lunes, 30 de enero de 2006

Sobre liderazgo. Un epílogo a Schafik Hándal

Dicen que murió “el último líder histórico de la izquierda”. No sé quién era el primero ni quién era el segundo ni cuántos ha habido. Tampoco me puedo imaginar quién otorga el título “histórico”. Por más que intento, no veo por qué con la muerte de un líder –aunque tenga la importancia política y el valor humano de Schafik Hándal- se termina la historia de la izquierda y de su liderazgo. Hubo otos líderes, hay otros, habrá otros. Por más grande que sea el vacío que deja Schafik, se llenará. En política no perduran los vacíos.

Que nadie me entienda mal: No pongo en duda la importancia de Schafik como dirigente. Sobre todo en la concepción, la negociación y ejecución de los Acuerdos de Paz, Schafik Hándal jugó un papel determinante. Perdurará en la historia de su país principalmente como hombre de la paz, no como guerrero.

Cuestionar el lugar común que tanto he escuchado y leído en estos días del “líder histórico de la izquierda salvadoreña” no significa, para nada, negar el enorme vacío que su muerte está dejando. ¿Pero vacío adónde? Obviamente en su partido, cuyo serio problema de liderazgo se va a agudizar sin la imagen paterna de Schafik. La actual dirección formal actuaba con la autoridad prestada de Schafik y no podrá sobrevivir sin él. Comparten su línea, pero no tienen su capacidad de negociación ni su capacidad de integración. Schafik, a pesar de su imagen pública de hombre agresivo, intolerante y ortodoxo cerrado, era el gran negociador del FMLN – interna y externamente. Sin él, es difícil imaginar que en la actual –y mucho menos en la futura- dirección del FMLN reine el grado mínimo de tolerancia y comprensión para facilitar que los no comunistas en el partido puedan coexistir con los comunistas.

Schafik no era el líder del FMLN histórico. La fuerza de este frente residía precisamente en que no permitía liderazgos únicos. Después de la guerra se convirtió en el líder indiscutible del FMLN, porque el partido dejó de ser el frente pluralista que durante la guerra cobijaba a todas las tendencias de la izquierda. Se convirtió en el líder máximo del FMLN porque los demás se fueron.

Personalmente me causa tristeza la muerte de un hombre con el cual era un placer conversar y discutir. Incluso disentir. La capacidad conversativa de Schafik no era sólo prueba de su memoria envidiable y de su cultura refinada, sino sobre todo de su tolerancia y su comprensión. Y de su humor. No hay tolerancia sin humor. No hay humor sin tolerancia – y Schafik tenía ambos. Por mucho que yo he criticado públicamente las posiciones y actuaciones políticas de Schafik –sobre todo frente a la democracia y el pluralismo dentro de la izquierda-, nunca me retiró al amistad. Schafik Hándal –me consta desde que lo conocí de cerca durante los meses que en plena guerra convivimos en Morazán- era un hombre mucho más tolerante, más flexible, mucho más abierto al diálogo y la conciliación de ideas que su imagen que él mismo, su partido y sus adversarios se han propuesto proyectar.

¿Qué vacío deja la muerte de Schafik en la izquierda? Ninguno, creo. En su partido sí, en la izquierda no. No veo los aportes que en los últimos 10 años Schafik haya dado para la construcción de una izquierda pluralista, amplia con ideario, formas de organización y alianzas adecuadas para gobernar el país, resolver sus problemas estructurales e insertarlo en el mundo globalizado. Por lo contrario, Schafik ha sido obstáculo para esta construcción. No por incapacidad –era precisamente el negociador, el integrador que podía enfrentar este reto- sino porque simplemente no estaba en su agenda. Schafik estaba trabajando –con mucho éxito- para la construcción de otro tipo de izquierda, la que tenemos a la vista en el actual FMLN: un partido excluyente, un partido de cuadros con una militancia casi paramilitar en permanente movilización. No para gobernar, más bien para no dejar gobernar.

Entonces, ¿qué pérdida significa la muerte de Schafik para el país? La ausencia de un dirigente –dentro del sistema de polarización- con el cual las demás fuerzas y poderes podían negociar y establecer reglas de juego. ¿O alguien piensa que el sistema de confrontación y polarización que caracteriza al actual sistema político salvadoreño no tenga reglas? Las tiene y Schafik fue instrumental para ellas. La ausencia de un dirigente con suficiente autoridad en su propio partido para crear polarización, pero al mismo tiempo para evitar que esta polarización llegue a realmente paralizar e inviabilizar al sistema. Me temo que los que terminarán asumiendo el control del FMLN después de las elecciones de marzo no tendrán esta autoridad y capacidad – y pero esto serán peligrosos. Pueden tener el mismo ideario, el mismo discurso que Schafik, pero no tendrán su capacidad y disposición de pragmáticamente flexibilizar cuando es necesario.
Tampoco tienen su humor. Imposible no querer a un hombre con este humor y esta jodaria que tenía Schafik. Imposible odiarlo. Criticar, sí. Enfrentar, sí. Separarse de él políticamente, sí. Pero no odiar. Me imagino que la muy profunda y masiva reacción popular ante la muerte de Schafik Hándal –por lo menos en parte- se debe a que la gente siente que ahí murió un hombre de la paz. Por mucho que los militantes radicalizados griten consignas muy bélicas como “¡Hasta la victoria siempre!” y “¡La lucha continúa!”, están despidiendo a un hombre que ha aportado mucho menos a la guerra insurgente que ellos piensan y mucho más a la paz imperfecta, pero preciosa que se imaginan.

Para regresar al punto de partida de esta reflexión: ¿Murió con Schafik Hándal el líder histórico de la izquierda? No. Por suerte, no hubo ni hay, ni habrá un líder indiscutible de “la izquierda”. Hay un liderazgo y por cierto es débil. Pero es preferible un liderazgo plural débil que un líder histórico fuerte.

Murió el líder histórico del partido FMLN de la posguerra. El liderazgo de este partido será mucho más débil sin Schafik Handal. Esto es resultado no sólo de la grandeza del líder difunto sino más bien de su forma de hacer política y partido. Si uno sofoca el debate interno, la discusión de ideas, la crítica dentro de su partido o movimiento, uno está impidiendo el desarrollo de liderazgo. Sin debate, discusión y pluralidad de ideas pueden nacer cuadros de dirección pero no líderes.

