lunes, 25 de septiembre de 2006

Estimado doctor Argumedo

Estimado doctor Argumedo:

Hace poco fui invitado a la celebración de décimo aniversario de la radio 102.9.En la cabina montada en Multiplaza un permanente ir y venir de políticos, periodistas, artistas y amigos que querían compartir la fiesta con esta pareja excepcional de radiolocutores. Conmigo en la pequeña cabina estaban Daniela Heredia, la Tenchis y Federico Colorado. Sale Federico y entra Arturo Argumedo, diputado del PDC por Santa Ana…

Saludos, presentaciones, apretones de manos. ¿Ya se conocen?, pregunta alguien. El diputado: Claro que conozco a Paolo. Fue guerrillero, anduvo por las montañas de Morazán. Bueno, gracias a la amnistía, ahora los guerrilleros andan por todas partes. Hasta en la Asamblea. Se pusieron sacos y descubrieron el desodorante…

Más o menos así. Por el respeto y cariño al Chiri, a Aída y a Pencho, le dejé hablar veneno al honorable diputado, al reputado ex fiscal general de la república. Entregamos nuestros regalos y saludos a la 102.9 y nos fuimos.

Pero sí hay un par de palabras que hay que decirle a este padre de la patria: Hay tufos, señor diputado, que ningún desodorante quita. Usted -que nunca se quitó el saco, nunca dejó de usar desodorante- huele mal.

Es cierto: Nosotros bajamos de la montaña con el tufo a monte, sudor, sangre – y el tufo que deja la muerte cuando pasa cerca. La muerte dada como la muerte recibida. Algunos nos bajamos con la plena conciencia de que parte de este mal olor que deja la guerra podremos quitárnoslo con un buen baño – pero otra parte no. El olor al sudor del sacrificio, sí. El olor a carne humana quemada en El Mozote; el olor al sudor del miedo, no. Estos olores uno no se los quita con ropa limpia ni con desodorante. Tal vez con un arduo trabajo para cuidar la paz, para desarrollar la democracia…

Me imagino, diputado Argumedo, que detrás de su cinismo esconde algo muy humano. ¿Duerme bien cuando piensa en el rol que jugó como fiscal general de una república secuestrada por matones y corruptos?

Cuando otros se subieron a la montaña, usted se hizo fiscal general de la república. Su misión: enterrar las investigaciones en los casos de Óscar Arnulfo Romero, de los dirigentes del FDR, de las masacres de Sumpul y El Mozote, de los asesores de la reforma agraria asesinados en el Sheraton…

Usted se burla de la amnistía que hizo bajar de la montaña y salir de la clandestinidad a los guerrilleros, que hizo que nos mezcláramos con los portadores de sacos, perfumes y poderes. Pero no fue esta amnistía que hizo daño a la sociedad, señor diputado, por lo contrario: La amnistía (a los dos bandos beligerantes) hizo posible la paz. E hizo posible la democracia integrando la izquierda al sistema político. Lo que sí hizo daño y sigue haciendo daño a la sociedad es el sistema de impunidad que funciona gracias a fiscales generales como usted.
Entiendo perfectamente, diputado, que le molesta, que por todas partes, toparse con ex guerrilleros que se mueven en este país como si fuera suyo. Están en la Asamblea, en la policía, en los tribunales - por ello, su exabrupto contra la magistrada Mirna Perla, la cual no fue guerrillera, sino algo peor: activista de derechos humanos precisamente cuando usted era fiscal general de la república, o sea su peor pesadilla investida del más alto cargo judicial de la nación). Hasta en la dirección de su partido se tiene que topar con ex guerrilleros.

Le recomiendo, diputado, que cada vez que esté reunido con la dirección del PDC le regale a Ana Guadalupe Martínez un frasco de perfume. O se tape la nariz.

No se sienta tan mal, señor diputado: No está solo. Así como hay gente como usted que resienten la amnistía porque los obliga a convivir con ex guerrilleros, hay trasnochados de izquierda que quieren abolir la amnistía porque les obliga a convivir con los protagonistas de la represión y los crímenes de guerra cometidos a nombre del estado y del status quo. Por suerte, los resentidos de los dos lados son la minoría - y la mayoría ha aprendido a convivir con los adversarios.

Con todo respeto a su cargo,

Paolo Luers

lunes, 11 de septiembre de 2006

Querido candidato escondido...

No te has lanzado, pero te conozco. Te puedo, incluso, describir: Has dirigido instituciones estatales o empresas importantes. Provienes de la izquierda, pero te confían mucha gente en la derecha y en la empresa privada; o al revés: provienes de la derecha, pero te confiamos muchos en la izquierda y en la otra empresa privada (la que no está ligada a ARENA). No importa cual de las dos historias es tuya. Es una diferencia importante, pero para efecto de la alternativa que necesitamos en 2009 da igual.

