lunes, 23 de mayo de 2005

"No basta la buena voluntad"

Dicen que todo era unidad y que sólo hay una voz disidente. No puede ser. Me sumo a la disidencia, no sólo por reflejo y costumbre, sino por razones serias.

Si El Salvador fuera un país con muy baja frecuencia de desastres naturales, tal vez sería suficiente la buena voluntad, así como todos la mostraron ante la amenaza de Adrián. Es cierto, en un país acostumbrado a la polarización y la incapacidad de enfrentar a los problemas del país mediante acuerdos, el hecho que en el momento de la amenaza de Adrián salgan en una sola foto el ejecutivo, los partidos de oposición incluyendo el Frente, los presidentes de los órganos del Estado y los alcaldes, constituye un antecedente prometedor de unidad y de buena voluntad. Igual el hecho que todos los partidos respaldaran en la Asamblea Legislativa el decreto el "estado de emergencia nacional y calamidad pública". Hay, por lo menos, buena voluntad.

Pero El Salvador es un país que sufre de calamidades, desastres y emergencias varias veces al año. Si no es terremoto son inundaciones. Si no son inundaciones son sequías. Si no son sequías son derrumbes. Si no son las colas de huracanes que vienen del Caribe, de repente son huracanes del Pacífico…

En El Salvador, una lluvia fuerte pone en emergencia a las poblaciones vulnerables. En El Salvador, la vulnerabilidad no es coyuntural o accidental sino permanente y estructural.
En El Salvador no es suficiente la buena voluntad.

Un país tan expuesto a desastres, con una población tan vulnerable (sea por su nivel de pobreza, por la insuficiencia de sus viviendas o por los lugares tan expuestos donde habitan) necesita mucho más que buena voluntad: necesita instituciones fuertes y dotadas con capacidades y fondos para hacer frente a los desastres, tanto en lo preventivo como en lo reactivo.

Disculpen que en estos momentos de unidad nacional y mutuas felicitaciones por no haber obstruido los esfuerzos conjuntos, en esta columna diga una cosa tan disonante: mostrar buena voluntad es mucho más barato que construir una institucionalidad que sea capaz de hacer frente a las emergencias. La buena voluntad se muestra con unas cuantas fotos y con un solo decreto. Cuidado, yo no digo que la voluntad mostrada por todos en la coyuntura de Adrián sea de mentira. Pero para mostrar que la unidad y la sinceridad van más allá de la buena voluntad, se requiere pasos concretos y esfuerzos sostenidos e institucionales.

La institucionalidad no sólo tiene un costo financiero y material, también tiene un costo político. Si tuviéramos instituciones consolidadas para prevenir y enfrentar desastres naturales, ya no sería el presidente de la república quien saldría en la tele coordinando la respuesta al desastre sino un grupo de profesionales sin interés político ni partidario; no serían los alcaldes que coordinarían las evacuaciones, ni las esposas de presidentes o alcaldes quienes repartirían víveres o colchas, sino profesionales siguiendo el patrón de planes de emergencia acordados y respaldados por todos. El espíritu unitario residiría en la concertación previa de los planes de emergencia y sus instrumentos orgánicos y financieros, no en salir todos juntos a hacerse una foto en una barranca.

Ya todo el mundo señaló que el país no tiene una legislación adecuada. Cuando no hay una ley adecuada se deja espacio para buena voluntad, improvisación y personalismo. También para la corrupción, el abuso, la partidización.

No se si la propuesta de "Ley de Prevención y Mitigación de Desastres y Protección Civil", presentada por la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) en el 2000 y que ahora el gobierno promete sacar del archivo y despolvar, es la legislación adecuada. Habría que abrir el debate sobre el tema, en vez de correr y aprobar en seis días una ley que ha pasado años relegada al archivo.

Lo que sí es obvio es que el decreto que sirvió a la Asamblea y los partidos para mostrar unidad y buena voluntad, es absolutamente inadecuado. Tan inadecuado que de hecho provoca la sospecha que detrás de la unidad nacional y la buena voluntad no hay más que un cálculo oportunista.

Primero, resulta absurdo que la Asamblea Legislativa tenga la potestad de declarar el estado de emergencia. En el caso de Adrián tuvieron suerte que se anunció dos días antes, cortesía que normalmente no muestran los desastres naturales. Reaccionar ante una emergencia, declarar el estado de emergencia, es tarea del gobierno, no es sujeto a discusión legislativa. La Asamblea puede ratificar después, pedir explicaciones, investigar abusos, pero no sujetar la respuesta a una emergencia a acuerdos partidarios. Ahora que todos estaban de acuerdo, esta aberración no causó daño práctico. Pero, ¿qué pasa si la próxima vez el gobierno quiere activar un plan de emergencia y el parlamento no se pone de acuerdo?

Es un malísimo antecedente. Teóricamente, el presidente hubiera que vetar este decreto. No por no estar de acuerdo con las medidas, sino por razones constitucionales y para evitar que la Asamblea se sienta con el derecho de decidir en casos de emergencia.Imagínese todo los que la Asamblea decreta: que los niños no vayan a la escuela por dos días, asueto para empleados públicos, que el ministro de gobernación coordine el plan de emergencia y que todas las entidades estatales estén obligados a colaborar. Esto es, disculpen la palabra, estúpidamente absurdo. No puede ser que el ejecutivo no tenga facultad propia, sin decreto legislativo, a suspender clases y labores. No puede ser que se necesite un decreta legislativo para decidir quien va a asumir la responsabilidad. ¿Y si la próxima vez el órgano legislativo decreta poner a la cabeza del plan de emergencia al ministro de turismo?

