

Esto ilustra que Estados Unidos ha cambiado, y para peor. Veamos: Dos mujeres compitieron contra Trump, ambas más calificadas que él, y ambas perdieron. No sólo esto: la segunda vez, contra Kamala Harris, Trump ganó con más contundencia. El único que le ganó, en 2020, fue un señor blanco de 74 años. En el país que reeligió a Trump, no cabe una mujer en la presidencia. Todavía no. Mucho menos una mujer que no sea blanca.

 

Las verdades innegables

 

Pero es peor. Ya no podemos decir que la culpa la tienen los blancos con su racismo. Donde más votos perdió Harris, en comparación con Biden en 2020, fue entre hombres latinos. La mayoría de ellos votó por Trump, a pesar de todo, sabiendo que es racista, sabiendo que amenaza a los migrantes latinos. Hay que entender: No es a pesar de todo esto, es precisamente por esto que ganó, incluso entre la población latina. Los latinos no son inmunes al racismo. Los negros no son inmunes a la discriminación de los migrantes. Las mujeres, aunque mayoritariamente votaron, en varios referéndums estatales, por la legalización del aborto, no dieron la misma porción de votos a Kamala Harris, que había hecho del aborto el centro de su campaña. Las mujeres tampoco son inmunes al racismo y al autoritarismo. Tampoco los jóvenes.

 

La verdad más difícil de aceptar es: El problema no es Trump, tampoco Bukele. El problema es la gente. Los populistas sólo son reflejo de la gente.

 

Son verdades que cuesta aceptar. Tragármelas me causa dolor de estómago, hasta vómito. Pero la negación sería el peor error que podemos cometer los que insistimos en oponernos al autoritarismo y a racismo.

 

La vida sigue, con o sin Trump y Bukele. También la historia. Ojala también la lucha.

Saludos, 




* * *

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Capítulo 6: Paolo y Carmen

(1981)



Todavía andan buscando al tal Paolo. Igual que a Hernán Vera. Ya no es noticia principal, pero no se han olvidado de la ‘célula de los seudoperiodistas’ del ERP. Pero como no pasa nada y nadie pregunta por mí, ya no me preocupo. A menos de un mes de estar en el país, yo asumo esta actitud tan típica de los salvadoreños de no afligirse de las cosas antes de tiempo, sobre todo cuando lo que va a pasar no está bajo el control de uno. Ya tengo arreglado mi viaje para Managua, pero no para evadir algún peligro, sino para sentarme con los compas y rehacer el plan de mi misión. Ya no estoy viviendo en el Camino Real, sino en la pensión La Pradera, a una cuadra de ‘la embajada’, como llaman aquí a la sede de los gringos. Convivo con Renato y Ana María, y aunque no me gusta su visión sectaria del mundo, por lo menos hay con quienes se puede hablar —y un poco bajar la guardia. Las respectivas militancias nunca se tematizan, pero siempre están presentes. Uno sabe muchas cosas, el otro sabe que uno sabe, y esto es la base de la relación.

He invitado a ambos a desayunar en el Camino Real, también están Harry Mattison, John Hoagland y otros colegas. Estamos hablando de Hernán. Uno de los periodistas, Marcelo, pregunta: “¿Y dónde estará este tipo?” Mattison, quien perfectamente sabe que Hernán está en La Guacamaya en Morazán con la Venceremos, dice: “Seguramente ya salió del país, igual que Paolo…”

Precisamente en este momento, John Hoagland baja su taza de café y fija su mirada en la entrada del restaurante. Todos le seguimos la mirada. Parado en la entrada está un hombre alto, narizón, con varias cámaras colgadas y un maletín. “Fuck!”, dice Mattison, “Paolo Bosio…”

Bosio nos ve y llega a la mesa. “Huevones, sentados en el Hotel, hay que tomar fotos, caballeros.”

“¿Qué putas estás haciendo aquí? Estás loco, cabrón, ¿no sabes que te están buscando?”

“Algo me dijeron, ¿pero cómo me van a buscar a mí, si yo estuve en Managua durante todo este desmadre. Me perdí toda la acción, pero ahora ya estoy aquí. Tengo mucho que hacer. ¿Adónde está la acción hoy en día?”

Los colegas le explican todo lo que ha pasado: la captura de Nelson Arrieta, la noticia de la ‘célula venezolana’, la aparición de su nombre. “Tienes que salir ya del país, te van a fregar,” dice el chele Marcelo, un camarógrafo italiano. 

“No voy a irme sin antes encontrar a Carmen. Marcelo, ¿adónde está Carmen, la has visto?” Resulta que Carmen es su novia, salvadoreña, activista de las Ligas Populares. Ya me la habían mencionado, siempre con este estupor que las mujeres bellas causan en los hombres.

Yo, en todo esto, no sólo me quedo callado, sino que trato de hacerme invisible en mi silla. 

Marcelo le dice que nadie sabe nada de Carmen. Nadie la ha visto luego del 10 de enero. “Seguramente se fue a su casa en Ahuachapán, esperando que la situación se calme.” Y le cuentan a Paolo Bosio de la ola de asesinatos de estudiantes, sindicalistas y activistas que se desató luego de la ofensiva. “Tal vez se fue con los compas. Muchos se han ido al monte...”

Bosio insiste que va a ir a Ahuachapán para buscar a Carmen. Marcelo y los demás insisten que esto es un suicidio. Yo callado. Al fin Marcelo dice: “Vos te vas ahora mismo a la embajada italiana, para que te saquen del país. Yo me hago cargo de buscar a Carmen.”

Al fin, Bosio acepta. Casi llora. Va con Marcelo a la embajada. Entre todos me explican que esto de Carmen y Paolo es una opereta italiana, de amor y pleito. Pero amor italiano. Me siento una mierda.