Paradójicamente, con Schafik murió el único que hubiera podido corregir este error histórico del FMLN. El único que hubiera podido evitar que el proceso de erosión y de conversión del FMLN en Partido Comunista proceda. Botó la llave y se fue. Y el FMLN queda encerrado en su esquema.

Si todo esto es trágico para el país, no estoy seguro. Tal vez al país –y a la izquierda- le conviene que la crisis del FMLN toque fondo.
(Publicado en El Faro)

lunes, 16 de enero de 2006

Más de lo mismo

Me gustaría ver en El Salvador, en un futuro no tan lejano, partidos civiles. Los que tenemos ahora son –o por lo menos se comportan como si fueran- aparatos paramilitares. Sobre todo en tiempos electorales, en campaña – que es cuando los partidos realmente cobran vida. Los que estån actuando para pedir el voto (los candidatos, los funcionarios partidarios, los trabajadores de campaña) no se presentan como ciudadanos sino como militantes, lo que son dos cosas muy diferentes. Es una cosa que un ciudadano –un vecino, un colega, un conciudadano vestido de civil, quiere decir como siempre viste cuando va al trabajo o a la universidad, dependiendo de su estrato social o su profesión- te habla para pedir el voto; y es otra totalmente diferente que te habla un fulano uniformado, con camiseta, chaqueta, panuelo y gorra de su partido.
Actos partidarios, con miles de personas uniformadas, gritando las mismas consignas, cantando las mismas canciones, levantando al mismo comando los puños, lejos de inspirarme confianza me causa desconfianza, repudio, rechazo. Las multitudes uniformadas por definiciøn son excluyentes. Puede ser que a los participantes dan un sentido de pertenencia, pero para los que estamos afuera, a la ciudadanía, les da lo contrario: nos sentimos excluídos, amenazados, presionados. Hasta en los congresos de los partidos visten uniforme. El señor presidente de la república, empresarios, medicos, diputados, amas de casa, obreros, campesinos... todos disfrazados de manera uniforme.

De hecho, en el momento de uniformarse, las personas dejan de ser ciudadanos y civiles y se convierten en militantes, en paramilitares, en elementos de una masa cargada de sentimientos y odios colectivos.

Y así los vemos en todas partes, las manchas rojas, tricolores, azules, verdes, amarillas. En las visitas de casa en casa, que lejos de ser instrumentos de comunicación directa, consulta cívica o debate sincero, tienden a ser muestras de fuerza y mecanimos de intimidación y chantaje. En las nocturnas columnas que invaden colonias y vecindarios. Los partidos marcando terreno como cualquier otra mara, con los mismos mecanismos: pintas, grafitis, murales, presencia visible de fuerzas en la comunidad. Unos tatuados, otros identificados por colores. Las brigadas uniformadas que manchan carreteras, postes, puentes, pueblos enteros, expresión de la misma concepción.

Todo esto refleja el tipo de partidos que tenemos. Los partidos politicos salvadoreños no son expresiones de ciudadanos que soberanamente ejercen su derecho de asociarse libremente para asumir responabilidades y ejercer poder. Los partidos politicos salvadoreños son aparatos que ejercen control sobre los ciudadanos. No buscan asociar ciudadanos miembros que comparten intereses y quieren convertir el partido en un instrumento para cambiar la realidad. Más bien buscan militantes que se identifiquen con el partido supeditåndose a su dirección. En eso, no hay diferencia entre derecha e izquierda.

El miembro de un partido civil y el miltante de un partido paramilitar son dos personajes diferentes. El primero es parte de una cultura civil, es un ciudadano ejerciendo sus derechos y deberes. El segundo es parte de una cultura autoritaria y tendencialmente paramilitar. Uno es soberano, el otro es súbdito.

Arena y el Frente no buscan miembros, reclutan y forman militantes. No buscan ciudadanos autónomos, buscan activistas politicos dispuestos a uniformarse –en vestimiento y pensamiento- y actuar bajo disciplina paramilitar. Los demás partidos, incluyendo los que nacen en oposición a la polarización entre los dos bloques militantes, lamentablemente reproducen el mismo esquema: colores, uniformes, camisetas, banderas, consignas... A nadie se le ocurre formar un partido estrictamente civil, donde nadie viste colores, donde los ciudadanos no se uniforman.
Nadie se atreve a apostar a una cultura diametralmente opuesta a la que une a las dos fuerzas polarizantes, Arena y FMLN. Lo opuesto –y lo que el país necesita con urgencia- sería una fuerza política eminentemente civil, ciudadana, determinada por pluralidad en vez de uniformidad.

Los representantes de los partidos minoritarios y nacientes aparecen en televisión con chalecos de sus partidos, lo único que cambia es el color. La mentalidad es la misma. Algunos, como el doctor Héctor Dada, no logran disimular lo incómodo que se sienten vestidos de militantes, pero tampoco hacen el paso de romper con la cultura anticívica que prevalece. Hablan como ciudadanos, pero actúan como militantes.

Si queremos que el país avance en la construcción de ciudadanía, hay que construir otro tipo de partidos. Y hacer otro tipo de campañas electorales. De los partidos como son –aparatos para reclutar y dirigir a masas de militantes- no se puede esperar que hagan campañas de altura, debates sinceros, políticas participativas. Hay que cambiar los partidos – o sustituirlos por otros.
Arena da muestras de cambio. Pero sólo hace falta ir a un mítin arenero para darse cuenta que a la par de la tendencia al cambio hay una tendencia de preservar precisamente la forma antidemocrática –lo que yo llamo la forma paramilitar- de organizarse como partido y relacionarse con los ciudadanos. Yo puedo escuchar a un candidato arenero hablar de su programa y me puede parecer coherente, moderado, abierto. Pero de repente vienen las voces de comando, todo el mundo se levanta y empiezan a cantar el himno de los escuadroneros... y cualquiera entiende que esto partido sigue siendo autoritario, agresivo, cerrado, polarizante y potencialmente violento.

Y si el presidente de la República y del partido a Arena nuncia, con todo orgullo, que están por cumplir la meta de llegar a aglutinar a un millón de militantes partidarios, entonces la cosa se convierte en pesadilla. En un país con un padrón electoral de 4 millones, un partido con un millón de militantes, esto es imposible. El día que esto será realidad (que un partido, de derecha o de izquierda, disponga de un millón de militantes), habrá que buscar adónde exiliarse. La mentira expresa con qué están soñando: con un partido capaz de disciplinar y dirigir a toda la ciudadanía. Por mucho que están criticando a Cuba y Venezuela, los dirigentes areneros están soñando con un modelo igualmente autoritario.