La única cosa importante que había que discutir y aprobar en la Asamblea, el cambio presupuestario para financiar las medidas de emergencia, ni siquiera se mencionan en el decreto legislativo publicado en los periódicos. Si hay una ley obsoleta que obliga al Ejecutivo a buscar aprobación de la Asamblea para declarar el estado de emergencia, tampoco se menciona en el decreto. Lo único que se publica en el excesivo despliegue es la lista de medidas que obviamente no requieren de aprobación legislativa.Toda esa confusión e improvisación es muestra de la falta de institucionalidad. Vimos mucha voluntad, muchas fotos de ministros y alcaldes disfrazados de bomberos, pero hasta ahora poca voluntad política de crear instituciones fuertes para prevenir y enfrentar desastres. Vimos poco voluntad para crear instituciones profesionales que eliminan el peligro que las emergencias se usen para que los políticos de todos los partidos y los gobernantes de todos los niveles estatales salgan en las fotos mostrando buenas voluntades e improvisando respuestas concretas a las calamidades. (Publicado en El Faro)

lunes, 9 de mayo de 2005

Hoy hace 60 años en el parque de un castillo de Austria

Escribo esas líneas un 8 de mayo. Día de la rendición alemana hace 60 años. Día de la liberación, para unos. Hora de vergüenza, por la derrota, para otros. Hora de la vergüenza, por haber sido incapaces de liberarse ellos mismos del régimen dictatorial y genocida, para otros. Hora cero. Para unos, porque se había acabado su mundo: cero futuro, cero esperanza. Para otros, la hora cero del inicio, del arranque hacia un futuro digno. Unos bailando, otros de luto, todos muertos de hambre, sentados sobre los escombros.

Yo cumplí exactamente seis meses de vida aquel día histórico que terminó la Segunda Guerra Mundial, por lo menos para Europa. Mi familia se había refugiado de Poznan, donde vivíamos, evadiendo las tropas soviéticas; después de Berlin, evadiendo la lluvia de bombas, hacía la tranquila provincia austríaca de Kärnten. Ahí la guerra ya había terminado unas semanas antes, con la llegada de las tropas británicas. Del castillo encima del pueblo donde se habían establecido las familias refugiadas de altos funcionarios alemanes, los ingleses nos desplazaron a los establos, poniendo en el castillo su puesto de mando y cuartel.

Aquel día de la capitulación alemana, el 8 de mayo de 1945, yo me convertí en el sostén principal de mi numerosa familia. Así me solía contar mi madre, y así me lo confirman mis hermanos.
Este día llegó, aparte del final de la guerra, el final de las lluvias que acostumbran caer durante todo el mes de abril. Salió el sol. Mi hermana me acostó en un destartalado cochecito y me puso a solear en el parque del castillo. Ahí me dejó solo, saliendo en su bicicleta a visitar las granjas afuera del pueblo para ver si canjeaba los últimos restos de la valija de la familia por víveres. En vano. A las horas regresó, sin nada de comida. Me encontró felizmente dormido, en medio de una gran fiesta campestre con la cual los soldados británicos estaban celebrando la victoria. Mi coche estaba repleto de provisiones: latas de atún, leche en polvo, aceite, fruta enlatada, chocolate, cigarros, hasta una botella de ron de 80 grados de la Royal Navy (la cual ese mismo día mi hermana llevó a una de las granjas para regresar con una enorme jamón ahumado, mientras los cigarros las convirtió en papas y repollos).

Lo que había pasado es lo siguiente: cuando los británicos recibieron la noticia de la capitulación alemana y salieron al parque para celebrar, me encontraron abandonado, sudado y llorando. Entonces, me mudaron a la sombra y como no dejé de llorar, me comenzaron a llenar el cochecito con regalos...

Mis hermanos me confesaron años después que a partir de este día me llevaron al parque todos los días, procurando que tuviera razones de sobra para llorar, o sea por hambre o por frío o por calor o por sed, recogiendo de esta manera todos los días provisiones que, de paso sea dicho, los soldados aliados tenían tajantemente prohibido regalarlas a la población alemana o austríaca. Confraternización se llamaba el delito.

¿Por qué cuento ésto? Es mi manera de decir que para mí, el 8 de mayo siempre ha sido un día para festejar. Festejar el regreso de la paz. Paz concebida como la oportunidad que los hombres, incluso los guerreros, vuelvan a actuar como humanos. Festejar el colapso del régimen totalitario más criminal de la historia.

Este día, en el parque de un castillo de Austria, no sólo terminó la guerra. El 8 de mayo de 1945, en este parque hermoso en Kärnten, nació Europa. La Europa que hoy está unida como nunca, borrando fronteras geográficas, políticas, lingüísticas, culturales y mentales. Para que este proceso de unificación se diera, primera había que derrotar al principal obstáculo: el nacionalismo criminal llamado fascismo que se había apoderado no sólo de Alemania, Austria e Italia, sino también de España y de amplios sectores de países como Francia, Croacia, Hungría, e incluso Inglaterra y Estados Unidos.

Este monstruo todavía no está del todo muerto. Vive todavía en minorías en casi toda Europa, levantó la cabeza en los conflictos en la ex Yugoslavia. Pero aquel día 8 de mayo de 1945, cuando los soldados británicos desobedecieron órdenes y dieron de comer a una familia alemana, este monstruo fue vencido, abriendo un proceso que ha llevado a una Europa en la cual hoy una generación de europeos se olvida de las fronteras. Siguen existiendo las fronteras pero ya no detienen a nadie. Los jóvenes europeos hoy buscan noviazgo, empleo, universidad, diversión a donde les da la gana en Europa. O donde hay chance.

Tengo un amigo que tiene pasaporte alemán, casa en Holanda, trabajo en Bélgica, esposa italiana y además un chucho de origen húngaro. Maneja un carro producido en Inglaterra por una compañía alemana. Si no me equivoco, fuma cigarros españoles y toma Whiskey irlandés. Ama la cocina alemana, pero detesta el sistema escolar alemán, razón por la cual se mudó para Holanda, donde además puede comprar marihuana en tiendas. Su hijo habla alemán, holandés, inglés, italiano. Su hija estudia en Polonia y está por casarse con un portugués que trabaja en la República Checa para una compañía española. Sus nietos, cuando nazcan, serán simplemente europeos. Tendrán un pasaporte emitido por algún país particular, pero esto importará no más que el sello de la alcaldía que habrá emitido su DUI.