Una semana después estoy en Managua. Antes de este viaje, la situación se puso tensa: el COPREFA y los medios hablan de qué el tal Paolo tal vez no sea italiano, sino alemán. Yo soy el único periodista alemán en El Salvador, aparte de Ana María. Decido mejor adelantar mi viaje a Managua. Aprovecho la caravana de periodistas al aeropuerto para despedir a Olivier Rebbot, fotógrafo francés herido en fuego cruzado en San Francisco Gotera, la cabecera de Morazán, donde acompañaba a una patrulla militar. Entre los periodistas, este caso provocó una gran discusión: unos denunciando al ejército, otros tomando el caso como punto de reflexión sobre los riesgos que toman los fotógrafos al exponerse a situaciones difusas de combate y fuego cruzado. 

Harry Mattison, muy amigo de Oliver, le acompaña a Miami. Yo entro al aeropuerto y paso migración con esta comitiva, y nadie se fija en mí. Agarro el avión a Managua.


Harry Mattison auxiliando a su colega Oliver Rebot,
herido en San Francisco Gotera, Morazán
(15 de enero 1981)

Fotos: Benoit Gysembergh


En el COMIN, en el kilómetro 13 ½ de la Carretera Sur de Managua, todos los compas me bombardean con preguntas sobre la ofensiva y la situación en San Salvador. Me doy cuenta que esperan cuentos de heroísmo y victorias. Les cuento lo que yo logré ver, y no les gusta. Hablo de la ola de represión, de los asesinatos, y de la sensación de derrota que percibí en San Salvador.

El día siguiente la comandancia me llama a una reunión. Una especie de debriefing. No está Luisa, sino otra mujer que me hace un interrogatorio, en el cual comienzo a sentirme incómodo y casi culpable. Repito varias veces lo que pasó en la noche del 10 de enero, lo poco que sé desde mi perspectiva de encerrado en la casa de Melitón. 

“¿Por qué Yderín se fue a la casa de Clelia?” 

“No tengo idea, acababa de llegar, no entendí nada.” 

“¿Crees que Yderín los llevó a la casa de Clelia, y que le siguieron?”

“No tengo la más mínima idea. A mí nadie me explicó nada.” 

“¿Cómo se movilizó Yderín esa noche? ¿Usó el carro?” 

“No, el carro estaba guardado en la cochera de la casa. Lo sacamos el día siguiente para ir a Santa Rosa de Lima.”

“¿Fue en taxi?” 

“No sé.” Y así, repitiendo las preguntas, como si quisieran confundirme. Pero es difícil confundir a alguien que no sabe nada.

“Hablemos del viaje a Santa Rosa. ¿Quién lo autorizó?”

“Nadie. No teníamos contacto. Y tuvimos que salir, porque era lógico que le iban a caer a la casa. De hecho, cayeron ese mismo día.” 

“¿Pero quién tomó las decisiones?” 

“Lo decidimos nosotros, o más bien Gustavo y Hernán.” ¿Qué iba a opinar yo, que había llegado ese día?

En algún momento voy a la ofensiva: “¿Cómo se les ocurre mandarme a mí a este desmadre, sin la mínima instrucción, sin mecanismos de contacto, así a la loca? Si trabajan así, no me extraña que nos hicieran mierda en esa ofensiva...”

Silencio. Como si hubiera dejado ir un pedo en misa. 

Sigue el debriefing. Mi visita al Alameda. La salida de Gustavo. Raúl Beltrán. Harry Mattison. La Pradera. Los compas de las FPL. ¿Quién sabe de mi vinculación con el ERP? ¿Cuál es mi relación con Paolo Bosio? Los compas en las minas de San Sebastián. La casa de los familiares de Gustavo en San Miguel.

Salgo de este interrogatorio deprimido, confundido, enojado, humillado. ¿No será mejor suspender esta locura y dedicarme a reportear, sin amarre con nadie, independiente? ¿O incluso regresar a Alemania? ¿Y quién es esta mujer que me interrogó, qué se cree?


Mariana

Me salva Luisa. Al fin aparece. Otra larga plática, pero ella no me interroga, me escucha. Incluso las dudas y los reclamos. Me explica que el rol de Mariana, como jefa de inteligencia del ERP, es este: desconfiar, investigar, buscar fallas. Con Luisa también discuto el hecho de que todo el mundo aquí tiene otra percepción de la situación en San Salvador. Me da la razón, pero también me dice que difícilmente veo el conjunto, el big picture. Me da un informe de todo lo que pasó en enero, en todo el país —no sé qué tan completo y objetivo, pero exhaustivo. Me habla de la radio, del reagrupamiento, de Jonás, de Guazapa, de Usulután, de Morazán. “Okay, Luisa, mándame a Morazán.” Se ríe: “Paciencia, niño, todo en su momento. Primero vamos a analizar cómo es tu situación en San Salvador, si estás quemado o no. Mariana está trabajando en eso. Si no estás en peligro, prefiero que antes de ir a Morazán sigás un tiempo más en la capital. Es muy valioso tu trabajo allí.”


Luisa, la jefa de Radio Venceremos


Encuentro a Paolo Bosio en la casa de Leo Gabriel, un periodista austríaco, que reside en Managua. La primera pregunta que me hace Bosio es: “¿Sabés algo de Carmen?”

“No, Paolo. Nadie sabe nada. Marcelo fue a Ahuachapán y nadie le dice nada…”

El hombre está inconsolable. Amenaza con ir otra vez a El Salvador y buscarla. Me cuenta cómo la conoció: en una manifestación de las Ligas que cubrió. “La mujer más bella que he visto en la vida.” Se hicieron novios. Paolo trató de sacarla del país, le ofreció matrimonio, con tal que viva con él en Managua. Carmen dijo que no: la familia, los compañeros, la lucha, el sindicato, las Ligas…

“Mamma mia, ¿y quién es este maldito Paolo que andan buscando en El Salvador? ¿Quién putas asumió mi nombre? Y ahora no puedo ir a buscar a Carmen…”

“Fui yo, Paolo. Yo soy el Paolo que buscan.”