De todos modos puedes ganar los votos del medio millón de gente que votaron por ARENA (más bien por Tony Saca), por la única razón de estar contra el FMLN; y del otro medio millón de votantes que votaron por el FMLN, pero por la única razón de estar contra ARENA; más en el otro medio millón de gente que no han votado porque están en contra de los dos, ARENA y FMLN, y la manera como entre los dos tienen secuestrado al Estado.

Todos los sabios dicen que nuestro sistema partidario está hecho en piedra y que no hay vida política más allá de los dos partidos grandes. Pero existe un millón de votantes y millón y medio de aptos a votar que no están de acuerdo ni con la derecha gobernante ni con el Frente. Qué falta de imaginación, qué falta de creatividad, qué falta de coraje político de parte de todos los que no estamos de acuerdo con la manera como los dos partidos, en un extraño contubernio de adversarios, tienen secuestrado al país.

Entonces, basta ya con los juegos al escondite: Hay cinco o seis personas –mujeres y hombres- que tienen la llave en la mano. Son ustedes, los candidatos no declarados. O son candidato o son creadores de candidato. Como dije, algunos provienen de la derecha, otros de la izquierda, otros de la empresa privada. Cada uno de ustedes puede ser el candidato de todos ustedes y de todos nosotros. Teóricamente sólo se tienen que reunir y ponerse de acuerdo, cada uno asumiendo su papel. El que presenten ustedes, será. Juntos pueden ganar y transformar al país.

Ustedes ya saben que la alternancia no es de ARENA al Frente. El país no aguanta otro gobierno de ARENA bloqueado por el Frente, ni un gobierno del Frente bloqueado por ARENA y la empresa privada. La alternancia se facilita construyendo nuevas opciones; o sea un sector de la derecha asumiendo el poder abriendo las puertas a la izquierda responsable. O sea un presidente de izquierda que gobierne con los sectores democráticos, responsables y progresistas de la derecha y del empresariado. Sólo así se pueden empezar a diseñar políticas de Estado para seguridad pública, empleo y producción.

Ustedes ya saben todo esto. Ya lo están discutiendo. Saben incluso que esto no significa, para nadie, negar su identidad ideológica. No estoy hablando de revivir la idea de un partido del centro. Ya sabemos que esto no sirve. Estamos hablando de una alianza estratégica entre socialdemócratas, socialcristianos, demócrata-cristianos y liberales. Estoy hablando de un gobierno de transición. De un movimiento de rescate. De la construcción de liderazgo responsable.

Así que, antes de que me sienta obligado a presentar aquí, con todo y fotos, las fórmulas y las listas de gabinete posibles y deseables, salgan del closet. Asuman su responsabilidad. Si no, conformémonos, de una sola vez, que la única alternativa es un alcalde de Oriente.
Mis más cariñosos pero impacientes saludos,

Paolo “el Wagner” Luers.
(Publicado en El Faro)

viernes, 8 de septiembre de 2006

Lenguaje paternalista vrs. lenguaje de impotencia

Con el perdón de los que piensan diferente –como suele decir mi respetado amigo Héctor Dada Hirezi antes de repartir golpes certeros- voy a hacer algunos comentarios sobre el lenguaje de los participantes del Encuentro sobre la ratificación de los convenios de la Organización Internacional de Trabajo y la armonización de las leyes nacionales con los derechos garantizados en dichos convenios.
El lenguaje a veces dice más que las declaraciones explícitas. Veamos. Más bien, escuchemos. Leamos.

El representante del gobierno, el secretario jurídico de la presidencia, Luis Mario Rodríguez, en varias ocasiones anteriores me ha sorprendido –y conquistado mi respeto- con su lenguaje estructurado; con su independencia de criterio; con su capacidad crítica frente a la derecha, de la cual orgullosamente se declara militante; con su esfuerzo de construir un lenguaje común que exprese la posibilidad de llegar a visiones comunes….

En este debate, sobre los derechos sindicales, su lenguaje es diferente. Habla de los derechos sindicales como algo que el gobierno, el presidente, la derecha ha dado, concedido, casi regalado. Nunca habla de estos derechos como algo que pertenece al trabajador, al empleado, al servidor público y que –medio siglo tarde- el gobierno reconoce y se compromete, no sólo a respetar, sino a cuidar, desarrollar, convertir en motor de la concertación… Hace incluso una metáfora que explica mucho, comparando a los sindicalistas con el niño que no se pone feliz con el chocolate que le regala su mamá. El gobierno es la mamá que regala chocolate. Los sindicalistas los niños que, en vez de decir gracias, arman berrinche… En este contexto, no es extraño que Luis Mario, uno de los más cuerdos, más conciliadores, más pacientes representantes de este gobierno, en este debate se enojó. El enojo del papá con el niño malagradecido…

Claro, la otra parte en la mesa, el sindicalista William Huezo de AGEPYM, y el diputado Calixto Mejía del FMLN, emplean el lenguaje opuesto: hablan de derechos conquistados. ¿Conquistados? ¿Por quién? ¿El movimiento sindical? ¿El partido vanguardia de la clase trabajadora? ¿O por el señor Ramón Calvo?