Mucho cambio puede haber en Arena, en dirección de más pragmatismo, más apertura, más comprensión del rol del Estado, más política social – pero están tan lejos de convertirse en un partido de ciudadanos como lo está el FMLN.

Entonces, los partidos grandes no cambian su concepción de partido y militancia. Los pequeños se adaptan al mismo esquema. Los nuevos lo reproducen conciente o inconcientemente. Hace falta una ruptura.
(Publicado en El Faro)

lunes, 9 de enero de 2006

Toni for mayor

Cuando en marzo los habitantes de la capital vayan a elegir a su alcalde, la mayoría no escogerá entre los candidatos que están en la papeleta: Violeta Menjívar, Carlos Rivas Zamora, Rodrigo Contreras Teos o Rodrigo Samayoa. Ninguno de ellos llena los requisitos mínimos para ser alcalde de San Salvador. La mayoría votará por Elías Antonio Saca.
Después de la experiencia del 2003, cuando la mejor candidata –la única que cumplió con el requisito que mucha gente aplica a los candidatos a la alcaldía capitalina: de ser presidenciable, en la tradición de José Napoleón Duarte, Armando Calderón y Héctor Silva- fue derrotada por un hombre desconocido (para la mayoría; e incapaz para la minoría que lo conocía) como Carlos Rivas Zamora, Arena tomó la única decisión posible para ganar la batalla por San Salvador: convertirla en un referéndum sobre el presidente Saca.
Arena aprendió una lección de las debacles de sus candidatos estrellas Luís Cardenal y Evelin Jacir: En la cultura política tan dominada por posturas ideológicas del país y tan despersonalizada de la metrópolis San Salvador, los candidatos, sus valores humanos y capacidades profesionales valen poco.
Esto pone también en su justa dimensión el fenómeno Silva: Todos pensábamos que Héctor Silva había ganado la alcaldía dos veces. En realidad la había ganada el FMLN, y afuera del FMLN se apagó la estrella de Silva.
Si el FMLN ganó en 2003 con la consigna: No importa el candidato, importa el partido, hoy Arena aprendió la lección y postula: No importa el candidato, importa el presidente. E importa el poder fáctico del país. Por eso: Hagamos equipo, el team gerencial de la alcaldía, el presidente, y el poder fáctico de la empresa privada.
Es por eso que la campaña abierta para Rodrigo Samayoa es como si lo postularan no para alcalde sino para gerente de la alcaldía. El mensaje real de Arena es: No tenemos candidato aceptable, igual que los demás; tenemos a un buen gerente que no tiene liderazgo, no tiene carisma, no brilla, pero es un excelente administrador. Mejor que cualquiera de sus contrincantes. Del pequeño resto –de la dirección de la capital; de crear la energía capaz de parar e invertir el proceso de decadencia de la ciudad- se hará cargo el presidente de la República, con la ayuda de la empresa privada.
La batalla real por San Salvador es, entonces, entre el FMLN que dice: No importa que la candidata sea inexperta y que ni siquiera la quieren en su natal Chalatenango, el que va a gobernar es el partido; y Arena que dice: no importa que el candidato no tiene programa, no sabe debatir, la situación del municipio de San Salvador es tan grave que el presidente Saca lo va a intervenir, el gobierno central va a asumir la tarea de sanear la ciudad capital.
La batalla no es Violeta Menjívar contra Rodrigo Samayoa, sino el poder real del partido FMLN contra el poder real del presidente. Ganará el presidente.Si Arena hubiera apostado a contestar el reto del FMLN literalmente, compitiendo partido contra partido, el Frente gana. Pero Arena aprendió la lección y apostó ni al candidato ni al partido, sino al presidente.
Intervenir la capital no es una idea tan descabellada. Hay situaciones de crisis cuando el gobierno tiene que hacerlo. Sin embargo, tiene que ser resultado de un acuerdo nacional construido con mucha transparencia, no de una campaña electoral engañosa que lleva la intervención del ejecutivo central como mensaje sublime pero no directo.
Esto es uno de los problemas serios que veo en este proceso. El otro es aun más grave: La campaña de Arena lleva implícito un chantaje muy preocupante: Si votan por Arena, el gobierno va a hacer todo lo que esté en su poder para colaborar en la obra de rescatar, reordenar, sanear nuestra capital. O votan por otros y el gobierno va a dejar que San Salvador se siga pudriendo.Nadie lo dice así de explícito, pero todos lo entendemos. Eso es lo lindo y poderoso de los mensajes implícitos o sublimes. Todo el mundo los entiende, pero si alguien reclama, siempre se puede decir: Jamás dije tal cosa. ¿Cómo va a pensar eso?, ¡sería inconstitucional!
Sí. Es inconstitucional. El gobierno tiene la obligación de colaborar con los alcaldes que sean electos. Del partido que sea. Condicionar el apoyo del gobierno central dentro de una campaña electoral es chantaje. Chantaje al votante: Si no votas por mi partido, el gobierno no cumplirá con sus obligaciones.
Metiendo de esta manera al presidente –no como persona o como jefe del partido, lo que es perfectamente legítimo; sino como jefe del gobierno central- a su campaña municipal, Arena tiene casi asegurado el triunfo, pero el costo es un atropello más a la tan frágil institucionalidad del país. Meter al presidente –no como persona, como líder, como jefe del partido, lo que es perfectamente legítimo, sino como jefe del gobierno, con todos los recursos del ejecutivo- a la campaña por la alcaldía capitalina es un atentado a la institucionalidad de dos pilares de nuestro sistema estatal: gobierno municipal y gobierno central.
Todavía es tiempo para evitar este daño si los medios, los partidos, los tanques de pensamiento de la sociedad retoman esta problemática y la llevan a un debate serio, controversial y transparente. Es más, si esto se hace bien –creando un debate de altura sobre la relación, dentro del Estado, de los gobiernos municipales y el ejecutivo central- podrá resultar fortalecida la institucionalidad. Fortalecida, creando el antecedente que la sociedad haya rechazado el chantaje; haya hecho explícito y transparente lo implícito y subliminal de las campañas políticas.
No me entiendan mal: No estoy en contra de que el gobierno asuma su responsabilidad en la solución de la crisis capitalina. Ni siquiera estaría en contra de una intervención del gobierno central al municipio, siempre cuando sea resultado de un amplio y transparente acuerdo nacional. Porque yo sí creo que la crisis que vive la ciudad capital -en todos los sentidos- requiere soluciones que trasciendan las competencias establecidas entre los diferentes órganos niveles ejecutivos del Estado.
Tampoco estoy en contra de que Arena gobierne la ciudad capital. Para mí, la alternancia en el poder es necesaria. O dicho de otra manera: Los partidos tienen que acostumbrarse a pagar el costo político de malos gobiernos. En este sentido, para mi criterio, ni el FMLN de Violeta Menjívar ni el FDR de Carlos Rivas Zamora tienen derecho a seguir ocupando a la alcaldía de San Salvador.
También estoy convencido que Evelin Jacir hubiera sido una excelente alcaldesa, sobre todo por que su única posibilidad de llegar al palacio municipal hubiera sido la fuerza de su personalidad y de su plataforma, ya que su propio partido casi no la apoyó. La elección de Evelin hubiera sido un antecedente muy positivo que una persona con un programa puede vencer a los aparatos de los dos partidos mayoritarios.
Habiendo dicho que no estoy en contra de una mayor intervención del gobierno en el rescate de San Salvador, y que tampoco estoy en contra de que Arena tenga oportunidad de gobernar San Salvador y crear una mejor coordinación entre gobierno local y central, vuelvo a insistir: No se vale el chantaje. No se vale resolver un problema agravando otro en el campo de la institucionalidad del país. No hay nada que el país necesite con más urgencia que el fortalecimiento de sus instituciones.
Es importante que los ciudadanos lleguen a escoger a su alcalde entre los candidatos propuestos. Es esencial para la institucionalidad del país que cuando se convoque a elecciones de alcaldes, nadie las convierta en referéndum ni sobre la validez de un modelo de partido, como lo hace el FMLN, ni mucho menos en un referéndum sobre si queremos que el presidente Antonio Elías Saca, entre todas sus obligaciones, se convierta en el alcalde de San Salvador.
Aunque tengo que reconocer que entre los cuatro candidatos propuestos no hay alcalde aceptable. Pero eso es exclusiva responsabilidad. Quiero decir, la mala calidad de los candidatos que nos proponen, no es excusa sino el resultado lógico de las estrategias de los partidos.
(Publicado en El Faro)