No pude resistir: Tuve que decirle la verdad a este hombre de corazón roto. Rompo todas las reglas de compartimentación y le cuento todo. Le explico que no tenía idea que existía otro Paolo. Le digo: “Vos me salvaste, sin querer. Si no fuera por el hecho que existís, seguramente me hubieran descubierto y arrestado…”

Salgo de este encuentro, que luego de mi confesión termina en un mar de Flor de Caña y lágrimas, con el compromiso de hacerme cargo de encontrar a Carmen y llevarla a Managua, cueste lo que cueste. Es mi penitencia para merecer el perdón de Paolo Bosio. Ya me dio el perdón, pero todavía siento que tengo que ganármelo.

Lo único que tengo es un papelito con el nombre de una amiga de Carmen. Trabaja en el mercado de Santa Ana.

 

Me vuelve a citar Mariana. Esta vez sonriente, me dice: “Buenas noticias. No tenés problema en San Salvador. No estás quemado. Ellos se dieron cuenta que Paolo Bosio entró al país y salió el día siguiente. Ahora están convencidos de que es él a quien están buscando. Puedes regresar a San Salvador y seguir trabajando.”

“¿Y no iba a entrar a Morazán?” 

“Lo discutí con Luisa. Ella tomó la decisión. Te estamos preparando los contactos, ella te va a dar las instrucciones. Suerte.”

“Una pregunta, Mariana: ¿Cómo sabés que no tengo líos en San Salvador? ¿Cómo puedes saber?”

“Es mi trabajo saberlo. Y a veces, hacemos bien nuestro trabajo. De paso sea dicho: Todos los reclamos que me hiciste en la primera entrevista… tuviste razón. Pero estamos aprendiendo.”

Luisa me explica que necesitan que me quede en San Salvador. Quieren que trabaje con los corresponsales, que siga mandando informes diarios vía Frankfurt, tanto periodísticos como políticos. Que ellos me van a organizar una entrada a Morazán, pero no para quedarme, sino para sacar fotos y reportajes, regresar a San Salvador y publicarlos.

Ahora recibo alguna instrucción sobre cómo preparar reuniones clandestinas y cómo usar frases claves. Me explican que a las citas hay que llegar a la hora acordada en punto, nunca antes, tampoco tarde. Que no me toca a mí llegar antes para ver si el lugar está limpio, sino que otros se harán cargo. Si llego al lugar y siento que me están observando, simplemente hay que seguir caminando. Que para cada cita hay una de reposición, mismo lugar, día siguiente, pero una hora más tarde.

Me dan dos contactos donde puedo dejar recados, pero el Hotel Alameda ya no está incluido. Ya con esto, y con nuevos sellos en mi pasaporte, nuevamente de Costa Rica, puedo regresar a San Salvador. No le cuento a nadie lo de la ‘misión Carmen’, porque sé que me la vetarían.

 

Antes de salir de Managua paso un par de días en casa de Walter Schütz, el representante de ‘Medico International’ en Centroamérica. Cómplice en docenas de conspiraciones, Walter es un aliado leal, pero cuando tiene críticas a los sandinistas o al ERP, nunca las esconde. Consigue medicinas, equipos de cirugía, y un montón de otras cosas urgentes, y ayuda incluso a meterlos a Honduras para que de ahí lo recojan los compas y los lleven a Morazán.


Walter Schütz, Representante de Medico
International en Managua

En la casa de Walter, siempre abierta para visitas, están hospedadas dos chicas de Frankfurt, colaboradoras de algún Comité de Solidaridad con algún proyecto en Nicaragua. Me conocen de nombre, de la campaña Armas para El Salvador, ahora se enteran que me fui para San Salvador. Una de ellas me gusta, bastante. Sobre todo su risa siempre lista para dispararse, su manera de escuchar, de preguntar, o cuando es necesario, dejar de preguntar. También su figura de deportista.

Decidimos enamorarnos por dos días, que son los que me quedan en Managua. Ambos sabemos, sin mencionarlo, que no nos volveremos a ver. Yo no quiero estar solo, y ella, creo, adivina esto. Pasamos 2 días enteros en la cama, solo salimos para comer. En largas noches solitarias en San Salvador y luego en Morazán, soñaré con sus senos increíblemente firmes.

 

Mi primer viaje a Santa Ana. Voy con Marcelo. Llegamos al mercado, preguntamos por el nombre de la amiga de Carmen. Nadie sabe nada, o nadie quiere decir nada. Difícil de saber. Cuando ya queremos salir, nos alcanza un niño y nos lleva a una venta de frutas. Ahí está la amiga. Le contamos que venimos de parte de Paolo, que él está en Managua, que no puede llegar al país, que Paolo nos pidió contactar a Carmen. “¿Usted nos puede poner en contacto?”

“Ya escuché que a Paolo lo andan buscando. Por eso Carmen tuvo que desaparecer. ¿Pero cómo saber que ustedes están diciendo la verdad?” No sé cómo la convencimos. Le contamos la historia de amor, y parece que como amiga de Carmen, la historia le convenció. Salimos del mercado con un croquis para encontrar a la tía de Carmen en el mercado de Ahuachapán. “Pero no vayan hoy. Vayan hasta mañana, yo le tengo que avisar a la tía…”

 

Regresamos a San Salvador. Marcelo tiene un compromiso el día siguiente, me va a tocar ir solo a Ahuachapán. 