Nadie habla de los derechos sindicales como resultado de una construcción conjunta, de una visión compartida, de una llegada a un punto común, de concertación. Como digo, el lenguaje es traidor. Los diferentes términos que las partes emplean expresan una verdad: No hay visión común. No hubo proceso de construcción conjunta. Ni siquiera en el raro caso de haber votado conjuntamente… Hubo una rara coincidencia de conveniencias. Y un par de llamadas de los señores Calvo y Zapatero.

No me extraña, pero sí me llama la atención, que el tema sindical es un tema que despierta pasiones, malentendidos, desconfianzas. La derecha –la gobernante como la empresarial- no logran visualizar a los sindicatos como factor de estabilidad. Ni tampoco el FMLN. Los dos lo ven como instrumento de desestabilización. Y los sindicalistas, los pocos que hay, se ven como perdedores, como víctimas. El sindicato como instancia de denuncia.

Nuevamente, así es el lenguaje: llorón, contestatario, encapsulado en la denuncia, la experiencia de violaciones, batallas perdidas, engaños e instrumentalizaciones….

Si algo puso al descubierto este debate –si uno escucha bien los lenguajes- es que la democracia laboral, en este país, sigue inexistente. Ni siquiera un sueño –porque nadie está soñando de estas cosas. Inexistente. Punto.

Como dije: con el perdón de los que no están de acuerdo conmigo.

(Publicado en encuentroselfaro.net)

lunes, 28 de agosto de 2006

También escribiendo se manchan las manos

Si en 1970, en los días agitados del movimiento estudiantil, de la oposición extraparlamentaria, de las protestas contra la guerra norteamericana contra Vietnam, me hubiera enterado que Günter Grass, el famoso novelista, fue miembro de la Waffen SS, o sea del brazo militar del temible cuerpo represivo SS de Hitler, seguramente lo habría condenado. Sin misericordia. No sólo porque un motor de este movimiento fue la rebelión contra el silencio que nuestros hermanos mayores y nuestros padres mantenían sobre su rol durante el régimen de terror de los nazis, sino sobre todo porque el tipo me cayó mal. Todos habíamos sido impactados por su novela El tambor de hojalata que salió en 1959 y ayudó a abrir el debate sobre el pasado; todos admiramos el rol valiente que Grass jugó en el debate intelectual y político del país exigiendo enfrentarse a los fantasmas del nazismo sobrevivientes e incluso protagonistas en la joven república federal alemana. Pero Grass se cayó de la moto de la izquierda rebelde alemana cuando en 1968, cuando nos volcamos a las calles a protestar contra Vietnam, contra la visita del Shah de Persia, contra la complicidad del gobierno alemán con los regimenes en Saigón y Teherán, lo buscamos para apoyarnos, casi para liderarnos - y nos dijo: Estoy en contra de la guerra contra Vietnam, estoy en contra de la dictadura en Persia, pero también de los fascistas de izquierda… Los fascistas de izquierda éramos nosotros. Ahí se murió uno más de nuestros grandes héroes: después de Theodor Adorno, el heredero de la Escuela de Frankfurt quien nos había criticado con los mismos términos, Günter Grass. Cosa que, por cierto, nos ayudó a vivir sin héroes y a caminar independiente del apoyo de los héroes.

Muchos años después, Grass se disculpó con nosotros. En privado, como nos había hecho su crítica. Dijo que se había equivocado, que entendiéramos su trauma con una juventud radicalizada que grita consignas y se siente dueña de la libertad, que él había sido parte de la juventud hitleriana, convencido, radical, dispuesto a morir por la causa, dispuesto a matar por la causa. Dijo que lo disculpáramos y que contáramos con él en la lucha contra la continuidad del nacionalismo, del racismo, del autoritarismo en Alemania.

Hoy -30 años después de esta última discusión con Grass- leo sobre su confesión pública: que era mentira que en 1944, con 17 años, fue reclutado al ejército para servir de ayudante de artillería, como toda su generación que le tocó servir de carne de cañón para el nazismo que ya estaba siendo derrotado por los aliados. La verdad, confiesa Grass ahora, es que se enlistó voluntariamente en la Waffen SS.

Mi primera reacción: indignación. ¿Cómo es posible que este señor, que durante décadas ha jugado el papel de conciencia crítica de la nación, haya ocultado esto hasta ahora? Me acordé de la rabia que sentí cuando me di cuenta que mi padre había sido militante del partido nazi. Me acordé de lo herido que yo me había sentido cuando Grass me dijo fascista de izquierda. Me senté a escribir mi columna condenando a Günter Grass.

Fue hace dos semanas. Todavía guardo el borrador y era peor que las barbaridades que escribió Geovanni Galeas en su columna en La Prensa Gráfica, tildando de “canalla” y de “escritor farsante” a Grass, hablando de ……

Para mi suerte, también me acordé de las pláticas con mi padre, poco antes de que muriera, cuando me explicaba por qué aceptó la militancia en el partido de la dictadura. Ser funcionario público y negarse a entrar al partido era considerado falta de lealtad. Como padre de 7 hijos no tenía el valor de negarme. Y cuando ya no pude cerrar los ojos ante los crímenes nazis, tuve dos salidas: uno, unirme a la resistencia y poner en peligro mi familia; o dos, pedir mi traslado del ejército. Lo que significaba que, si tenía que mancharme de sangre, no sería con civiles. Mi padre murió diciéndome que esperaba que yo nunca tuviera que tomar este tipo de decisiones; y que, cuando tuviera que tomarlas, tuviera más valor que él.