Los señores Adolf Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, Henri Philippe Petain y sus camaradas estarían dando patadas si podrían ver a esta generación de ciudadanos europeos. Pero igualmente se morirían nuevamente, pero esta vez de rabia y desilusión, los señores Joseph Stalin y Walter Ulbricht y sus compeñeros, porque este citado amigo europeo nació en la Alemania socialista de ellos, estuvo preso en aquel paraíso de los obreros por tratar a cruzar la frontera-muro y, peor aún, por difundir ideas de izquierda pero muy radicalmente democráticas.
Por todo esto y mucho más que no cabe en esta columna, hoy domingo 8 de mayo me echaré unos tragos para celebrar lo que pasó hace 60 años en el hermoso parque de un castillo en Kärnten. (Publicado en El Faro)

lunes, 2 de mayo de 2005

Se provee política exterior incluyendo transporte

No tener política exterior es como no tener soberanía. Si de todos modos empeñamos la política exterior, supeditándonos al State Department, mejor de un sólo pidamos que nos den el estatus de Puerto Rico de estado asociado a los Estados Unidos. Si de todas formas ya no hay soberanía ni en política monetaria, ni en seguridad nacional ni tampoco en relaciones exteriores, como estado asociado, aunque seríamos casi colonia, por lo menos gozaríamos de los beneficios de la sumisión. Mejor educación, acceso ilimitado al mercado de trabajo de Estados Unidos...
¿Le parece muy cínico este razonamiento? Sí lo es. Pero viene a la mente observando la manera como el gobierno salvadoreño trata de vender la total sumisión a Washington como política exterior salvadoreña. Lamentablemente, en este campo Tony Saca no ha roto con las malas políticas heredadas de Francisco Flores.

Primero, la candidatura de Flores a la Secretaría General de la OEA. Era obvio desde el principio que Flores no era el candidato idóneo para este cargo. Era obvio también que lanzarlo y promoverlo, con todo el aparato de la diplomacia salvadoreña, no correspondía al interés nacional salvadoreño. Por nada hubiera convenido a la imagen de El Salvador tener en la Secretaria de la OEA a un hombre como Flores, tan incapaz de construir consenso y tan visiblemente dependiendo de Washington.

La candidatura de Flores y todo el discurso de la unidad centroamericana que el gobierno Saca empleó para promoverla, tenía un sólo propósito: evitar que a la secretaría general de la OEA llegara alguien con una visión de política regional independiente de Washington. Para esto lanzaron a Flores, y para esto lo retiraron. Para crear una correlación favorable al candidato de Washington que obviamente no era Flores sino el canciller mexicano. Y para evitar que el continente respaldara al candidato chileno que representa las aspiraciones de los gobiernos suramericanos de tendencia socialdemócrata de crear un organismo continental que respete la pluralidad y la soberanía de los países americanos.

El fracaso de la política exterior salvadoreño no reside en el hecho de no haber logrado llevar a Flores a la Secretaría General de la OEA. El fracaso de la política exterior de Tony Saca y Francisco Laínez reside en no haber logrado llevar a este cargo al canciller mexicano. La maniobra cuadriculada entre Washington, México y San Salvador fracasa. Después del empate en las primeras rondas la balanza se inclina hacía el candidato socialdemócrata que representa al bloque Chile, Argentina, Brasil, Uruguay. Para suavizar la derrota, Washington deja caer a Derbez y abraza a Insulza quien de todas formas hubiera ganado. Condoleezza Rice recibe el primer revés en su nuevo cargo de secretaria de Estado. Lo asume con cierta elegancia, poniendo buena cara al golpe, estrechándole la mano a Insulza, segura que con esto no se acaban los recursos de Washington para mantener en inercia a la OEA. Mostrando la generosidad de los poderosos, permite incluso que el canciller salvadoreño, Francisco Laínez, salga en la foto de Santiago de Chile. No sólo sale el niño en la foto con los grandes, incluso le suben al Air Force Three para viajar como los grandes. Gobierno y prensa en El Salvador interpretan el hecho que la princesa del país de las maravillas le haya dado aventón al canciller salvadoreño como un honor y como "reconocimiento al país." ¡Vaya dignidad!

Tony Saca y su canciller presentan cada uno de los fracasos de su política exterior como triunfos. Se retira Flores de la carrera a la OEA, y en vez de callarse y humildemente asumir el costo que indudablemente tiene cuando un gobierno latinoamericano queda en evidencia como peón sacrificado en el ajedrez geopolítico de Washington, declaran en voz alta que la campaña de la diplomacia salvadoreña en favor de la candidatura de Flores era exitosa, permitiendo adquirir experiencias y llegar a conocer todos los países del continente y del Caribe. Como si la cancillería es una especie de agencia de viajes.

Y cuando al final Washington también deja caer al otro candidato en beneficio de cual se armó todo esta charada de mover a Flores por el tablero y luego sacrificarlo, de nuevo regresa nuestro canciller al país con una gran sonrisa. No sólo lo dejaron viajar en el avión de la princesa, sino que, más allá de este triunfo de la política exterior salvadoreña, aquí regresa un canciller que ha participado en la solución de la crisis de la OEA. Que todos los tiros de esta batalla les fueron por la culata y al final asumirá la dirección de la OEA el hombre que a toda costa querían evitar, ya no importa. Salimos en la foto de Santiago de Chile, viajamos primera clase, y trajimos a tierras salvadoreñas a la princesa Condoleezza, aunque sólo por una especia de escala técnica de tres horas. Por lo menos, como declaró Tony Saca, "la condición de amigos entre ambas naciones queda ratificada." Vaya sorpresa.

En este caso, por suerte el interés nacional se impuso a pesar de los esfuerzos del gobierno salvadoreño. A El Salvador le conviene que en la OEA no gobierne un político salvadoreño que amigo de George Bush. Conviene a todos los países del continente, incluyendo El Salvador, tener al frente de la OEA a un hombre como José Miguel Insulza, un diplomático que ha probado que no recibe órdenes de Washington pero tampoco cae en las tentaciones anti-norteamericanos de las izquierdas ortodoxas y populistas. Conviene a todo el continente que gane fuerza e influencia la tendencia socialdemócrata, concertadora e integracionista que representan el presidente chileno Lagos y su ministro Insulza.

Sin embargo, la falta de una política exterior propia de El Salvador, a pesar de que en el caso de la OEA no logró producir el daño deseado, sí arrojó resultados negativos para el país. Jugar como se hizo en el caso de la campaña de Flores con la unidad y los intereses de Centroamérica es un pésimo antecedente. Jugar como se hizo con los sentimientos patrióticos de un sector de la población que quiere ver a un salvadoreño en un cargo internacional importante, es peligroso. Lanzar a un candidato supuestamente representante de Centroamérica y andarlo promoviendo de capital en capital, sólo para sacrificarlo en beneficio de otro candidato más idóneo para representar los intereses de Estados Unidos, no construye confianza sino desconfianza y desunidad.