No encuentro el lugar. No me sirve el croquis. Tengo que preguntar. La misma historia que en Santa Ana: Nadie quiere hablar. Un chele en el mercado de Ahuachapán llama la atención. Todo el mundo se cuida. Decido sentarme en un comedor y esperar que la tía, que ya tiene que saber que la ando buscando, me contacte. Así pasa: Esta vez es una niña que me recoge y me lleva a un lugar enfrente del mercado. Entramos a una sala oscura, llena de verduras, frutas y cereales. En el fondo hay una pared hecha de estantes y cortinas de plástico. 

La tía me hace contar todo nuevamente. Sobre todo de Managua, lo que dijo Paolo Bosio, como lo dijo. Me metió en toda una discusión sobre Bosio, si era un hombre serio o un mentiroso, si sus sentimientos por Carmen eran auténticos o si era un Casanova. 

Contesto todo y al final concluyo: “Mire señora, este hombre está locamente enamorado, dice que sin Carmen no puede vivir.”

“¿Y a qué viene usted? ¿Qué quiere?” 

“Llevar a Carmen a Managua. Que se encuentren y ahí decidan qué quieren hacer de su vida.”

“¿Pero qué hay para usted en todo esto?” 

“Usted puede pensar que es una trampa para entregar a Carmen. Así que para que me crea, le voy a contar la historia, para que entienda porqué se lo debo a Paolo.”

Y por segunda vez rompo todas las reglas y cuento la historia a una señora que acabo de conocer. Por segunda vez pongo algo sentimental encima de la compartimentación. Si sigo así, no voy a llegar muy lejos…

Cuando casi termino mi historia, y estoy en el encuentro con Paolo en Managua, y su tristeza, se abre la cortina al fondo de la sala, y aparece la mujer más bella que he visto en El Salvador. Hoy sí entiendo a Bosio. Carmen tiene el pelo negro, largo, que parece seda. Piel morena, ojos negros, y los movimientos de una bailarina. Por una mujer con esta cara, y con esta manera de caminar, y con esta manera de sonreír al mismo tiempo de llorar… yo también iría adonde asustan.

“Está bien, tía. Déjame hablar con él”. La tía se va. “¿Entonces, vos sos el pinche Paolo que buscan los cuilios? ¿Y a vos te manda Paolo para buscarme?”.

“Carmen, yo soy el único que tenía una fuerte razón de buscarte. Y a mí no me buscan. Buscan a Paolo Bosio, es por esto que él no pudo venir”.

“¿Y realmente quiere que yo vaya a Managua? ¿Qué putas voy a hacer yo en Nicaragua, cocinarle, planchar-le…?”.

“Carmen, este hombre te ama. Yo también, de paso sea dicho. Yo te llevo a Managua, y si este hijueputa te trata mal, lo mato y me caso contigo”. Intento quitar la tensión con bromas.

Se seca las lágrimas, se ríe y me dice: “Okay, de acuerdo. Pero yo no tengo pasaporte…”.

“Carmen, me tenés que confiar. Yo sé que no debería preguntarte estas cosas, pero si vos querés que te ayude a salir, necesito tu ayuda. ¿Dicen que sos de las Ligas? Me tenés que decir quiénes son tus contactos. Yo les voy a pedir que te consigan papeles.”

Dos semanas después, Carmen está en Managua, en los brazos de Paolo Bosio.


No tengo fotos de Paolo Bosio. Ponga esta,
tomada por él en San Salvador en 1980.
Paolo y Carmen se separaron años después
y Paolo murió en Managua.


 

En la siguiente entrega, sábado 9 de noviembre: 

Capítulo 7: Escuadroneros (1981)


martes, 5 de noviembre de 2024

Carata a Kamala Harris: ¡GANE, CARAJO! (+ capítulo 5 del libro "Doble Cara')

  

"Realísticamente, gane quien gane, nos va a joder. Trump, activamente y con ganas. Pero, tememos que usted, si es electa, también nos va a perjudicar, simplemente por no hacer nada para defender la democracia en nuestro país. Uno por acción, la otra por omisión..."

El audio en la voz del autor: KAMALA.mp3



    Publicado en MAS!  y EL DIARIO DE HOY, martes 5 noviembre 2024

Hoy, el 5 de noviembre 2024, en su país están eligiendo a su próximo presidente. ¿Qué puede esperar El Salvador de cada uno de los dos posibles ganadores? (Aquí no voy a hablar del desastre que una nueva presidencia de Trump significaría para la sociedad estadounidense. Todo está dicho sobre esto.)

Realísticamente, gane quien gane, nos va a joder. Donald Trump mucho más que usted. Este hombre nos va a fregar, porque dará a Bukele todos los apoyos que necesita para consolidar su dictadura. Ellos están hechos uno para el otro. Trump nos va a joder activamente y con ganas. Pero, tememos que usted, si es electa, también nos va a perjudicar, simplemente por no hacer nada para defender la democracia en nuestro país. Uno por acción, la otra por omisión, van a contribuir a la consolidación de una nueva dictadura. Es triste, pero es lo que muchos piensan – y lastimosamente hay razones.

 

Fue el gobierno de Biden/Harris que abandonó su política anunciada de priorizar los derechos humanos sobre la Realpolitik. Adoptó la estrategia de apoyarse en gobiernos antidemocráticos para asegurar sus intereses en la región: control de la migración y del tráfico de drogas. 


Al principio, cuando todavía no era claro si Bukele se iba a consolidar en el poder, la administración Biden/Harris condenó, en términos claros, los atentados de Bukele contra la democracia: la toma de la Asamblea en 2020, la remoción ilegal de la Sala de lo Constitucional y del fiscal general, en 2021, fueron fuertemente criticados por las autoridades de su administración. Docenas de funcionarios, la mayoría ligados a Bukele, fueron puestos en la lista Engel, retirándoles sus visas. 