Mientras estaba revisando mi columna contra Grass, también me acordé de mi hermano mayor. Es de la misma generación de Grass. Miembro de la juventud hitleriana dispuesto a todo. Voluntario de la marina.

Como Grass, mi hermano no mató a nadie en sus pocos meses de guerra. Como Grass, dice que el no haberse manchado de sangre no fue por su virtud, sino simplemente porque tuvo la suerte de llegar tarde. No tuvo que matar y no murió. El 70% de los muchachos, que entraron a la guerra en 1944 como Grass y mi hermano, murieron. Mi otro hermano, reclutado con todo su grado en el colegio en 1944 y despachado a defender los territorios checos ocupados por los alemanes contra la ofensiva soviética, es el único sobreviviente de su grado. Todos murieron en tierras checas. Mi hermano sobrevivió porque desertó.

A mi hermano mayor –el que se había alistado en la marina de guerra- se tardó más de cinco años para superar el lavado de coco que lo había convertido, a la edad de 15 años, en ardiente militante nazi, y con 17 años, en soldado voluntario para ganar la guerra ya perdida. Cuestionado insistentemente por mí, me contó cómo era de inevitable que los jóvenes se convirtieran en nazis, en una sociedad donde no había discusión, no había voz disidente, donde hasta los padres temían cuestionar los valores fascistas transmitidos en la escuela y la juventud hitleriana. Mi hermano, cuando al fin superó el lavado de cerebro, se convirtió en el hombre más altruista, más dedicado a la solidaridad humana que yo conozco. Nunca lo abandonó su sentimiento de culpa. O más que culpa, de profunda pena.

Acordándome de todo esto, tuve que guardar la columna escrita contra Grass y dedicarle más tiempo, más reflexión, más sinceridad al tema. Incluso, decidí no escribir sobre el tema hasta que leí la columna de Geovanni Galeas.

Me metí en internet y busqué todo lo que pude encontrar sobre el debate que había desencadenado la tardía confesión de Grass. Leí unas declaraciones de él, contestando la pregunta obligatoria que todo el mundo -amigos y adversarios- le hacían: ¿Por qué no lo dijiste antes? Si nadie te hubiera condenado por haberte equivocado con 17 años, un niño del nazismo, sobre todo como no tuviste que participar en las acciones represivas que hicieron famosa la Waffen SS. Y Grass dijo: No pude. Tuve pena. No encontré la forma cómo decirlo, hasta ahora que tengo 77 años…

Conozco esta pena. La puedo entender. La puedo aceptar. Es genuina. Aunque venga alguien como Galeas que no tiene idea (o no quiere ver) que detrás de la historia de Grass se encuentra un verdadero dilema humano, el dilema de toda una generación –la generación de mis hermanos mayores y de Grass-; una generación engañada; la generación que ha puesto más muertos que cualquier otra, la generación que ha enfrentado la desconfianza; la crítica inmisericorde de sus hermanos menores y sus hijos...

Qué bueno que el pobre Grass ya se había caído del pedestal antes de que se nos convirtiera en monumento. Qué bueno que –en parte gracias a la metida de pata de Grass en el 1970- aprendimos a vivir sin portadores de la verdad, sin santos, sin autoridades infalibles.

Sí, Günter Grass, el gran novelista de la posguerra alemana, el escritor homenajeado con el premio Nobel de literatura, resultó falible, débil, tal vez cobarde. Cometió un error, que era perfectamente perdonable por su juventud, por las circunstancias históricas, pero que no logró perdonárselo él mismo. Tuvo pena. No supo cómo hablar de esta cosa que lo apenó tanto.
Pero esta pena, este dilema hizo que Grass escribiera lo que escribió y cómo lo escribió: rompiendo el silencio alemán sobre guerra, dictadura, racismo, división. Lo hizo levantar la voz cuando era necesario: atacando el ciego anticomunismo de la derecha alemana; atacando el ciego comunismo de la Alemania Oriental que se hizo cómplice de la represión de las primaveras democráticas en Polonia y Checoslovaquia; apoyando la revolución pacífica en Alemania Oriental; pero objetando una unificación alemana en forma de anexión a Alemania Occidental. Apoyando a Willy Brandt cuando intentó construir puentes con el bloque comunista y su gesto de arrodillarse en Polonia en un monumento a las víctimas de los nazis alemanes fueron atacados como traiciones a la patria...