PS: Como El Faro espera que siempre cumplo con mi deber de crítico de medios, aquí una mención de honor a La Prensa Gráfica. En todo el contexto de la visita de Condoleezza Rice a El Salvador, la Prensa se llevó el premio: "Grupos de izquierda no prevén protestas para hoy" es el título, y el artículo comienza así: "El FMLN guarda silencio. Este partido no ha programado ninguna actividad ni ha organizado ningún pronunciamiento por la visita de la secretaria de estado de EUA, Condoleezza Rice."

Hasta ahora, todos sufrimos esta horrible limitación del periodismo noticioso de sólo poder cubrir lo que pasa. Hoy la Prensa rompe barreras y comienza a cubrir lo que no pasa. Pronto leeremos titulares como: "El Papa no piensa casarse" o "No hubo asesinato ninguno en Sonsonate" o talvez "En el 2006 no habrá alianza Arena-FMLN"... (Publicado en El Faro)

domingo, 24 de abril de 2005

Por suerte hay sorpresas

No creo en milagros, pero si en sorpresas. Creo en el cambio. Suficientes cosas que durante años hemos visto como inamovibles, sorprendentemente han cambiado. Viví mis años universitarios bajo la sombra del muro de Berlin. Soñamos las utopías más atrevidas, como la del hombre nuevo, la paz mundial, la revolución cultural, la justicia social, pero nunca nos imaginábamos que el muro podía caer. En los últimos días, la historia me sigue sorprendiendo. Y sigue alimentando mi creencia en el cambio.

Un teólogo alemán con una trayectoria de 30 años de una lucha celosa para mantener la estructura arcaica y las doctrinas reaccionarias de la iglesia católica contra los vientos del cambio, al sólo ser electo Papa, comienza a dar señales de cambio. Hay quienes piensan que Joseph Ratzinger se convertirá en el reformador que todos estaban buscando entre los cardenales sin poder pero con larga trayectoria liberal o social. Lejos de ser vaticanólogo, me atrevo a decir que es más probable que este hombre, en vez de reestablecer la santa inquisición, entrará en la historia como Papa del cambio. Es que los cambios no surgen de los hombres, mucho menos de individuos, por más poderosos que sean. Los cambios surgen de necesidades. La iglesia católica no tiene futuro si no logra ponerse en sintonía con las necesidades de dos grandes mayorías: las mujeres y los pueblos emergentes del tercer mundo. Joseph Ratzinger, como prefecto para la puridad de la doctrina, luchó incansablemente contra la teología de liberación que quería vincular a la iglesia a las luchas por la justicia social. Como Papa, el mismo hombre se pondrá a la cabeza de un viraje de la iglesia católica hacía una posición muy crítica al capitalismo neoliberal. Cambios comparables se están anunciando en el campo político-partidario. Igual de sorprendentes. Y por casualidad (o tal vez no por casualidad), también provenientes de Alemania.

El presidente del Partido Socialdemócrata Alemán, Franz Muentefering, sorprendió a sus adversarios y compañeros, sobre todos los que están sentados en el gabinete de ministros del también socialdemócrata Gerhard Schroeder, con un discurso contra "el capitalismo salvaje" de las empresas multinacionales y de los bancos internacionales. No es un discurso populista dentro de una campaña electoral. Es un discurso serio, bien fundamentado, en un foro del partido que trabaja para renovar la plataforma de principios del partido. El Partido Socialdemócrata Alemán vuelve a una posición crítica al capitalismo, a las dirigencias empresariales, y exige "un estado fuerte capaz de intervenir en favor de la justicia social". Primera sorpresa, porque la política de los socialdemócratas alemanas ha sido, en los últimos 10 años, la aplicación de las reformas neoliberales. Con un argumento que iba así: Las reformas amargas al estado del bienestar son inevitables. Mejor las hacemos nosotros, con sentido de justicia social, que la derecha que lo haría con venganza.

Segunda sorpresa: el partido, casi en su totalidad, aplaude el viraje y lo lleva a las plazas públicas en su campaña electoral. Algunos periódicos se asustan: "Vuelve la lucha de clases..."
La tercera y más grande sorpresa se lleva la presidente del Partido Demócrata Cristiano, Angela Merkel, cuando ataca a los socialdemócratas por su renovada crítica al capitalismo: una buena cantidad de dirigentes democratacristianos salen en defensa de su adversario y reclaman un regreso del partido democratacristiano a sus raíces socialcristianos y anticapitalistas con los cuales nació en los años de posguerra y de la fundación de Economía Social de Mercado. Un ex-ministro de asuntos sociales, un ex-secretario general del partido y el probable futuro jefe de gobierno en el estado federal más grande e importante de Alemania se unen a la crítica anticapitalista de los socialdemócratas. Heiner Geissler, ex-secretario general del partido democratacristiano dice: "El capitalismo es tan equivocado como el comunismo. Pero la ideología dominante hoy es el capitalismo anarquista." Y hablando de los bancos multinacionales, el dirigente democratacristiano dice: "Estas empresas operan con la misma libertad que la mafia, el narcotráfico, el terrorismo..."

Con casi los mismos términos, sólo de manera más radical que su contrincante socialdemócrata, Geissler exige lo mismo: un estado fuerte, una política social del estado, un mercado regulado y ordenado...

¿Milagro? ¿Conversión? ¿Traición? Nada de eso. Es la fuerza de la razón. Es el cambio producido por la necesidad. Socialdemócratas y democratacristianos llegando a las mismas conclusiones, porque las recetas anteriores adaptadas por los dos partidos, no dieron resultados y sólo abrieron paso a un poder aun más grande y menos controlado del capital financiero internacional.

En El Salvador leo documentos de Fusades predicando la necesidad de una política del estado en el área social. Escucho a representantes de organismos norteamericanos como la AID y otros controlados por Washington como el BID o el Banco Mundial hablando en idiomas no tan diferentes a Joseph Ratzinger cuando habla de equidad o a los socialdemócratas y democratacristianos alemanes cuando hablan de la necesidad de tener un estado que no es instrumento del capital...

Escucho a miembros del gabinete de gobierno de ARENA hablando del rol subsidiario del estado. Escucho a gente seria hablando de la necesidad de crear una fuerza socialdemócrata y otros hablando de reconstruir a la democracia cristiana, con toda su trayectoria de fuerza de cambia social.

Otra vez me pregunto: Si no son milagros, entonces, ¿qué diablos está pasando? No puede haber una gran conspiración que pone al Santo Papa, a los socialdemócratas, a los demócratas cristianos y hasta al presidente de El Salvador y del partido ARENA a hablar de lo mismo, en casi los mismos términos.