 

Pero una vez que se hizo evidente que Bukele había logrado consolidarse en el poder y que tenía un apoyo popular mayoritario, ustedes cambiaron su discurso y su política. Ya nadie hablaba de la inconstitucionalidad de la reelección presidencial, de la violación sistemática de los derechos humanos bajo el régimen permanente de excepción, ni de los casos escandalosos de corrupción. Nayib Bukele se había convertido para Washington en un factor de estabilidad en la región. Al principio no decidieron apoyar a Bukele abiertamente, pero sí de tolerarlo. Pero recientemente, Washington decidió echarle una mano, ayudándole a refinanciar su deuda internacional - y, de paso, lavarle la cara, presentándolo como un gobernante fiscalmente responsable, que no lo es. Se supone que también Washington levantó su veto contra un préstamo grande del Fondo Monetario Internacional.

 

Todo esto no ha sido obra suya, pero tampoco se ha opuesto a este cambio de la política. En la campaña no ha dado ningún indicio que cambiaría este política de tolerancia con la nueva dictadura latinoamericana. Ojala que, una vez en el poder, nos sorprenda. 

 

En el caso de Trump, ya sabemos qué podemos esperar de él como presidente. Levantará todas las restricciones a la ayuda económica, militar y policial para el gobierno de facto de Nayib Bukele. Le dará respaldo político, porque necesitará tener algunos presidentes de la región de su lado.

 

A pesar de todo esto, para El Salvador sí hará una diferencia sustancial si entra en la Casa Blanca Trump o usted. De los dos, sólo usted será susceptible a la presión política de parte de los defensores de la democracia y de los derechos humanos - en El Salvador y en la sociedad estadunidense. Con Trump, se cerrará en Washington cualquier espacio de debate sobre la política estadounidense hacía nuestro país. 

 

Por esta razón, el triunfo suyo sería preferible para El Salvador. Trump es un enemigo. Usted no sería hostil contra la oposición democrática en El Salvador. Tal vez indiferente, tal vez claudicante, pero no hostil. Incluso, una potencial aliada, cuando la dictadura de Bukele entre en crisis y adopte la represión masiva...

 

Apuesto que usted ganará. Ojala no me equivoque. Suerte, Kamala...

Saludos, 




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Capítulo 5:  

Siemens 

(1981)



Han pasado tres semanas desde la ofensiva. Luego de los combates, la represión. Todas las mañanas aparecen cadáveres en las calles, sobre todo en la zona industrial de Ilopango y Soyapango. Se vuelve rutina de los periodistas, sobre todo de los fotógrafos, salir a las 6 de la mañana por el Bulevar del Ejército, para registrar la cosecha del toque de queda nocturno. Casi todas las fotos son iguales: unos o dos cuerpos a la orilla de la carretera o en las calles polvosas, parqueos o predios baldíos, baleados o macheteados. Algunos con señas de tortura. Me imagino que aparecen en esta zona para que los trabajadores que entran a las fábricas en la mañana los vean. Los muertos son manifiestos, con o sin naipes en la mano.


Cadáver en frente de la Embajada de Estados Unidos,
enero 1982 (Foto: Paolo Luers)


Es absurdo ir todas las mañanas para hacer las mismas fotos. Pero hay que hacerlo. Los fotógrafos de la Comisión de Derechos Humanos ya no pueden hacer su trabajo de registro, ellos mismos son blancos. Así que lo hacemos los periodistas, y luego les pasamos las fotos. Todas las noches, el laboratorio de la UPI en el Camino Real parece estudio fotográfico de una morgue. No quiero seguir haciendo fotos de asesinados, quiero ir a Morazán. Decido ir a Managua para organizar la entrada.

En el Camino Real aparece un colega alemán. Es editor de uno de los periódicos más conservadores de Alemania. Hace una gira por varios países para escribir sobre las sucursales de Siemens. Se trata de una especie de reportaje publicitario, pactado con la empresa que tiene su sede central en München. El hombre no habla español, y no entiende lo que está pasando en este país. Leyó noticias de una guerra civil, incluyendo unos reportajes míos, pero al llegar no ve ninguna guerra. El Salvador muestra la calma de un cementerio. Se alegra encontrar a un colega alemán. En una larga cena trato de explicarle lo que pasa, le cuento de la ofensiva, de la represión, de los muertos de todas las madrugadas. No me cree mucho, para él soy de estos periodistas izquierdosos que exageran y manipulan las noticias.

Le reto a salir conmigo en la mañana al tour macabro. 

A las 6 de la mañana salimos hacía Soyapango. Nos acompaña un fotógrafo que trabaja con la Comisión de Derechos Humanos. Vamos a todos los lugares donde saben botar cadáveres. Nada. Paramos en una gasolinera, el tipo de la CDH hace unas llamadas para ver si hay denuncias. Nada. El alemán me ve con creciente incredulidad. Normalmente, cuando hago este tour, deseo no encontrar nada, o más bien a nadie. Hoy, por primera vez, estoy ansioso de encontrar cadáveres. Tengo que salir de esta ciudad antes de volverme loco.

Cuando nos montamos otra vez al carro, se acerca un señor: “¿Son periodistas?”

“Sí señor, prensa internacional…”

“Vayan a Ciudad Delgado, ahí cerca de la línea de tren hay una casa que la quemaron esta noche. Hay un montón de muertos adentro.” Le da las instrucciones al otro fotógrafo. Hay que doblar en la esquina de una farmacia y seguir dos cuadros adentro de esa colonia. 

Voy a toda velocidad. En 10 minutos llegamos. Encontramos la farmacia, doblamos, entramos a la colonia. Afuera de una casa hay un montón de gente: mujeres, niños, pocos hombres. Todavía sale humo de la casa. No hay policía, ni soldados, ni bomberos. Los pocos hombres llevan baldes con agua y la tiran a la casa.