Difundir la tesis, como lo hace Galeas, de que la confesión de Grass es un truco publicitario para vender sus memorias (en las cuales describe su juventud nazi y su ingreso a la Waffen SS), es una ligereza. Por lo menos hubiera esperado a que las memorias de Grass fueran traducidas al español, para poder juzgar, en vez de difundir prejuicios. No digo que no se puede criticar a un escritor porque sea portador del premio Nóbel. Por supuesto, se puede. Cuando es necesario, se debe. Pero, por favor, investigando bien, leyendo bien, analizando bien. Y cuando hay, detrás de la historia, un dilema humano, con compasión. Siempre al final la crítica puede ser dura, pero con compasión y conocimiento.

¿Salió Günter Grass con las manos limpias de la segunda guerra mundial y de la dictadura nazi? No. Sólo que Grass nunca ha dicho que salió con las manos limpias. Leyendo su obra, es obvio que Grass sostiene –como yo, de paso sea dicho- que nadie sale limpio, independientemente de que en un sentido literal y físico se llenó las manos de sangre. Hombres y mujeres como Grass nos han enseñado incluso a los que tuvimos menos de un año al terminar la guerra, que teníamos que asumir la responsabilidad, enfrentarla, pagar los costos, construir la paz y la democracia.
¿Puede alguien salir de una guerra con las manos limpias? No. Aunque no haya soltado balazos. El hecho de no haber tenido que tomar la decisión de matar o no matar no libera de responsabilidad a quien forma parte de una fuerza militar, de un movimiento revolucionario armado, de un partido político que conduce una guerra, de una insurrección. Decir lo contrario es cobardía. Decir lo obvio, Geovanni, puede ser engañoso.

PD: Dado que los temas aquí tratados son demasiado complejos –y demasiado importantes- para considerarlos agotados por dos columnas, aceptaría con mucho gusto una invitación de Geovanni Galeas a discutirla con él en su programa televisivo. Lo de Günter Grass y lo otro, lo ambiguo...
(Publicado en El Faro)

lunes, 14 de agosto de 2006

¡Mandemos más tropas a Iraq!

Esta semana, el jueves 10 de agosto, leo en La Prensa Gráfica un artículo titulado “Iraq tuvo 8 mil muertes violentas a mitad 2006”. Hago las matemáticas macabras que ya estamos acostumbradas hacer los que habitamos El Salvador: 8 mil muertos violentos en medio año, equivale a 1 mil 333 muertes violentas al mes y a 44.44 muertos al día.

El "body count" casero -las muertes violentas en El Salvador- parece que actualmente está alrededor de 14 asesinados al día. Pero nosotros sólo tenemos 6.7 millones de habitantes, Iraq tiene 27.8 millones de habitantes, incluyendo las tropas de ocupación (norteamericanas, británicas, el batallón Cuscatlán y otros) serán unos 28 millones, quiere decir 4.18 veces más. Entonces, dividiendo los 44.44 muertos diarias de Iraq entre 4.18, para hacer la cifra comparable con El Salvador, llegamos a 10.63 muertes violentas al día. O calculado de otra manera: Iraq tiene 1.58 muertes violentas por día y por 1 millón de habitantes; El Salvador tiene 2.09 por día y millón de habitantes. ¡Ganamos a Iraq!

Después de 14 años de haber puesto fin a la guerra; después de haber desmantelado las fuerzas insurgentes y los batallones especiales anti-insurgentes; después de haber desmantelado los comandos urbanos guerrilleros, los escuadrones de la muerte militares y paramilitares; después de haber desmantelado la Guardia, la PH y la PN; después de recolectar y destruir miles de armas de guerra, todavía logramos asesinar a más gente por millón de habitantes que en Iraq, donde opera la red terrorista Al Qaeda; donde operan las tropas americanas apoyadas por la más sofisticada tecnología militar, buques, aviones, misiles; donde operan fuerzas élite de 26 naciones, incluyendo nuestro batallón Cuscatlán; donde además operan y se combaten mutuamente las milicias kurdas, las milicias sunnitas, las milicias shiitas y las nuevas fuerzas policiales y militares de Iraq entrenadas por la coalición dirigida por Estados Unidos. Con todos estos aparatos militares, insurgentes y terroristas -no guardados, sino desplegados, en acción, en ofensivas- en Iraq no logran una mortalidad por violencia comparable con la nuestra. ¡Ni Bush, Osama Bin Laden y Saddam Hussein juntos nos ganan!

Me pareció tan increíble que decidí corroborar las cifras. Bueno, las cifras de Iraq, porque las salvadoreñas no están en cuestión. Comencé a navegar en Internet, visitando docenas de sitios especializados en contabilizar las muertes en Iraq, incluyendo cadenas internacionales como CNN (Estados Unidos), CBC (Canadá) y BBC (Gran Bretaña), y sitios independientes como el ICCC (Iraq Coalition Casualty Count) y el ICB (Iraq Body Count).

Uno entra en un mundo macabro de matemáticas de mortalidad, violencia. Al principio una gran confusión. No hay fuentes oficiales. El Pentágono sólo cuenta los muertos propios y de sus aliados, ni si quiera cuenta a los soldados caídos de Iraq, entrenados y comandados por ellos, mucho menos a los civiles.