Otra vez digo: las necesidades se están imponiendo. No hay manera de seguir sin una política de estado que asuma la responsabilidad de ordenar y, cuando sea necesario, corregir al mercado. Ni en Alemania, ni en El Salvador.

Falta ver las prácticas. Falta ver quien usa el discurso del cambio y de la responsabilidad social de manera populista. Falta ver quienes toman en serio su nuevo discurso. Y a lo mejor, al final nos llevamos otras sorpresas. (Publicado en El Faro)

lunes, 11 de abril de 2005

Misión Imposible

Me desvelé para ver en televisión el funeral del Papa en Roma. Vi llegar a los reyes, los jerarcas, los presidentes. Escuché la homilía del Cardenal Ratzinger. En algún momento, entre las 4 y las 5 de la mañana, me dormí en el sillón. Me desperté a las 6, me bañé, y salí de la casa para comprar los periódicos. Caminando por la calle pensé: En estos precisos momentos tiene lugar en Roma, en cripta de la basílica San Pedro, el entierro final de Karol Wojtila.

Compré los dos matutinos y comienzo a dudar de mis ojos: "Despide el mundo al Papa. Esta madrugada fue enterrado," reza la portada de El Diario de Hoy del viernes 8 de abril. Confundido chequeo mi reloj: son las 6 con 20 minutos. Acabo de ver la misa en Roma en transmisión directa desde Roma. A continuación iban a trasladar a los restos del Papa a la cripta para sepultarlo en ceremonia privada. Después, chequeando los cables de las agencias internacionales, me daría cuenta que el entierro en la cripta tuvo lugar a las 2.20 p.m. hora de Roma que equivale a las 6.20 a.m. en San Salvador, momento preciso que yo tuve en mis manos un periódico que reportaba este hecho histórico.

Abro La Prensa Gráfica y leo, en página 2 el inicio del reportaje firmado por José Luis Sanz: "Juan Pablo II yace bajo tierra... "Sigue el relato de la ceremonia que acaba de ver en vivo en televisión, incluyendo la parte del entierro que no fue transmitida y que supuestamente estaba concluyendo en estos segundos. A la par, en página 3, La Prensa Gráfica reproduce una infografía bajo el siguiente texto: "Bajo Tierra. Desde hace apenas unas horas, el cuerpo de Juan Pablo II yace enterrado en el mismo lugar..."Y el otro enviado especial que tenemos en el Vaticano, Eric Lemus, escribe en El Diario de Hoy (misma fecha viernes 8): "El Papa Juan Pablo II fue sepultado esta madrugada en las grutas de la Basílica de San Pedro (...) Al final de la misa, el féretro que contenía los restos mortales del Sumo Pontífice fue llevado en procesión hacia la cripta vaticana (...) Los asistentes comenzaron a retirarse cabizbajos y en silencio..."

Esto último, la retirada de los asistentes a la misa, calculo que debe haber tenido lugar más o menos a las 4 a.m. hora salvadoreña. En este momento ya tiene que haber salido de la rotativa el periódico que estoy leyendo a las 6:20 a.m. Calculo que el último momento en que el periódico puede haber recibido los últimos detalles por parte de su enviado especial ha sido las 10 a.m. en Roma (2 a.m. en San Salvador): a esta hora apenas comenzaron las ceremonias funerales que iban a durar 4 horas y 20 minutos.No hay duda, o los enviados especiales de nuestros matutinos, o los editores de cierre aquí en El Salvador, nos mintieron: en vez de escribir lo que presenciaban, pusieron en los reportajes lo que en el programa oficial del Vaticano estaba anunciado que iba a pasar, confiando en que no pudo haber cambios o fallas en los rituales del Vaticano. Tuvieron suerte y en Roma no pasó nada imprevisto. ¿Y si hubiera pasado algo en los últimos minutos, justo cuando las rotativas de El Diario de Hoy y de La Prensa Gráfica ya estaban imprimiendo la historia que tuvo lugar en estos momentos? ¿Si hubiera pasado un atentado o si se hubiera desmayado George Bush?

Reportar lo que en el momento de imprimir el periódico ni siquiera ha tenido lugar es una falacia. Nadie exige a los periódicos lo imposible que es competir con la cobertura instantánea de los medios electrónicos (radio, televisión, internet).

Esta tontería ilustra hasta que grado un evento histórico como la muerte del Papa induce a nuestros periódicos a medidas irracionales de mercadeo y de venta. Cuando piensan que algo es bueno para vender, les vale un pepino la ética periodística e incluso el respeto a la dignidad de la persona. Ni siquiera cuando se trata del Santo Papa.Comencemos con aquellas fotos horribles que publicaron en Semana Santa: el Papa en la ventana de San Pedro, queriendo y no pudiendo hablar, su cara marcada de dolor, impotencia, agonía. Para mi criterio, publicar gustosamente, en ampliación, fotos que demuestran de esta manera la agonía de un hombre luchando contra la muerte, es imperdonable. Nadie permitiría la explotación comercial de una foto de un familiar en agonía. El hecho que el hombre es una figura pública, tampoco no justifica este abuso. El hecho que se trata del Papa -su Santidad Juan Pablo II para los católicos- mucho menos. No hay ninguna necesidad del público de conocer tan de cerca la agonía de un hombre. Es más: a partir de la morbosa publicación de estas fotos en El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica, todos los sermones que leo en estos periódicos sobre el legado del Santo Papa, para mi adquieren un tono cínico e hipócrita.

Después los enviados especiales. Las agencias mandan tanto material desde Roma que nuestros periódicos no tienen capacidad de procesar, ordenar y editar la información. Todos los días publican entre una hasta dos docenas de páginas sobre la muerte del Papa, llenas de repeticiones y contradicciones. Información y análisis muy relevante a la par de un despliegue desordenado de detalles insignificantes o no interpretados. El típico ejemplo de que muchas veces, menos sería más; y más es menos.

Y encima de todo este flujo permanente de información que no saben manejar, mandan enviados especiales. No es que yo le envidio a mi amigo José Luis Sanz la oportunidad de pasar un mes en Roma (bueno, un poco, para ser honesto). Cualquiera estaría feliz con esta oportunidad. Lo que definitivamente no le envidio a Sanz y Lemus es la tarea de escribir diaria y seriamente desde el Vaticano sobre la muerte del Papa y la elección del nuevo Papa, como parte de un contingente de 3,500 periodistas de todo el mundo. Misión imposible. Lo que queda mostrado, día a día, en las páginas de nuestros matutinos. Los pobres enviados especiales no pueden producir más que notas de color. Igual que Carlos Dada, cuando La Prensa Gráfica lo mandó a Irak, no pudo producir mucho más que notas de sentido humano sobre los soldados cuzcatlecos perdidos en un país, una cultura y una guerra donde nada tenían que hacer.