Son 8 cadáveres, incluyendo tres niños entre 6 y 12 años, uno en la sala, dos en un cuarto. Algunos de los cuerpos están quemados, otros no. Todos tienen heridas de bala. Yo me olvido de mi colega alemán y comienzo a hacer las fotos. Cuerpo por cuerpo. Unas tomas amplias para mostrar el ambiente. Ya tengo rutina, no me tiemblan las manos. El muchacho entrevista a los vecinos, toma notas de los nombres. De repente me recuerdo de mi colega. Salgo y lo veo sentado en una piedra, pálido. Vuelve a vomitar. Me ruega que nos vayamos. Pero el trabajo no está completo, necesito saber qué pasó aquí. Hablo con los vecinos. La historia de siempre: Como a las 2 de la mañana escucharon llegar unos vehículos. Unos dicen que dos, otros que tres. Todos dicen que eran camionetas. “Como esos Jeeps que le dicen Cherokee…”

Dicen que escucharon tiros. “¿Cuántos?” 

“Un montón…” Unos dicen “como 20,” otros dicen “mucho más, por lo menos 50.” Una muchacha que vive a la par, me dice: “No fueron ráfagas, fue pausado, uno por uno los mataron.” Obviamente, nadie salió a ver.

“¿Quiénes vivían ahí, quiénes son?” La muchacha me enseña: Estos dos son los padres de los tres niños. El señor trabaja en una fábrica, ahí por la Avenida España. No sé cómo se llama, dicen que es de unos alemanes...”

“¿Siemens, se llama Siemens?” 

“Creo que sí. Hacen cosas eléctricas.”

“¿Y los otros tres hombres, quiénes son?” 

“Este ahí es hermano de la mujer, los otros dos no los conozco. Pero venía mucha gente ahí, como si tenían reuniones. A lo mejor, por lo del toque de queda, se quedaron…”

“¿Quiénes crees que los mataron?” La muchacha me ve como a un niño que hace preguntas estúpidas. “No voy a decir nada. No vi nada. Solo escuchamos.” Pero al rato agrega: “Es una injusticia, ¿cómo estos escuadroneros hijueputas pueden matar a estos niños?” Y se va. No le tomé fotos. No se puede, sólo a los muertos.

En el camino al hotel, nadie habla. Hasta después, cuando almorzamos juntos, el colega me dice: “Quiero que me acompañe a la Siemens. Tengo la cita mañana. ¿Me puede imprimir las fotos hoy mismo, para llevarlas mañana a la reunión?”

    

La cita en Siemens es a las 10 de la mañana. Desayunamos juntos. El colega dice que no pudo dormir. Me pide disculpas por haber sido tan incrédulo. “Pensaba que usted es un izquierdoso.” 

“Pero tiene razón, soy izquierdoso, pero eso no significa que manipulo las noticias. Aquí hay colegas que vinieron derechistas y se volvieron izquierdosos.”

“Bueno, izquierdoso no sé. Pero me da rabia.”

Le cuento que trabajé en la Osram, que es parte del imperio Siemens, y de la ironía que ellos me están financiando lo que estoy haciendo aquí en El Salvador. Bueno, no le cuento lo que realmente estoy haciendo.

En eso viene Raúl Beltran: “Mirá, nos perdimos esta historia de Ciudad Delgado. ¿No escuchaste la Venceremos? Hoy en la mañana dieron un informe que ahí mataron a 8 personas y las quemaron. Increíble que ellos se dan cuenta y nosotros no…”

Entonces, los compas recibieron el informe que mandé anoche a Frankfurt. Le enseño a Raúl las fotos. Las ve, las maldice y dice: “Sos campeón, maitro.”

 

La Siemens es un edificio viejo en la Avenida España. Mi amigo de München me presenta como colega alemán que le va a ayudar con traducciones y fotos. El jefe de la planta, un ingeniero alemán, se muestra contento de ver a dos paisanos. Nos recibe en su oficina, nos cuenta de la historia de la Siemens en El Salvador, orgulloso de lo construido. Se lamenta de los tiempos difíciles que vive el país, pero no le gusta hablar de política. Le preguntamos sobre la guerra, y nos describe la ofensiva de enero como un fracaso de la guerrilla. “No hay guerra, el país está bajo control.”

Le pregunto por el sindicato, y me explica que tienen excelentes relaciones. Manda a llamar al secretario del sindicato, quien nos confirma que no hay conflictos. Y se retira. El colega me pide mostrarle las fotos de ayer. “Nos dijeron que uno de los muertos trabajaba aquí…” 

El ingeniero estudia las fotos. “¿Reconoce al hombre?” El hombre se pone pálido. “Sí, es uno de nuestros mecánicos, ¿qué pasó?” Le contamos lo que vimos y lo que nos contaron los vecinos. 

“¡Qué horrible! Vamos a tener que ayudar a la familia. Aunque esto no tiene nada que ver con Siemens, pero hay que ayudar a la pobre familia.” Le cuento que ya no hay familia…

Llama a un empleado, le explica lo que pasó, le pide averiguar la dirección del mecánico. Al rato regresa y confirma la dirección de la casa en Ciudad Delgado. “Vamos a ver si podemos encontrar a los padres, a ver si necesitan ayuda para el entierro. ¡Qué tragedia!, pero estas cosas pasan, nadie sabe quiénes son los que matan a la gente. Como le dije, aquí estamos tranquilos, esto nada tiene que ver con nuestra empresa…”

Le pedimos si podemos hacer un tour por la planta. Junto con otro ingeniero, también alemán, nos llevan a una sala donde están montando generadores. Nos hablan de los proyectos, de inversiones, del mercado centroamericano. Llegamos a un taller donde está el secretario del sindicato que ya vimos antes. Mientras los demás siguen su recorrido, me quedo con él. Le pregunto si sabe que antenoche mataron a un colega. Me dice: “Aquí no podemos hablar.” Y me da un papelito que ya tenía preparado. “Mejor váyanse.”