Los sitios independientes, respaldados por ONGs y académicos estadounidenses, recogen la información de los medios, de los hospitales y cuerpos de socorro y de las autoridades civiles y militares.

Es complicado comparar las cifras, porque cada uno usa diferente metodología, ordena los datos por diferentes criterios y períodos. Pero por más que uno calcula, siempre sale una cifra bastante comparable con la que encontramos al principio en La Prensa Gráfica.

Por ejemplo: Si tomo todo el período, desde el inicio de la guerra abierta (bombardeo, invasión) en marzo 2003 hasta el mes de julio 2006, los investigadores de IBC e ICCC reportan un total de 56 mil 700 muertos, incluyendo las aproximadamente 6 mil bajas del ejército de Saddam Hussein en marzo y abril 2003; incluyendo las 2 mil 800 bajas de la coalición militar dirigida por Estados Unidos (total al cual aportamos 4 soldados salvadoreños muertos); incluyendo 3 mil 900 bajas de las nuevas fuerzas policiales y militares de Iraq; e incluyendo un aproximado de 44 mil muertos civiles (cifra que a su vez incluye insurgentes muertos, víctimas de acciones militares de todas las partes involucradas, víctimas de ataques terroristas y víctimas de la delincuencia). Es interesante el racionamiento de IBC de porque incluyen las víctimas de la violencia delincuencial: “Los muertos causados por acciones criminales resultan del colapso del sistema de law and order en consecuencia de la invasión de la coalición.” Y en Washington hablan de nation building, la construcción de naciones.

Regresando a la matemática: Todo el período de la invasión y de la subsiguiente guerra corresponde a 41 meses. Los 56 mil 700 muertos corresponden, entonces, a 1 mil 383 por mes y a 46.1 muertos por día. Otra vez, para hacerlo comparable con El Salvador, calculemos por día y millón de habitantes: en Iraq son 1.65 muertes violentas (por guerra, insurgencia, terrorismo y delincuencia). Nuevamente Iraq se queda corto en comparación con los 2.09 muertes violentas en El Salvador.

Si tomamos solamente en cuenta los últimos 19 meses (enero 2005 hasta julio 2006), la cifra iraquí baja sustancialmente: sumando bajas militares de la coalición y del Iraq, y las muertes civiles (que siempre incluyen insurgentes, víctimas civiles de operaciones militares, victimas civiles de ataques terroristas y víctimas mortales de la delincuencia), llegamos a un promedio de 31 muertos por día, o de 1.1 muertes violentas por día y millón de habitantes. Poco más que la mitad de la cifra salvadoreña.

Todavía me quedaron dudas y desconfianza. Aunque los sitios citados que proporcionan la información sobre las muertes civiles en Iraq están fuera de sospecha de querer esconder víctimas civiles. Por lo contrario, están vinculados con el movimiento que en Estados Unidos se opone a la intervención en Iraq. De todos modos, busqué más datos de otras fuentes, sólo para comparar: El prestigioso periódico St. Petersburg Times de Florida publica un estudio minucioso de todas las muertes violentas durante el mes de mayo del 2005: eran 1 mil 208, o sea 40 por día ó 1.43 por día y millón de habitantes.

Entonces, parece cierto: Es más peligroso vivir en El Salvador que en Iraq. A pesar de nuestros Acuerdos de Paz y a pesar de la guerra de insurgencia-contrainsurgencia que tiene lugar en Iraq.

Si esto es así, habría que exigir al presidente Tony Saca que amplíe nuestra presencia militar en Iraq. ¿Será que el Cuscatlán hubiera tenido más bajas si hubiera quedado en casa? ¿Será que tomando en cuenta todos los peligros que los acechan aquí -la violencia de las pandillas; la violencia contra las pandillas que a veces se vuelve violencia contra todo salvadoreño con aspecto de joven y de pobre; los motoristas temerarios y borrachos- los soldados están más seguros en Iraq?

Si es así, más que hablar bien de Iraq -país que sin duda alguna no está nada bien; por lo contrario- habla muy mal de El Salvador. Si estamos igual o peor que en Iraq, realmente hay que comenzar a tomar en serio nuestro problema de inseguridad, dejarnos de pajas y resolverlo.
Y para nosotros, los comunicadores, hay otra lección: La noticia no es, como apareció en La Prensa Gráfica: ”Iraq tuvo 8 mil muertos violentos a mitad de 2006”, sino más bien: “Iraq tiene mortalidad por violencia más baja que El Salvador”.