lunes, 26 de diciembre de 2005

Carta a Santa

Querido Santa, quiero primero agradecerte el regalo anticipado que nos has hecho: un nuevo director de policía. Cuando yo reclamaba a mi mamá que había pedido a Santa una bicicleta y me apareció como regalo de navidad una enciclopedia, ella me dijo: “Hijo, Santa sabe mejor que nosotros lo que realmente necesitamos.” En aquel entonces, no me convenció mucho, pero hoy sé que tenía razón. No sólo con la enciclopedia (me sirvió bastante, la canjeé para conseguir la bicicleta), sino con lo de la sabiduría de quien conoce mejor que uno las necesidades reales.

Bueno, Santa, lo hiciste otra vez. A saber qué te pidieron los salvadoreños, pero vos dijiste: Lo que necesitan es alguien al cargo de la PNC que actúe. Hace unos pocos días hablé con un oficial de la PNC y me dijo que nunca había sentido tan baja la moral de los policías. Me habló del impacto fatal que tenía sobre la moral dos fenómenos: la corrupción en la dirección y la total ausencia de respuestas, por parte de la dirección, a la alta cuota de policías muertos. “Esto no hubiera pasado con Rodrigo”, me dijo. Sorpresa: No es arenero, es uno de los guerrilleros convertidos en jefes policiales. La cosa es que bajo el mando de Rodrigo Ávila nunca se sintió aislado, sintió que estaban combatiendo la delincuencia. En los últimos años –en la PNC bajo Mauricio Sandoval y, sobre todo, bajo Ricardo Meneses- él y muchos otros oficiales y agentes se sintieron aislados, impotentes, frustrados.

Qué bueno que tú también hayas visto esto, Santa. El nuevo director de policía es el mejor regalo que nos pudiste haber dado. Y el impacto ha sido inmediato: Ayer me encontré con una patrulla de la PNC, con estos agentes a pata que andan en el vecindario. Esta vez, siendo navidad, hubo oportunidad de platicar. Les pregunté como vieron el hecho de tener como nuevo director al viejo conocido Rodrigo Ávila. “Nos va a apoyar más”, dijo uno. “Sí, nos va a aumentar el sueldo”, dijo otro. “No jodás”, dijo el primero, el menos joven de la patrulla, “no estoy hablando del sueldo, estoy hablando de apoyo. Estoy hablando que nos va a devolver el orgullo de ser policía.”
Sacar a Ricardo Meneses no sólo del Castillo de la PNC, sino del país, me parece un piquete bastante bueno, Santa, pero si es cierto que vos escuchas lo que realmente piensa y necesita la gente, tenés que soltar algunos regalos más. Una golondrina no hace verano, y un buen hombre como director no hace buena policía, aunque así como la golondrina anuncia el verano puede anunciar una nueva tendencia.

Entonces, para que lo del nuevo director de la policía haga verano, Santa, te voy a pedir algunos regalos más, tal vez te ayuda en tu difícil tarea de entender lo que necesita la gente... y cumplirles.

Aquí, con toda humildad, la lista, Santa. Por favorcito,

• Que hagan una depuración radical dentro de la policía, pero incluyendo todos los niveles de jefatura.
• Que pongan a los cuadros más calificados al mando de las áreas estratégicas, independiente de lealtades políticas o religiosas.
• Regalale a la PNC un presupuesto adecuado, sobre todo para investigación, servicios científicos, inteligencia policial, medios de transporte, capacitación.
• Hacé que la policía se acerque más a las comunidades: menos rotación, más arraigo.
• Ponele a la par del nuevo director de policía a un nuevo fiscal general capaz, independiente y decidido a volver funcional el triángulo policía-fiscalía-cortes.
• Y, para cerrar la obra con brocha de oro: Que el partido gobernante deje de utilizar el tema del combate a la delincuencia para fines partidarios y electorales. (Deciles que no necesitan jugar con el miedo de la gente para ganar, Santa, tal vez a vos te hacen caso...) No más variaciones del Plan Mano Dura, más profesionalidad e institucionalidad en policía y fiscalía. Tal vez de esta manera se puede llegar a un acuerdo nacional de combate a la delincuencia, la de tatuaje como la de cuello limpiamente blanco.