Terminamos el recorrido, hago mis fotos, y luego de un café en la oficina, nos vamos.

Afuera en el carro abro el papelito doblado. Tiene la dirección y el nombre de un comedor en Mejicanos —y la hora: 7 de la noche. 

 

Es un comedor como todos. Plancha en la acera, pupusas, yuca frita, chocolate, Pilsener. Cuando entramos, está el sindicalista con dos hombres más que también he visto en la planta de Siemens. “¿Cómo saben de la muerte del compañero?”, me preguntan. Les cuento toda la historia, les enseño las fotos. Resulta que los otros dos muertos, las visitas, también son sindicalistas, pero que hace poco los despidieron. Trataron de armar una huelga, despidieron a varios, amenazaron a los demás. “¿No viste a los de seguridad, los que andan con chalecos? Son matones los hijos de puta, ex policías o soldados. Nos tienen súper vigilados. Pero puta, no pensaba que iban a llegar a esto…”

Preguntamos sobre los alemanes. “¿Ellos saben lo que está pasando?”

“¿Cómo no lo van a saber? Ellos contrataron a estos tipos.”

Nos cuentan sobre lo que pasó en sus vecindarios durante la ofensiva. “Los compas querían que nos metiéramos, nos iban a dar armas. ¿Pero cómo? No había condiciones. Muchos compañeros de otros sindicatos se metieron, algunos murieron, otros se fueron con los compas a Guazapa...”

Luego de varias Pilsener, nos despedimos. “Publiquen algo sobre esto, pero no nos mencionen. Nos van a matar.” Les aseguro que sólo se va a publicar en Alemania.

El colega me pide no mandar nada a mi periódico. “Yo me hago cargo. Esto lo tienen que saber en Alemania. Aunque me cueste el trabajo.”

A los días me informa que no le publicaron la nota sobre El Salvador.


(Nota: Todas las fotos de esta visita a Siemens, 

como gran parte de mi archivo de la guerra, se han perdido. 

Mandé todos los negativos a Managua al COMIN del ERP, y en las confusiones del cambio de poder de los Sandinistas, en abril del 1990, gran parte del archivo se perdió.) 




En la siguiente entrega, jueves 7 de noviembre: 

Capítulo 6: Paolo & Carmen (1981)

sábado, 2 de noviembre de 2024

Carta en el Día de los Muertos: DEMASIADOS MUERTOS (+ capitulo 4 del libro 'Doble Cara). De Paolo Luers


"Todos los muertos en las comunidades, sean por obra de las pandillas o por obra de la guerra contra las pandillas, son recordados en soledad. Los cubre un manto de silencio, creado por una mezcla de miedo y pena. Nadie habla de esto con sus vecinos, mucho menos en público. Y quienes lo hacen, quedan marcados como personas que pueden ser las próximos víctimas." 

El audio en la voz del autor: LOS MUERTOS.mp3

    Publicado en MAS!  y EL DIARIO DE HOY, sábado 2 noviembre 2024

A los salvadoreños no les alcanzan las lágrimas -ni la compasión- para llorar a todos sus muertos. Estudiantes, maestros, curas asesinados por los escuadrones de la muerte, la Guardia, los Batallones Especiales. Oscar Arnulfo Romero. Los niños de El Mozote y el rio Sumpul. Los padres jesuitas. Civiles asesinados por comandos guerrilleros. Antonio Rodríguez Porth. Soldados y guerrilleros caídos en combate. Fallecidos de los terremotos. Los miles de víctimas de las pandillas. Desaparecidos que nunca fueron encontrados. Pandilleros e inocentes muertos por grupos de exterminio. Cientos de cadáveres que sacan de los penales, víctimas del régimen de excepción... 

 

Hoy, 2 de noviembre, se llenan los cementerios de salvadoreños recordando a sus muertos. Cada uno a los suyos, los más cercanos. Casi nadie, tratando de honrar a todos, haciendo memoria incluso para los desconocidos y olvidados.

 

Hace unos años, en el Centro de Arte para la Paz en Suchitoto, se hizo para esta fecha del Día de los Muertos una exposición llamada “Altares en Memoria”. Una artista visitó a decenas de casas en los diferentes cantones y caseríos del pueblo, invitando a las familias de armar, de cajas de cartón, altares para rendir memoria a sus muertos. El día 2 de noviembre, la capilla del Centro de Arte para la Paz amaneció con más de 100 altares, con las fotos de los muertos, muchos de ellos en la guerra, con objetos relacionados con ellos, con dibujos de los nietos. Una señora, cuya hija había sido secuestrada y desaparecida, no tenía ninguna foto de ella, pero tenía guardado el vestido que estrenó a los quince años. La foto de este vestido se convirtió en el centro del altar en memoria a la niña, en un silencioso pero poderoso testimonio de una vida truncada antes de ser vivida. 





La exposición de los altares se convirtió en un evento de memoria colectiva de las comunidades de Suchitoto. Los vecinos desfilaron para reconocer a los muertos de su comunidad, las madres lloraron juntas, se compartieron historias antes encerradas en el corazón de cada uno. Fue una catarsis para muchos sobrevivientes de la guerra, un ejemplo valioso de memoria que ayuda a sanar...

 

El país debería tener cientos de eventos de este tipo. Pero lamentablemente, siguen siendo la excepción. Cada uno con su memoria. El dolor no compartido aísla a las personas y tiende a destruirlas. 

 

El ejemplo de la exposición de altares de Suchitoto muestra que la memoria compartida ayuda a crear comunidad y resiliencia. 