Posdata: Hay unas noticias que pueden talvez consolar a los iraquíes (si resienten que están perdiendo contra El Salvador) - o a los salvadoreños (en caso que estén preocupados que viven en un país más peligroso que Iraq). En los últimos dos meses –junio/julio 2006- los iraquíes lograron empatar con El Salvador, según datos del ya citado Iraq Body Count. Con 1 mil 800 cadáveres en julio. 60 por día, o sea 1.1 por día y millón de habitantes. Empate técnico. Pero, según un reporte de Naciones Unidas (Human Rights Report, UN Assistance Mission for Iraq, no empataron, sino ganaron los iraquíes (with a little help from their friends George W. Bush u Osama Bin Laden, respectivamente). La misión de Naciones Unidas en Iraq incluye, además de los muertos civiles reportados por todas las demás fuentes, adicionalmente datos del Instituto de Medicina Legal de Iraq sobre cadáveres no identificados en las morgues. De esta manera, las muertes violentas de los primeros seis meses del 2006 se aumentan de 8 mil a 14 mil 338. Serían 2 mil 389 muertos al mes; 79.65 muertos al día; 2.84 muertes violentas por día y millón de habitantes.

Si algunas estadísticas nos dan la ventaja, otras nos tienen empatados y otras les dan una leve ventaja a Iraq -en lo que a violencia fatal se refiere-, la conclusión es: estamos como en Iraq.
(Publicado en El Faro)

lunes, 7 de agosto de 2006

Soñando el sueño cubano

¿Cómo es posible que un dirigente revolucionario como Fidel Castro no haya logrado retirarse del poder en vida? ¿Puede ser una persona la única garantía de una revolución?

¿Cómo se entiende que una revolución que ha despertado la solidaridad y la insurrección de una generación entera a nivel mundial --una revolución que ha creado los sistemas de salud y educación más avanzados en el tercer mundo-- no haya generado los mecanismos de su propia transformación?

¿Es imaginable que Fidel, después de 47 años en el poder absoluto, no puede entregar el timón a una nueva generación, a un pueblo educado en revolución, y que tiene que entregar el poder –así de centralizado como él lo manejó- a su hermano de apenas cinco años menos de edad?

Yo me hice revolucionario en los años sesenta. Las imágenes y las hazañas de Fidel, Che y Camilo me cambiaron la vida para siempre. Dejé de soñar con una carrera en la industria cultural para la cual me estaba preparando, porque los cubanos me habían despertado un sueño mucho más bello: el de la emancipación del hombre de la represión, de la ignorancia, de las limitaciones impuestas por el poder.

La revolución cubana correspondió a este sueño que compartimos toda una generación, no sólo en América Latina, sino en el mundo entero.

Millones de jóvenes trataron de cambiar el mundo, inspirados por el ejemplo cubano. Comenzó una “revolución cultural” a nivel mundial. Muchos sólo se acuerdan de la “revolución cultural” de Mao en China – la más publicitada, la más degenerada, la más fraudulenta. Pero mientras la “revolución cultural” en China --bajo la dirección de una nomenclatura comunista-- se convirtió en terror y genocidio, en otros continentes transformó las universidades, democratizó los sistemas educativos, la cultura, la relación entre los géneros, las relaciones interpersonales.
Nació una nueva izquierda en las aulas de la Sorbonne, de Berkley, de la Universidad Libre de Berlín, de la San Carlos de Guatemala, de la Universidad de El Salvador; en las fábricas de la Fiat en Torino, de la SEAT en Barcelona, de la Siemens en Berlín; en los barrios de Marseilles, Berlin, México y Sao Paulo; en las montañas de Bolivia, de Guatemala, de Nicaragua. La primera condición de estas izquierdas antiautoritarias para poder perseguir su ideal de la emancipación del hombre fue: emanciparse de las doctrinas, los engaños y las manipulaciones de los partidos comunistas.

Yo entiendo las dinámicas impuestas a Cuba por la permanente agresión norteamericana. Entiendo la necesidad de los revolucionarios cubanos a hacer un pacto con el diablo. Entiendo cómo de esta manera surgió la dependencia económica de la Unión Soviética. Pero, ¿era necesario adoptar el modelo político soviético? ¿Era necesario importar el autoritarismo soviético? ¿Era necesario empeñar la libertad de expresión y crear un partido comunista que controla todo? ¿Era necesario dejar de perseguir el sueño de la emancipación del hombre?
Tal vez sea ingenuo, pero sigo soñando que en Cuba, una vez que muera Fidel, colapse el aparato totalitario comunista y que quede con vida y agarre nueva fuerza una izquierda progresista, antiautoritaria, comprometida con el sueño de la emancipación del hombre, capaz de defender la revolución cubana contra los zopilotes de Miami, contra el revanchismo de Washington, pero también contra los burócratas comunistas (o poscomunistas).