Sé que es mucho pedir, pero Santa no puede permitir que su regalo anticipado –el nuevo director de policía- quede inútil, mal aprovechado, atado de las manos o mediatizado por otras instancias del gobierno que jalen para otro lado...

Entonces, estimado señor presidente Elías Antonio Saca, con todo respeto, por favor, no se quede a medias.

Atentamente,

Paolo
(Publicado en El Faro)

lunes, 19 de diciembre de 2005

La apuesta

Si tenemos un rubro de exportación y si además resulta que es el más importante, el único en crecimiento, entonces, nos tenemos que hacer la pregunta: ¿Cómo fomentamos esta exportación que nos hace viable nuestra economía y nuestra balanza comercial? Tenemos que hacer todo lo posible (y a lo mejor algo imposible también) para ver cómo exportamos más, a mejor precio. Tenemos que mejorar el producto, para que lo podamos exportar a mejores condiciones y obtener mejores precios.

Traducida esta lógica (que todo el mundo aplica a productos como café, tamales o zapatos) a la única cosa que El Salvador exporta exitosamente –mano de obra- esto significa: tratados internacionales con los países receptores de nuestra mano de obra para conseguir que puedan emigrar más gente, que ganen mejor, que tengan mejores condiciones de trabajo, de legalidad, de acceso a todos los servicios, incluso los que les sirven para seguirse capacitando y así cotizarse mejor. Y significa acá mejor educación, mejor preparación para los jóvenes, para exportar mano de obra más calificada o mejor pagada.

No entiendo por qué un planteamiento de este tipo es percibido como cínico, como utilitarista, como algo inmoral.

Todo el mundo sabe que la migración mantiene a flote la economía de El Salvador. Si, pero no es la migración como fenómeno antropológico la que nos mantiene a flote, es la inserción de salvadoreños en el mercado globalizado de trabajo, son los salarios que los emigrantes devengan en Estados Unidos y otros países.

Si todo el mundo sabe esto, ¿por qué nadie está dispuesto a decir: apostemos a ésto, pero en serio?

Dicen: Así es, pero no podemos apostar a ésto.

Los argumentos: No podemos exportar seres humanos. Nadie está planteando que exportemos personas. Nadie está hablando de esclavos. El producto que se vende –en las fincas de Santa Ana, en las fábricas de Soyapango, en las maquilas de Comalapa, o en Estados Unidos; ¿cuál es la diferencia?- no es la persona, es la mano de obra. La mano de obra se vende – eso se llama mercado de trabajo. Y no es inmoral, por lo contrario: vino a superar la esclavitud y abrir el paso a la libre organización de los trabajadores.

Otro argumento: No podemos fomentar la migración ilegal. Pues, mientras el Estado no garantice vías legales de migración, de hecho seguirá la migración ilegal, con todos los riesgos y costos que implica. No se trata de fomentarla. Hay que suavizar sus efectos y hay que paulatinamente legalizarla.

Es al revés: Mientras no apostemos a la migración como exportación de mano de obra, condenamos a la gente a la ilegalidad, a la no protección y al mal aprovechamiento de nuestro recurso humano.

Detrás de todo esto hay una diferencia en los objetivos. ¿Queremos que los salvadoreños tengan cada vez más acceso al mercado globalizado de trabajo, con todas las oportunidades que esto significa para los individuos, las familias y para el país? ¿O queremos que –aunque sea por arte de magia- la gente ya no tenga necesidad de emigrar para tener oportunidades?

¿Cuál de los dos mundos soñamos? ¿Un mundo donde cada uno queda en su familia, en su caserío, en su pueblo, en su país, sin necesidad de salir – o un mundo con cada vez menos fronteras para que la gente busque sus oportunidades en otras partes?

A mi no me gusta la visión idílica de un mundo sin migraciones. No me agrada. De todos modos no es realista, no es viable. Las migraciones son parte definitoria del proceso social, cultural y económico de los últimos siglos. Primero la gran migración del campo a las ciudades. Hoy la gran migración del tercer mundo al primero.

Lo que hay que erradicar es que la migración –mejor dicho la inserción en el mercado internacional de trabajo- sea forzada. Tiene que ser una opción – y a esta opción habría que apostar porque fomenta el desarrollo del país, como ilustra el informe del PNUD y también el debate en Encuentros (www.encuentrsoenelfaro.net). Pero debe haber también la opción de quedarse, deben crearse oportunidades a nivel nacional y local. Y nuevamente, el informe da pistas como esto puede ser resultado de un proceso de retroalimentación causado por la misma migración.

Y sobre todo hay que erradicar los efectos negativos. Pero nuevamente: La desintegración familiar no se supera diciendo a los hombres que se queden, aunque sea sin trabajo. Se supera conquistando para los salvadoreños que trabajan en Estados Unidos, ya con cierta estabilidad legal y laboral, que puedan llevarse a su esposa y a sus hijos.

Sólo apostando a la migración –al derecho de participar en el mercado internacional de trabajo- los problemas planteados por la migración ilegal tienen soluciones.

Si la migración que hasta ahora se efectúa de manera ilegal, con altísimos costos para las familias y para la sociedad, es tan productiva para el país, como comprueba el estudio entregado por el PNUD, ¿no se potenciaría esta productividad si apostamos –como nación, como estado, como sociedad- a esta forma de inserción en la globalización?

Imagínese que todos los que se vayan a trabajar a Estados Unidos (o Europa) sepan inglés, manejen computación, tengan un oficio cotizable en el primer mundo. No sólo ganarían mejor, tendrían mejores condiciones para integrarse, también tendrían muchísimo más oportunidades de aprender, formarse, desarrollarse profesionalmente y regresar a El Salvador transformados en transformadores.
Los migrantes no son “expulsados”. Hay que dejar de ver el fenómeno así, de manera condescendiente. Son gente que se cotizan en un mercado de trabajo más amplio que el nacional.
Además constituyen “capital” del núcleo familiar que los manda (o los manda a traer desde Estados Unidos). Para las familias, la decisión de invertir miles de dólares en un viaje de un familiar, es una decisión empresarial. Hubieron podido invertir este dinero en algún negocio local –un taxi, un terreno, una pupusería- pero saben que es mejor negocio invertirlo en la exportación de mano de obra.