Hay eventos internacionales que requieren que se manden enviados especiales. Lo de Irak era uno, pero lo aprovecharon mal limitando la misión de Carlos Dada a acompañar al Batallón Cuzcatlán. No le dieron recursos ni permiso para informar sobre Irak, la ocupación y la resistencia. Ni siquiera le dieron chance a investigar si había tareas de reconstrucción a cumplir por los salvadoreños.

Lo del Papa no es un evento que merece mandar a un enviado especial, a menos que el periódico quiera tener a alguien en el Vaticano en caso que la suerte le regale una señora de Santa Tecla que se desmaye frente al féretro del Santo Papa, o que una muchacha encinta de Olocuilta se emocione tanto que de luz en la mera Plaza de San Pedro. Lo importante de todas formas será inaccesible para 3,450 de los 3,500 enviados especiales. Habrá unos cuantos, con relaciones que han cultivado durante años, que tendrán acceso a uno que otro cardenal para que off the record le expliquen el juego de poder, el balance de tendencias teológicas y políticas en el Vaticano a la hora de elegir al nuevo Papa. Los reportajes o análisis de estos pocos serán difundidos por los periódicos grandes del mundo o por las agencias. A los periódicos salvadoreños les llegarán vía agencias o internet, pero jamás vía sus enviados especiales.

Mantener enviados especiales en el Vaticano puede corresponder a estrategias de marketing, pero no a concepciones periodísticas. De todas formas, les deseo que la pasen bien en Roma. Vacaciones no son, porque andar en medio de 3,500 periodistas tiene que ser tortuoso. Pero algo de Italia y Roma podrán gozar. Talvez después nos regalen reportajes lindos sobre las nuevas tendencias de la cocina italiana o sobre el efecto de la primavera sobre el comportamiento de las mujeres en Roma.

Ojalá que, a pesar del mal antecedente que los periódicos sentaron con su cobertura desde el Vaticano, sigan mandando a reporteros a cubrir eventos internacionales cuando estos lo merezcan. Me gustaría leer, en algún momento, reportajes de un corresponsal salvadoreño que viaje a Palestina e Israel para observar los obstáculos y avances del proceso de paz; o a Sudáfrica para comparar el proceso de reconciliación en el país de Mandela con la experiencia nuestra. Me gustaría que los periódicos salvadoreños tengan un periodista experimentado que dirija una oficina en Washington. Espero leer reportajes de enviados especiales sobre la revolución educativa en varios países asiáticos. Etcétera, etcétera, hay tanto que descubrir. Pero que no manden a nuestros mejores periodistas a donde sólo se pueden hacer los ridículos con notas insignificantes (como las de color que mandaron durante una semana) y medio fabricadas (como las del entierro).
(Publicado en El Faro)

lunes, 21 de marzo de 2005

25 años

Los que nacieron después del asesinato de Oscar Arnulfo Romero, ya cumplirán 25 años. La edad que yo tenía en 1968-69 cuando yo -y casi mi generación entera- pasamos del cuestionamiento a la rebelión abierta contra la generación de nuestros padres, o sea contra la generación alemana responsable de la segunda guerra mundial, del holocausto, del nazismo.

Cuando colapsó el Tercer Reich de Hitler, apenas tenía 6 meses de edad. Suerte mía, no tuve porque sentirme culpable del genocidio cometido a nombre de mi pueblo. A los 25 años lo que sentí era rabia, vergüenza y odio al ver que mi padre, mis tíos, mis profesores, nuestros diputados, alcaldes, jueces, fiscales y dirigentes empresariales no se enfrentaban a su responsabilidad, que se negaban a hablar de su papel en los años de la dictadura y del genocidio, y que siguieron en sus carreras como si nada hubiera pasado.

Esta rabia fue el combustible para nuestras violentas manifestaciones contra el autoritarismo, contra el militarismo, contra el racismo donde los encontramos (y a veces donde los imaginábamos): en nuestras escuelas y universidades, en las fábricas, en el sistema de justicia, en la policía, en la complicidad de nuestro gobierno con regímenes como el del Shah en Irán o el apartheid en Sudáfrica, y con la guerra contra Vietnam.

Esta rabia de la juventud ante una generación de padres que se rehusó a enfrentar el pasado, fue el motor del movimiento antiautoritario, de la izquierda radicaldemocrática del 1968.
Miles de jóvenes de 25 años nos convertimos en revolucionarios con 25 años, al darnos cuenta que nuestros padres no estaban dispuestos a producir la ruptura moral, intelectual y filosófica con su pasado. Rompieron con el nazismo, pero no con el autoritarismo. Rompieron con el antisemitismo, pero no con el racismo. Nos tocó a nosotros esa ruptura, y la hicimos de la única manera que a esta altura de nuestra vida y de nuestra historia pudimos: con la radicalidad, la prepotencia, la intransigencia de la juventud; con violencia, desechando todo lo que nos olía a reaccionario, a autoridad, a nacionalista.

No nos quedó otra. Nuestros padres, después de los abusos nacionalistas de los cuales habían sido protagonistas o cómplices pasivos, no hicieron nada para redefinir los conceptos de nación y de autoridad. Desde la edad de 15 cuando empezamos a preguntar y cuestionar, hasta la edad de 25 que comenzamos a rebelarnos, pasamos 10 años topando contra murallas de amnesia e inercia colectivas. Nuestros padres no querían hablar de Auschwitz. Si eran de izquierda, hablaban de los pecados de Hitler, pero se callaron cuando les preguntamos sobre el pacto entre Hitler y Stalin que dio luz verde a la ocupación de Polonia y la construcción del campo de concentración de Auschwitz.

Nuestros profesores -como buenos servidores del estado- nos predicaban la filosofía de la nueva república supuestamente democrática: el holocausto fue obra de un grupo de locos y/o criminales, pero que ya habían sido enjuiciados por el tribunal internacional de Nurnberg; los demás alemanes no hicimos otra cosa que cumplir órdenes.