 

Todos los muertos en las comunidades, sean por obra de las pandillas o por obra de la guerra contra las pandillas, son recordados en soledad. Los cubre un manto de silencio, creado por una mezcla de miedo y pena. Nadie habla de esto con sus vecinos, mucho menos en público. Y quien lo hace, como las madres que siguen buscando a sus desaparecidos o las otras madres que hacen fila frente a los portones de las cárceles para preguntar por su hijos, o como las que van a marchas para exigir información sobre muchachos detenidos – todos ellas quedan marcadas como personas que pueden ser las próximos víctimas. Deberían recibir solidaridad, pero son aisladas como si fueran leprosas.

 

Así, condenado cada uno de llevar su dolor en silencio, las heridas jamás van a sanar – y el país no se va a recuperar de los lados oscuros de su historia, sea de la guerra, de la violencia de las pandillas o de la represión militar o policial del pasado y del presente.

 

Son mis pensamientos para hoy, 2 de noviembre,  Día de los Muertos.

Saludos, 



Doble Cara ahora está agotado en las librerías de la  UCA, en el campus y en Cascadas/Soho. Pero será disponible en breve. 

También lo pueden pedir a Amazon.com, o desde México en amazon.com.mx

Ahora puede leer el libro, en tres entregas cada semana, en este blog. Disfrútenlo.





Capítulo 4:  

Hotel Alameda 

(enero 1981)


Ya han pasado dos semanas de mi regreso de Santa Rosa de Lima. Me pongo inquieto, no tengo claro cómo seguir. He salido todos los días a tomar fotos, a veces con Harry Mattison, a veces con otros reporteros, en la capital y sus alrededores. Principalmente, tomamos fotos a muertos mutilados. Lo más lejos que he llegado es a Suchitoto, un pueblo fantasma, a una hora de San Salvador. Tuve una experiencia de la séptima dimensión en la casa de Alejandro Cotto, el hermano del jefe de COPREFA. A la orilla de un pueblo profundamente golpeado por la guerra y aislado del resto del país, este señor nos recibe en una casa que parece, igual que el dueño, como parte de una película de Fellini. Publicista, cineasta, poeta, abiertamente gay, rodeado de objetos de arte y arqueología, citando poemas y hablando peste de la chusma inculta que ha quedado en este pueblo, que antes, según él, era la cuna de grandes líderes y amantes del arte. Hay que reconocer: cuando todos se fueron y el pueblo se llenó de desplazados de los cantones, este hombre decidió quedarse en su burbuja…


Alejandro Cotto en su casa en Suchitoto
(Foto: Paolo Luers

Necesito rehacer el contacto con los compas. Les he mandado reportes diarios. Los mando vía Frankfurt, gracias al telex de la UPI. Raúl Bonilla me dio la llave de la oficina en el Camino Real, para poder usar el telex y el laboratorio de fotos en la noche. La Venceremos ha retomado varios de mis reportajes, que desde Frankfurt llegan al COMIN en Managua, y desde Managua los mandan por radiocomunicación a Morazán. De repente soy el corresponsal de la Venceremos en San Salvador, y como tal necesito discusión, orientación, rumbo. 

Decido ir al Hotel Alameda. 


Hotel Alameda en Alameda Roosevelt, San Salvador

El Alameda es un hotel que ha visto mejores tiempos, igual que la colonia Flor Blanca, donde está situado, con sus mansiones, construidas por las familias más poderosas del país, pero que ya no viven en este sector pegado al centro de la ciudad. Las mansiones ahora albergan pensiones, burdeles, comedores y oficinas. La mitad del hotel se quemó y nunca fue reconstruido. Pero el Alameda sigue teniendo su encanto. 

Entro al pequeño lobby y voy directamente a la recepción. Dos hombres están sentados detrás del counter. Trato de imaginarme quien de los dos puede ser el contacto de emergencia que Gustavo me ha dado: ¿El gordito con cara de contador, o el alto con cara de profesor de matemática?

Escojo al matemático. No puedo decir en seco la ridícula frase clave. Pregunto por los precios de los cuartos, por servicios de taxi, si tienen telex. Recibo respuestas profesionales. “¿Acaso tienen un cuarto con jacuzzi?” El que reacciona es el contador: “No, señor.” Y algo en su mirada me hace voltear. En un rincón a la par de la entrada hay un grupo de sillones. En uno de ellos está sentado Yderín, el hombre que cayó preso el 10 de enero, lo que nos obligó a abandonar la casa de Melitón Barba en la Layco al día siguiente.


"Yderín," Nelson Arrieta, cineasta venezolano

Yderín está vestido como siempre, igual como anduvo en Berlin y como me lo encontré en San Salvador: liviano saco beige y designer jeans, todo con un toque de inglés en el trópico. A la par de él, 4 hombres que igual podrían haberse puesto rótulos que dicen: policía secreta.

Yderín me tiene a plena vista, pero no reacciona. Por tanto, tampoco reacciono yo. Sigo platicando con el contador y el matemático, sobre cualquier cosa que se me ocurre. “La verdad es que no le puedo ayudar, señor”, me dice el contador y comienza a marcar un número en su teléfono, para cerrar la conversación. Le doy las gracias y salgo de hotel. Veo una gran tristeza en la cara de Yderín. 

No me entregó. Ni al contador. Con su mirada me dice: “Ya me fregaron. Filmar esta revolución queda en tus manos.”

Meses después, cuando Yderín al fin ha sido entregado a la embajada venezolana y regresado a su país, él manda un informe a Managua. No lo torturaron, pero optó por ofrecerles colaboración. Les dio cualquier tipo de información que se dio cuenta, por las preguntas, que ya la tenían. Le repetían una y mil veces preguntas sobre el Alameda, porque sabían que allí estuvo hospedado antes de ocupar la casa de Melitón. Les dijo que en el Alameda los compas sabían poner citas, siempre a la hora del almuerzo, y les ofreció ir con ellos al hotel y señalar sus contactos, en caso de que aparecieran. Pero no entregó a nadie.


En la siguiente entrega, el martes 5 de noviembre: 


Capítulo 5: Siemens (1981)