Si las familias humildes -miles de ellas- hacen esta apuesta, ¿no será mejor que el país también la haga?
(Publicado en El Faro)

lunes, 12 de diciembre de 2005

Sobre la crítica

En mi última columna escribí que, para ser crítico de cine, hay que saber de cine y hay que saber criticar. Quiero ampliar este concepto con otro requisito indispensable: Para ser crítico, hay que saber escuchar crítica.

Una muy querida amiga y colega me escribe “que siempre parece que estás enojado con alguien o con todo” y pone, como “subject” de su e-mail, las palabras “muy ácido”. Y mi editor, quien me adelanta las cartas recibidas, agrega: “Concuerdo con ella.”

Es cierto: Hay muchísimas cosas (hechos, sucesos, personajes) que me provocan crítica ácida y, más que enojo, rabia. Pero igualmente hay cosas que me encantan, que me alegran, que merecen cuidarlas, fomentarlas, difundirlas. Por lo menos en mi balance muy personal, deben pesar más las cosas positivas que las negativas, porque resulta que yo tengo fama de ser optimista incurable. Soy uno de los pocos que siguen creyendo en el futuro de El Salvador. Estoy convencido de que la guerra y los Acuerdos de Paz valieron la pena y han abierto espacios que todavía no hemos sido capaces de ocupar. Yo soy uno de los raros que piensan que los problemas del país tienen solución. Todavía creo que la izquierda no está muerta, sino que después de llegar al fondo de su crisis, podamos construir una izquierda dinámica, creíble, responsable.

Muchos de mis amigos y colegas -quienes nunca provocan pleitos enojándose públicamente y criticando ácidamente- se burlan de mi optimismo, de mi confianza en el progreso, en la capacidad de detectar, analizar y superar errores y deficiencias.

Tiene razón mi amiga: Criticar demasiado y de manera demasiado ácida puede ser un problema. Pero dejar de criticar y retirarse a una posición de silencio, resignación, pesimismo y escepticismo es peor. Es cínico. Es irresponsable.

La razón por la cual yo enfoco más en lo negativo que en lo positivo es muy sencilla y tiene poco que ver con mi estado de ánimo: Hay en nuestra cultura un déficit de crítica. También en el periodismo. Lo que se escribe, o es meramente descriptivo; o repite lo que dicen las fuentes, sobre todo cuando son fuentes que tienen que ver con los poderes políticos o fácticos; o es puro elogio. No sólo frente a los poderes. ¿Cuántas veces leemos en los periódicos reseñas críticas de las películas en cartelera? Casi nunca. Casi siempre repiten los comunicados de los distribuidores. Y cuando un crítico de teatro y otros espectáculos toma en serio su oficio, como lo hizo Héctor Sermeño, lo atacan de destructivo, de insensible, de no apoyar el arte nacional.
En nuestra cultura existe el grave error de pensar que lo crítico –señalar lo negativo- es destructivo; y que lo positivo -lo afirmativo, lo condescendiente, el elogio, el respeto- es constructivo. No criticar cuando hace falta criticar es destructivo. Tratar con respeto y condescendencia lo que está mal es destructivo.

Pero yo tengo que reconocer: No hablar de lo bueno también puede ser destructivo. Sólo que esto es mucho más difícil si uno quiere hacerlo bien. Un ejemplo: Ante la avalancha permanente de propaganda que emite el gobierno para auto elogiarse, no encuentro cómo escribir algo positivo sobre la labor gubernamental, aunque haya cosas positivas y aunque a veces me de ganas de resaltarlo. La labor de Evelyn Jacir, por ejemplo, construyendo instrumentos efectivos de defensa al consumidor; el trabajo de la vicepresidenta Ana Vilma de Escobar, atrayendo inversión extranjera al país; el silencioso esfuerzo de Cecilia Gallardo, introduciendo políticas sociales de corte socialdemócrata a un gobierno de derecha; la manera como Tony Saca aprovecha el corto lapso de poder real que le da la presidencia, el control del partido, su popularidad personal y la crisis de la derecha tradicional para transformar ARENA de la expresión política de la cúpula empresarial en un partido popular de derecha abierto hacia el centro y reformas de corte socialdemócrata.

Lo mismo pasa con la izquierda. Mientras no dejen de propagar su estúpida consigna “Somos buen gobierno”, no voy a escribir sobre lo bueno que hay en la gestión de algunos alcaldes. De todos modos, lo que necesitan es crítica y debate, ya que en su partido ya no existen. Y aquella nueva izquierda que quiere levantarse, lo que más le urge es transparencia y análisis crítico. De nada le sirve que uno resalte las pocas cosas que hacen bien.

Y en cuanto a los medios –cuya crítica es parte esencial de esta columna transversal- muchos colegas me preguntan: ¿Y todo lo que hacemos es malo? O ¿Por qué sólo pasas criticando a los medios? Claro que hay cosas buenas. Me encanta la manera en que un bicho irreverente como Oscar Martínez interroga a celebridades como Joaquín Villalobos, Cardenal, Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga o Daniel Ortega. Me gustan los reportajes de Metzi Rosales y Ricardo Valencia. Amo las caricaturas de Alecus. El trabajo de muchos fotógrafos, tanto en el Diario como en la Prensa, me parece extraordinario, siempre cuando les dan espacio y libertad creativa. Nunca me pierdo las columnas de Joaquín Samayoa, Miguel Cruz, Joaquín Villalobos, Miguel Huezo, Héctor Vidal – lo que no significa que siempre estoy de acuerdo con sus planteamientos. Lo bueno no reside en que uno esté de acuerdo. Pero, ¿será necesario dedicarle columnas a estos aciertos de los periódicos? No es necesario, porque se distinguen solitos en un mar de mediocridad, mentiras, campañas apenas encubiertas y otras aberraciones con que los periódicos llenan sus páginas.

Incluso a los columnistas que aprecio prefiero dedicarles columnas cuando no estoy de acuerdo. Tal vez de esta manera podamos iniciar diálogos que valgan la pena y que nos lleven a entender mejor al país.

Quiero tomar en serio la crítica –en cuanto a lo ácido y lo enojado de mis columnas- pero no se cómo hacerles caso. No sé como ser periodista o columnista sin criticar, incluso sin ofender. La cura que no duele normalmente no sirve.