Es esta precisamente la justificación más peligrosa: en vez de erradicar el autoritarismo -y la otra cara de la moneda: la obediencia ciega a la autoridad- como fundamento de de la dictadura y del genocidio, nuestros padres lo cimentaron, reafirmaron su validez con este argumento cobarde de sólo haber cumplido órdenes. Nos querían dejar en herencia una Alemania autoritaria, aunque "depurada" de excesos dictatoriales; y su orgullo nacional, aunque depurado de los sueños de superioridad racial.

No aceptamos tal herencia. Exigimos la ruptura y la produjimos. Una ruptura profunda, no una "depuración". Una ruptura radical, no a medias tintas. Y básicamente la logramos. La Alemania democrática de hoy no nació en 1945 cuando cayó el régimen de Hitler. Nació en 1968 cuando comenzó la rebelión radical de una generación nueva contra el olvido. Y contra la permanencia del autoritarismo en nuestra sociedad y de los autoritarios en el estado.

Pagamos un precio alto. Para hacer caer el autoritarismo, nos rebelamos contra cualquier tipo de autoridad. Todavía me da pena cómo yo personalmente ataqué a mi mentor académico y literario, Walter Hoellerer, cuando iniciamos la revolución contra la universidad reaccionaria, elitista y autoritaria. Confundimos su liderazgo y su autoridad como persona, como escritor y como educador con autoritarismo, su brillantez con elitismo. Hoy tengo claro que muchas de las críticas que nunca me atreví hacerlas cara a cara a mi padre, las hice a mi maestro. Maté al padre que no era. Nunca pude reparar el daño ofreciéndole disculpas a este hombre del cual aprendí leer y escribir. Se murió antes de que yo hubiera tenido el valor de reconocer lo injusto de mi actitud intransigente radical.Pero los verdaderos culpables de esta injusticia no éramos nosotros los estudiantes radicales y armados de intransigencias. Eran los padres y maestros que durante décadas habían erguido esa enorme muralla de olvido, de mentira y de verdades a media para protegerse de la responsabilidad histórica, y para salvaguardar del fracaso desastroso del nazismo su principal capital filosófico y (in)moral: el autoritarismo. ¿Cómo íbamos a demoler esta muralla y destruir el autoritarismo, si no buldózer? Y con buldózer barrimos las universidades. La ruptura que necesitamos producir no era posible como intervención de cirugía, no luego de tanta demora y resistencia, sino sólo como acto revolucionario, con las consecuencias de injusticia y exceso que cada revolución conlleva.

¿La moraleja de tanta historia que cuento? ¿La moraleja para El Salvador, a 25 años del día que un francotirador a sueldo de una oligarquía autoritaria inició la campaña de exterminio a los opositores y con ello la guerra civil?

No estoy seguro. Ni siquiera estoy seguro si hay moraleja. Y si la hay, si yo soy el indicado a contarla. Para no caer en depresión quiero continuar creyendo que de la historia se puede sacar lecciones. Una que me atrevo a extraer de la historia nuestra en Alemania tal vez tiene validez para mi segunda patria, El Salvador: si la generación de los protagonistas de los capítulos oscuros de la historia no está dispuesta o capaz de enfrentar las respectivas responsabilidades, negligencias, ignorancia (o sea cual sea que fuera el papel de cada uno), la siguiente generación lo haría con mas radicalidad, más violencia, sin misericordia, sin consideraciones.

Si en El Salvador seguimos reflexionando con evasión en vez de verdad y con mitología en vez de análisis histórico sobre la guerra, la represión y sobre los casos emblemáticos como el de monseñor Romero, los padres jesuitas, El Mozote, pero también Ana Maria-Marcial y los cientos de compañeros y familiares de compañeros "ajusticiados" por las FPL en San Vicente, nuestros hijos nos van a rendir cuentas. Nos van a preguntar porque ellos, en vez de dedicarse a construir y desarrollar el país, se tienen que detener a limpiar la casa, sacar nuestros fantasmas y enterrar a los muertos que dejamos escondidos en el sótano. Nos van a apartar a todos, sin distinción de nuestro papel en esta historia, para hacer la limpieza.

Sé de qué estoy hablando. Con 25 años pasé por esto. Limpiamos la casa. Pagamos el precio: quedamos sin padres y maestros; o por lo menos, sin respeto a padres y maestros. No quiero que mi hijo se vea obligado a repetir esta parte de mi historia.

Coincido con lo que afirmó Héctor Lindo en una reciente entrevista en La Prensa Gráfica, que el lugar común que reza que hay que recordar la historia para no tener que repetirla es una falacia; que recordar no protege de nada; que todo depende de cómo procesamos nuestra historia. Los que no quieren recordar nada cometen la misma falacia que los otros que confunden memoria con la permanente repetición de mitos y medias verdades.

Luego de 25 años, es tiempo para enfrentar, cada uno lo que le toque.
(Publicado en El Faro)

lunes, 14 de marzo de 2005

Vienen tiempos duros

El 4 de febrero de este año, la periodista italiana Giuliana Sgrena, es secuestrada en Iraq, por un comando que exige la salida de las tropas italianas. Una de estas cosas absurdas de la guerra absurda en Iraq, porque Giuliana Sgrena y su periódico Il Manifesto son elocuentes opositores a la participación italiana en la ocupación del Iraq.

En Italia, se forma un movimiento masivo que exige al gobierno de Berlusconi, aliado de George Bush, negociar la liberación de Giuliana Sgrena y retirar las tropas italianas de Iraq. El movimiento es tan fuerte que el gobierno italiano, en contra de la oposición de Washington que no quiere permitir ningunas negociaciones con la resistencia iraquí, abre canales de negociación. Berlusconi se compromete a hacer lo necesario para conseguir la liberación de la popular periodista, pero se niega a considerar el retiro de sus tropas.

Entran en acción los mecanismos oscuros de los servicios secretos, con un hombre clavo: Nicola Calipari. No conocemos los detalles de las gestiones de este agente secreto. Pero sabemos que el 4 de marzo, a un mes del secuestro, Nicola Calipari y otro agente del servicio secreto italiano se desplazan a un lugar secreto en Iraq para recibir, de las manos de sus secuestradores, a Giuliana Sgrena, para llevarla al aeropuerto de Bagdad, a la libertad, a su casa.