Ojala que debajo de la superficie autoritaria haya quedado vivo el sueño cubano. Sólo una transición hacía la izquierda puede rescatar y defender los logros impresionantes de la revolución cubana en salud, educación, ciencias, cultura, autoestima....Porque los otros dos modelos de transición poscomunista son detestables y fatales: la transformación de las cúpulas tecnócratas partidarias en una nueva casta de capitalistas y mafiosos, como en Rusia. O la anexión al vecino capitalista, como en Alemania. En ambos casos no quedaría nada, absolutamente nada, de lo conquistado en generaciones. Deseo a los cubanos que sean capaces de una transición que los emancipe de la dictadura partidaria sin volverse colonia gringa.
Sólo queda un camino: la transición hacia la izquierda. Y para esto, los cubanos podrían contar, nuevamente, con la solidaridad de los millones que no hemos enterrado el sueño de la emancipación de los hombres.
(Publicado en El Faro)

lunes, 17 de julio de 2006

Una declaración necesaria no escrita

Este es el comunicado que nos hubiera gustado leer en estos días:

Los firmantes de los Acuerdos de Paz de 1992 que pusieron fin a la guerra que durante años enfrentó a salvadoreños con salvadoreños y que dio inicio a los procesos de desmilitarización, democratización y reconciliación de la sociedad salvadoreña, a raíz de los acontecimientos del 5 de julio nos sentimos obligados a hacer las siguientes aclaraciones:

1. Afirmar que dichos hechos han puesto en peligro la paz, rompiendo con los acuerdos por nosotros suscritos en 1992, es una ligereza sin fundamento e irresponsable. El proceso de paz firmado por nosotros a nombre de las partes beligerantes es irreversible porque expresó y sigue expresando la voluntad de toda la sociedad salvadoreña.

2. La democratización alcanzada a partir de la firma de la paz no está concluida, pero igualmente es irreversible, porque es resultado de un proceso serio y profundo de reflexión, moderación y maduración de todos los sectores de nuestro país. Los que no han querido participar en este proceso; los que se sienten excluidos, los que siguen soñando con soluciones violentas y no incluyentes a los problemas de la sociedad, van contra la historia pero no podrán detenerla.

3. Entre los firmantes de la paz no existe coincidencia sobre el grado de democratización alcanzado, mucho menos sobre el grado de justicia social alcanzado con las nuevas reglas pacíficas del juego puestas en vigencia en 1992. Algunos seguimos luchando por seguir reformando nuestra democracia para poder alcanzar más justicia y equidad social. Otros defendemos decididamente el modelo político y económico que ha tenido tanto éxito en los últimos años. Seguimos siendo adversarios políticos, pero nos comprometimos .a nombre nuestro, a nombre de las fuerzas beligerantes y a nombre de toda la sociedad- a dejar de ser enemigos y a dejar de usar las armas para fines políticos. Independiente de nuestras diferencias políticas, ideológicas o éticas, existe plena coincidencia entre los signatarios que ninguno que fuera el déficit en democracia y en justicia social que tengamos justifica volver a recurrir a la violencia política.

4. A 14 años de los Acuerdos de Paz que llevan nuestras firmas y con 14 años de práctica en democracia, divergencia, coincidencia, confrontación política y concertación, no existe ninguna razón de recurrir a las armas para alcanzar o para retener el poder, ni para promover o para evitar cambios económicos sociales.

5. Los firmantes de la paz de 1992 ya no somos los actores protagonistas de la política nacional. Sin embargo, nuestras firmas nos comprometen a cuidar la paz. Repetimos: La paz en El Salvador no está en peligro, pero hay quienes quieren jugar con ella. No sólo los que dispararon el 5 de julio, sino igualmente los que sostuvieron y toleraron e incluso utilizaron dentro de su contorno político grupos violentos. De la misma manera irresponsable juegan con la paz quienes, desde las esferas del poder, sólo esperan estas manifestaciones de violencia en la oposición para regresar a métodos de represión.

6. Estamos convencidos que los atentados contra la paz, por más violentos y condenables que sean, no logran poner en peligro la democratización del país sino más bien la profundizan. Muestra de ello es el hecho que por primera vez en nuestra historia la policía, en vez de intervenir la Universidad, esperan una orden judicial para allanarla; y el hecho que, también por primera vez, las autoridades universitarias, al existir una orden de juez, abren las puertas de la UES a la policía. Muestra de ello también es la manera mesurada en que la policía reaccionó al asesinato de dos de sus integrantes.

Los firmantes de los Acuerdos de Paz hacemos un llamado a toda la nación de no cansarse en defender la paz contra todas las tentaciones de aventurismo, de radicalismo, de frustración y de impaciencia.

En la ciudad de San Salvador, julio 2006.

Los firmantes de los Acuerdos de Chapultepec


PD: Los Acuerdos de Paz fueron suscritos el 16 de enero de 1992 en la Ciudad de México, por los representantes del gobierno de El Salvador: Oscar Santamaría, Juan Martínez Varela, Mauricio Ernesto Vargas, David Escobar Galindo, Abelardo Torres, Rafael Hernán Contreras; y por diez representantes del FMLN, dos de cada una de sus organizaciones integrantes: Schafik Hándal y Dagobierto Gutiérrez; Francisco Jovel y Nidia Díaz; Salvador Sánchez Cerén y Salvador Samayoa; Joaquín Villalobos y Ana Guadalupe Martínez; Eduardo Sancho y Roberto Cañas.

De los nueve dirigentes que firmaron la paz por el FMLN, nueve están vivos. Adivinen quienes de ellos no hubieran firmado esta declaración, ni otra parecida que los firmantes podrían haber publicado en estos días.

(Publicado en El Faro)