¿Y el equilibrio? ¿Que pasa con la obligación de ser balanceado?, me pueden preguntar. Pero, ¿cuál obligación? Si alguien me contrata (y me paga) para ser crítico de cine, por ejemplo, y me exige que haga reseña de 10 películas que aparecen en cartelera cada mes, probablemente voy a elogiar algunas, destrozar a otras y encontrar al resto algo insignificante. Si alguien me contrata para hacer un balance equilibrado de la actuación de todos los partidos o de todas las dependencias del gobierno (y si así se presenta al público el proyecto periodístico), entonces será mi deber ser muy justo, establecer equilibrios, buscar lo negativo y lo positivo de cada uno... Y si sólo critico, mi editor y el público tendrían todo el derecho de reclamarme.

Pero, yo sólo soy un columnista que emite, dentro del concierto de opiniones, las mías, sin contrato, sin compromiso con nadie. Puedo –¡debo!- olvidarme de equilibrios. Los equilibrios y los contrapesos se establecen entre las opiniones diversas, no tiene que ser equilibrado cada uno. Sería horriblemente aburrido. Si yo critico a alguien, otro lo va a defender si lo merece. No tengo que criticar y defenderlo yo. No soy juez, soy escritor.

Ni siquiera de los jueces –quienes por ley tienen que ser justos- se espera que citen ante su cámara a los honrados para darles premios de buen comportamiento.

Pero cuidado con estas comparaciones: Nosotros quienes escribimos no somos jueces. No estamos en función de la justicia, sino en función de la verdad, del debate, de la transparencia. Si para cumplir esta función hay que criticar, hay que hacerlo. Si para cumplir con esta función hay que rescatar lo positivo que ya no se distingue entre el escepticismo y el cinismo, hay que hacerlo.
(Publicado en El Faro)

lunes, 5 de diciembre de 2005

Zapatero a tus zapatos

Cuando trajeron a El Salvador la película Voces Inocentes, me ocurrió lo mismo que siempre me pasa cuando todo el mundo me pregunta “¿Ya viste tal y tal cosa?”: Me provoca no ir. Es por esa razón que me tardé tres años para visitar Marte; cuatro años para ver “La lista de Schindler”; no fui al concierto de Santana; no he leído las últimas novelas de García Márquez.

Entonces, tampoco fui a ver Voces Inocentes. En este caso, me bastaron los comentarios de los demás –en los periódicos, en las tertulias en mi bar- para convencerme que esta película no sirve. Ojo, no eran los comentarios negativos que escuché (muy pocos), sino los comentarios positivos (muchos) que me llevaron a esta conclusión. ¿Cómo me iba a gustar una película que me la quieren vender con el argumento que hizo llorar a todo el mundo? Si hacer llorar a la gente es fácil, es barato, y casi nunca sirve para nada. Hacer pensar a la gente es el arte. La película “La vida es bella” no te hace llorar. Te hace reír y pensar sobre el holocausto. Ya todo el mundo te hizo llorar del Holocausto, pero la mayoría sigue sin entender. Vino Roberto Benigni y nos hizo reír. Reír sobre el campo de concentración, obviamente te obliga a pensar. ¡Eso es cine! ¡Eso es arte! ¡Eso es humanismo! En cambio, llorar no te hace pensar, casi siempre sustituye el pensar.

Pero de repente me entraron las ganas, no de verla, sino de escribir sobre ella. Obviamente, tenía que ir a verla. Ese mi maldito instinto de ir contra corriente. Entonces, ya no estaba en cartelera; también las funciones especiales de La Prensa Gráfica y de ProBúsqueda ya habían pasado de moda, así que la vi en mi casa, gracias a Blockbuster.

La película es peor de lo que yo me imaginaba. Tenían razón: Es verdaderamente para llorar, pero sobre lo panfletario que está el guión, sobre lo torpe que está la actuación; sobre lo diletante que es la dirección de parte de este “niño bonito” del cine mexicano, Luis Mandoki.

Sin embargo decidí no escribir nada sobre este fracaso. La bulla ya había pasado, la gente (por suerte) ya se había olvidado de la película Además, confieso, a veces me canso de hacer el papel de aguafiestas. A mucha gente le gustó la película. Mucha gente se emocionó con la película. Y otra gente, como los dueños de La Prensa Gráfica, simplemente se emocionó con la idea de que un “connacional” haya “triunfado” en el cine internacional. Hay que hacer el aguafiestas cada rato, aunque caiga mal, pero en este caso, ¿cuál era la importancia?

Sin embargo, ahora retomo el tema por una de esas coincidencias a las cuales hay que hacer caso: Primero, me encontré con un guionista mexicano quien estuvo aquí en El Salvador para hacer las investigaciones previas para un guión que está escribiendo para una película situada en El Salvador. Y el día siguiente sale en El Faro un largo artículo de Francisco Ayala Silva elogiando la película que yo pensaba ya olvidada: Voces Inocentes.

Con Enrique, el guionista mexicano, hablamos largas horas de amigos y películas favoritas comunes. Me cuenta cómo están trabajando -detalle por detalle, ambiente por ambiente, diálogo por diálogo- el guión y los personajes de la película. Y le digo: “Ve, Ustedes hacen lo contrario que hizo Mandoki para hacer una película sobre El Salvador. Ojalá logren comprobar que sí se puede…”

En el caso de Voces Inocentes, un director mexicano agarró un guión mal escrito por un diletante salvadoreño y lo filmó en México con actores mexicanos. Mundo al revés. Si hubiera conseguido un guionista profesional –difícilmente en El Salvador, pero si es profesional, no importa de donde es- tal vez la historia concebida por Oscar Torres hubiera agarrado forma y sentido. Y si el elemento “nacional” hubiera entrado no por la nacionalidad del guionista sino rodando en El Salvador, tal vez el producto hubiera alcanzado autenticidad. Y si además hubiera buscado por lo menos algunos actores salvadoreños, ellos tal vez se hubieran dado cuenta de las inconsistencias históricas en el guión. Haciéndolo así –contrario al método que Luís Mandoki, aprendió haciendo películas tibias en Hollywood- los protagonistas salvadoreñas no hubieran hablado con acento mexicano y no hubieran aparecido a cada rato rótulos, buses y placas mexicanas en escena.