A menos de un kilómetro del aeropuerto, unidades norteamericanas abren fuego al vehículo de los italianos, el agente secreto Nicola Calipari muere cubriendo el cuerpo de la periodista del periódico izquierdista Il Manifesto, Giuliana y el otro agente son heridos y trasladados a un hospital militar norteamericano en Bagdad y luego a Italia.

Al llegar a su país, Giuliana Sgrena declara que el incidente fatal no fue accidente, sino emboscada; que el vehículo iba a baja velocidad, que los militares norteamericanos abrieren fuego no para parar el vehículo sino, para matarla a ella y a los dos agentes italianos que la habían rescatado.

Yo iba a escribir sobre la doble ironía de esta historia: primero que una de las periodistas más identificadas con la oposición a la guerra norteamericana en Iraq y a la participación de Italia en la ocupación sea secuestrada para exigir el retiro de los italianos de Iraq. Segundo, que un agente secreto, bajo órdenes del gobierno derechista de Berlusconi, pierda su vida salvándole la vida a una reportera de Il Manifesto, decano de aquellos periódicos de izquierda surgidos en varios países europeos en el contexto de los movimientos estudiantiles, anti autoritarios y anti imperialistas de los años 70. El colmo de la ironía: es la izquierda italiana que exige al gobierno esclarecer las circunstancias de la muerte de uno de sus agentes secretos.

Me parecía interesante escribir sobre todo esto y sobre la retirada de los periodistas internacionales de Iraq. Investigando la historia me encontré con un artículo que Loris Campetti, uno de los redactores en jefe de Il Manifesto, publicó en el semanario alemán Die Zeit, para el cual también reportaba Giuliana Sgrena desde Iraq.

Prefiero traducir y publicar este artículo en vez de opinar yo, desde el otro lado del mundo.

VIENEN TIEMPOS DUROS
de Loris Campetti, Il Manifesto

Un mes pasó Giuliana Sgrena en manos de sus secuestradores. Este mes no cambió el mundo, pero sin duda nuestro periódico Il Manifesto sí.

El 4 de febrero, el grito que estremece nuestra sala de redacción: "¡Secuestraron a Giuliana!" El 4 de marzo, la noticia de su liberación. La pudimos celebrar por media hora. Luego nos enteramos del acontecimiento trágico: Giuliana está en el hospital, herida del hombro y del pulmón. Nicola Calipari, el hombre de los servicios secretos italianos que dos veces salvó a Giuliana, ya no existe. Murió bajo lo que los militares llaman "friendly fire", fuego amigo. ¿Amigo de quién?

Ahora hay muchos en Italia que responsabilizan a Giuliana e Il Manifesto de lo que pasó en la carretera entre Bagdad y el aeropuerto. ¿Qué oficio tenía Giuliana de andar en Iraq? ¿Y por qué no se quedó, como los demás, en el hotel, para esperar los partes de guerra como hoy lo hacen la mayoría de reporteros de guerra? ¿Y qué tenía que hacer en Faluja, visitando a los desplazados?
Los periódicos que apoyan la presencia de tropas italianas en Iraq van más allá: Fue el gobierno de Berlusconi que salvó a Giuliana, y ahora ella y su periódico quieren destruir las relaciones entre nuestro gobierno y Washington... Y hay quienes entre líneas critican la decisión política del gobierno de negociar con los secuestradores en vez de coordinar con los norteamericanos el empleo de tropas de comando. Vienen tiempos duros para Giuliana y para Il Manifesto, sin duda.
Queda la experiencia de un mes lleno de trabajo de nuestra pequeña redacción, trabajo terrible y maravilloso a la vez. Un periódico pequeño, de izquierda y pobre como el nuestro, de repente es objeto del escrutinio de otros medios. De relatores de información de repente nos vemos convertidos en sujetos de noticia, de entrevistadores en entrevistados. (...)

Cada día nuestras oficinas se llenaron de visitantes, cada día hubo muestras de solidaridad. Llegaron representantes de todos los partidos, de derecha como de izquierda. Todos dijeron: ¡Salvemos a Giuliana! Llegaron lectores, amigos, representantes de las comunidades musulmanas en Italia, iraquíes, católicos; el Papa apeló a los secuestradores. También llegaron representantes de los movimientos que habían ido a la calle para protestar contra la decisión de Berlusconi de mandar tropas italianas a Iraq. Preguntaron: ¿Y ahora, qué hacemos? ¿Podemos seguir exigiendo la retirada de las tropas de Iraq, o dañaríamos con esto las negociaciones?
Tuvimos que explicar a todos quién es Giuliana. Es una testigo que informa sobe las víctimas de la guerra. Una periodista que toma partido, que conoce un solo lado: el lado de los civiles, contra las bombas y contra las cochebombas.

Así nació entre miles de iniciativas la idea de ir a la calle para exigir dos cosas: la liberación de todos los secuestrados, y la liberación del pueblo iraquí que también es prisionero, de la guerra de la ocupación. Al fin llegaron 50 mil, sin gran organización, sin gran preparación. (...)
Un hombre nos ayudó. Un hombre del servicio secreto italiano, un agente, un servidor del Estado, para usar un término que no nos gusta. Nicola Calipari. En él descubrimos a un amigo en un mundo que nos es extraño. Apenas lo conocimos, lo perdimos. Este amigo contribuyó por lo menos la mitad a la liberación de Giuliana, la otra la pusieron los italianos que se negaron a quedarse en sus casas y callados; los italianos que fueron a la calle.

Este amigo, Nicola, le salvó la vida a Giuliana dos veces. Lo lloramos porque con él mataron a uno de nosotros.

Y nuestro periódico, después de este mes, nunca será el mismo.
....
No tengo mucho que añadir. Sólo reiterar el respeto para esta periodista que, durante el ataque norteamericana a Iraq, se quedó en Bagdad esperando a las bombas, los escuadrones de la muerte y los invasores. Que mientras los medios grandes del mundo reportaron desde adentro de las columnas gringas, nos regaló el famoso Diario desde Bagdad, un diario sobre la vida cotidiana de los civiles bajo bombas, entre fuegos.

No la conozco pero me la puedo imaginar, porque he conocido periodistas como ella aquí en El Salvador. A Nicola Calipari, el agente secreto que murió para salvar a Giuliana, es más difícil imaginárselo. Es una figura nueva, perteneciente a un mundo diferente al que conocemos de campos bien definidos y siempre opuestos. Como dice Loris Campetti: apenas lo conocimos ya lo perdimos... (Publicado en El Faro)