En el caso de la película cuya historia investiga y desarrolla Enrique, es al revés: Una directora salvadoreña quiere hacer una película sobre su país. Como conoce de cine, sabe que escribir un guión no es así no más. Una cosa es una historia y otra es un guión cinematográfico. Entonces, busca a un reconocido guionista, preferentemente alguien con cierta cercanía cultural a El Salvador y su historia, su ambiente lingüístico y visual. Termina contratando a un guionista mexicano. Y empieza un proceso de investigación, de desarrollo del guión, con varios viajes que la directora salvadoreña y el guionista mexicano hacen a El Salvador, a las locaciones. Una vez se tenga un guión acabado y aprobado por la directora -y el inversionista que también es salvadoreño y conoce su país- la película será filmada en El Salvador, con actores centroamericanos. Puede resultar, por primera vez, en una película apegada a la realidad visual, cultural, lingüística e histórica del país.

Igual que su antecedente “El Salvador” del director estrella de Hollywood Oliver Stone, Voces Inocentes resulta siendo un insulto a la inteligencia. Por eso, fracasó rotundamente en México, país que normalmente aclama a sus directores de cine. Por eso, no ha penetrado en el mercado norteamericano. Éxito sólo ha tenido aquí, donde la gente tiende a emocionarse con cualquier cosa –por muy mediocre que sea- que un “connacional” haya hecho para “triunfar” en el exterior. Ahí va Oscar Torres en la compañía de Arquímedes Reyes, Álvaro Torres...

Francisco Ayala Silva –en su reportaje sobre Voces Inocentes publicado la semana pasada en El Faro- reporta que fueron Los Guaraguaos con su canción “Las casas de cartón” que inspiraron a Oscar Torres a escribir el guión para Voces Inocentes. Se nota. La película es como la música que la inspiró: llorona.

La inconsistencia más importante está en el tema central de la película Voces Inocentes: la guerra que devora a los niños. No voy a cuestionar los recuerdos personales de Oscar Torres (el guionista y protagonista de la película), pero sí puedo afirmar que el reclutamiento de niños no fue un fenómeno representativo de la guerra civil salvadoreña. Ni en el sentido estadístico: no fue común el reclutamiento forzoso de niños. Y las excepciones existían más por el lado de la guerrilla que por el lado de la Fuerza Armada. Hubo una coyuntura –creo acordarme que fue en el año 1984, cuando se trató convertir a la guerrilla en ejército regular insurgente, con batallones, con fuerzas especiales, con control territorial ampliado hacia los cascos urbanos de los pueblos- que el FMLN violó su principio de voluntariedad y su carácter de fuerza motivada por convicciones. En los reclutamientos forzosos de esta época también llevaron a niños y/o adolescentes muy jóvenes a los campamentos. Pero esta política errada fracasó y fue corregida muy pronto: Ninguna fuerza insurgente puede absorber combatientes involuntarios sin perder fuerza, no sólo moral sino incluso combativa.Los niños que quedaron en los frentes de guerra eran los más motivados, más voluntarios colaboradores de la guerrilla. Era más común el problema de cómo explicarles que no podían entrar a la fuerza combativa que los casos en que alguien los obligara a combatir. Y en el caso de los bichos entrenados para formar parte de las fuerzas especiales y los “samuelitos” que aparecen mencionados en el artículo de Francisco Ayala Silva en El Faro, tengo que decir que jamás he visto combatientes más voluntarios, más convencidos, más motivados, más conscientes a qué iban y por qué lucharon, que los “samuelitos”. (Francisco Ayala Silva cita a Marvin Galeas diciendo que “los entrenaron para matar sin compasión. Y lo hacían.” Sí, Marvin, los entrenaron para la guerra. Pero yo he visto muy pocos combatientes –adultos o “samuelitos”- matando sin compasión.)

Oscar Torres, en la vida real, tenía 14 años cuando tuvo que abandonar su país para evitar verse convertido en combatiente de uno u otro bando. Le quitaron 3 años para convertirse en el “Chava”. Chava cumple 12 años en la película. Y esto es la edad de los niños que –en la película- son llevados a la fuerza por el ejército y regresan convertidos en combatientes represivos. Claro, por más niño el protagonista, mayor el impacto emocional de la película. Y si hacer llorar es la idea política y comercial de la película, ¿qué cuesta restarles unos 3 añitos a los protagonistas? Cuesta caro. Cuesta credibilidad.

La edad de los miles de jóvenes reclutados por la Fuerza Armada definitivamente no era 11 ni 12, sino más bien de 15 para arriba. Y en la vida rural en El Salvador, esto hace una enorme diferencia. La diferencia entre niñez y adolescencia, en el campo, es abismal. Con 15 trabajan como adultos, se acompañan, tienen hijos, combaten.

Las escenas emblemáticas de la película son, al mismo tiempo, las más incoherentes con la realidad. No sólo con la realidad histórica del conflicto salvadoreño, sino también la realidad en el sentido situacional. Históricamente no son creíbles las escenas de incursión del ejército en la escuela, reclutando –con plena cooperación de los profesores. Mucho menos cuando se trata de niños de 11-12 años. Tampoco las escenas de incursiones guerrilleras al pueblo. ¿Cómo uno va a pensar que cada vez que este pueblo hay un tiroteo, las balas pasan por la casa de la misma familia? Tan mala suerte no existe.

¿Y quién se puede inventar una escena como la del tío guerrillero, quien en medio de una balacera alrededor de la casa donde visita a sus sobrinos de repente guarda la pistola, agarra una guitarra y canta las “Casas de cartón”? En el patio de la casa están apostados los soldados, las balas pasan –como siempre- por las ventanas de la casa- y el guerrillero, quien parece haber salido de un afiche conmemorativo al Che, tocando guitarra y cantando canciones de protesta. Es históricamente falso –los combates no son así- y además es situacionalmente inconsistente: Nadie se comporta así.

No estoy diciendo que las guerras no producen situaciones y comportamientos absurdos. Otra vez: vean La vida es bella para entender lo que un director puede hacer con lo absurdo. Pero en nuestro caso, o absurdo no es parte de una concepción artística de analizar la realidad, sin producto de ineptitud, ignorancia y –tal vez un poco- cálculo comercial. Mal cálculo, de todas maneras, porque para engañar a la gente hay que ser muy bueno... Afortunadamente, no es tan fácil.

Si bien recuerdo, Francisco Ayala Silva es el periodista que hizo reportajes asumiendo por un día un determinado oficio para escribir sobre sus experiencias. Así como ahora lo hace Leandro Sánchez en Viva la mañana, pero sin aburrir. Vaya, Francisco, ya hiciste un día de crítico de cine. Ya estuvo, ya sabemos que no es tu fuerte. No es tu oficio. Porque para este oficio, hay que saber de cine y hay que saber criticar.
(Publicado en El Faro)