lunes, 22 de enero de 2007

El enigma de la página perdida del discurso presidencial

Todo el mundo se dio cuenta que fue incompleto el discurso que el señor presidente Antonio Saca pronunció en el acto de la celebración del XV aniversario de los Acuerdos de Paz. Cuando llegó a la parte de los reconocimientos a los actores históricos que hicieron posible los Acuerdos de Paz, no mencionó a la otra parte que firmó la paz.

Obviamente, el presidente Cristiani no firmó la paz consigo mismo. Hacen falta dos partes para hacer la guerra y para hacer la paz. De eso tiene plena claridad el presidente Saca. No es que se le haya olvidado el ejército guerrillero que obligó al gobierno del presidente Cristiani a negociar unos acuerdos que pusieron fin a la represión estatal, a la exclusión de la oposición del sistema político y al poder político de la Fuerza Armada. Había que darle el debido crédito a la insurgencia, a la contraparte de la negociación política, al otro firmante de la paz, al otro protagonista del hecho histórico que se estaba conmemorando. El presidente no tenía porque tener miedo a mencionar, con nombre y apellido, al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional - sobre todo cuando todo el mundo sabe que el FMLN que firmó la paz, no es idéntico con el FMLN que hoy es adversario político del partido gobernante. Este hecho se expresó claramente en la fila de honor en el podio de la Feria, donde estaban sentados siete de los 10 firmantes de la paz por el FMLN histórico, de los cuales sólo dos siguen militando en el FMLN actual. El movimiento insurgente que hizo la guerra y la paz, obviamente sólo lo pudo hacer porque era mucho más amplio, mucho más plural, mucho más incluyente, mucho más creativo que un partido político.

Después de una exhaustiva investigación, logramos resolver el enigma: Existe una página que no se leyó en la Feria. La página perdida de Tony Saca. La encontramos. No hay prueba fehaciente que la página que encontramos es el pedazo que le faltaba al discurso de Tony Saca para que sea coherente, equilibrado y sincero. Pero nuestro estudio de estilo indica que el lenguaje de la página encontrada corresponde al pensamiento de Tony Saca. La página que encontramos completa el discurso como un pedazo perdido de un rompecabezas.

Por más que hemos investigado, no pudimos establecer cómo se perdió la página, si fue en el proceso de revisión del contenido por parte de sus más cercanos colaboradores; si fue un error secretarial; si fue el viento que se la llevó; o si fue “traspapelada” por alguien para hacerle trampa al señor presidente y evitar que este día se proyectara como estadista, como hombre de la nación encima de los partidos, encima de las ideologías.

El discurso iba así, ya llegando a la parte final:

QUIERO DETENERME UN INSTANTE PARA RECONOCER EL APORTE DE CADA UNO DE LOS FIRMANTES DEL ACUERDO QUE HOY CELEBRAMOS. DEBEMOS RENDIR HONOR A QUIEN HONOR MERECE, PUESTO QUE SIN SU PARTICIPACIÓN, EL AVANCE DEMOCRÁTICO DE EL SALVADOR NO HUBIESE SIDO POSIBLE Y LA HISTORIA SEGURAMENTE SERÍA DIFERENTE.

Aquí termina la página, y es la siguiente página la que se perdió. En continuación transcribimos la parte perdida del discurso, para que el pueblo y el mundo conozcan la verdad completa:

A mí, como presidente de toda la nación, no me cuesta reconocer la verdad que talvez sigue doliendo o incomodando a muchos de mis correligionarios: La paz es conquista de todos, incluyendo a los miles de combatientes de la guerrilla quienes la misma con disciplina, con el mismo sacrificio que mostraron en la guerra, cumplieron al pie de la letra el cese de fuego, depusieron sus armas y se incorporaron a la vida política y social del país.

De igual manera, tengo que reconocer que la firma de los Acuerdos de Paz -y a su cumplimiento- no hubiera sido imaginable sin el espíritu patriótico, la visión de país y la responsabilidad de los dirigentes históricos del FMLN: Salvador Sánchez Cerén, Joaquín Villalobos, Eduardo Sancho, Schafik Handal, Francisco Jovel, Salvador Samayoa, Ana Guadalupe Martínez, Roberto Cañas, Dagoberto Gutiérrez y Nidia Díaz, cuyas firmas están estampadas en el documento de Chapultepec. Han sido arquitectos de la paz y siguen aportando hasta el día de hoy, de las más diversas posiciones y responsabilidades, a la construcción de nuestra democracia.

Hago entonces el debido reconocimiento al papel patriótico que ha jugado aquel FMLN histórico, sus combatientes, sus dirigentes, al transitar de la guerra a la paz.

Aquí termina la página perdida del discurso. Siguen los reconocimientos a los otros protagonistas de la paz: el presidente Alfredo Cristiani, los partidos políticos, la Iglesia Católica, la comunidad internacional, la Fuerza Armada.

Ya viendo el discurso completo –sin la mutilación que sufrió el día 16 de enero por factores adversos a la paz y aun no esclarecidos- nuestro presidente Elías Antonio Saca se erige como estadista, como hombre que sabe poner su rol como presidente de la nación encima del interés partidario, encima de los rencores, resentimientos y mezquindades sectoriales. Felicidades, don Tony.
(Publicado en El Faro)

lunes, 15 de enero de 2007

Paz social – no, gracias

Alguien se inventó un término nuevo y lo puso en la agenda nacional. De repente todo el mundo habla de “paz social”. Nadie pregunta qué es. Como nadie lo define, surge la duda: ¿Estarán todos hablando de lo mismo? ¿Será uno de estos términos indefinidos que sirven para aparentar unidad, por lo menos una vez al año?

Tengo la impresión de que no están hablando de lo mismo. Unos hablan de “paz social” como superación de lo que ellos llaman “violencia social”. Yo nunca he entendido bien esta distinción entre “violencia delincuencial” y “violencia social”, la última siendo la intrafamiliar, la de género, la de los bolos, la de los bailes que terminan con machetazos. La otra siendo la violencia que emplean los criminales con fines de lucro. Entonces, bajo esta lógica, un señor que mata a su esposa a golpes, no es delincuente, pero un bicho que empuja a una señora para robarle un celular, sí es criminal…

Hace pocos años, las maras se concibieron como “violencia social”, hasta que fueran ascendidos de categoría, primero por Francisco Flores a enemigos del estado y recientemente, por René Figueroa, a “crimen organizado” y “mafia”. Igual como nunca voy a entender la distinción que el gobierno y los medios hacen de “pandilleros” y “reos comunes”, a veces incluso entre “pandilleros” y “civiles” (vea la cobertura de La Prensa Gráfica de la última masacre en el sistema penitenciario). Como si los pandilleros fueran fuerza beligerante…

Pero hay otra aceptación del término “paz social”: la superación de los conflictos sociales en el país. Entonces, si de esta paz social estamos hablando, primero tenemos que analizar los conflictos sociales: ¿Dónde tienen sus raíces? ¿Cómo se resuelven? ¿Quiénes son las contrapartes en estos conflictos?

Yo me pregunto: En un país con el nivel de pobreza que tenemos, con la inequidad de calidad de vida y de distribución de ingresos que tenemos, ¿puede haber paz social sin disminuir drásticamente estas diferencias?

Llegamos a la paz de Chapultepec no con un acuerdo de desarme y de alto al fuego. Llegamos al alto de fuego y al desarme de la guerrilla, de los batallones antiinsurgentes y de los cuerpos represivos del Estado vía un acuerdo político que atacó las causas directas del conflicto armado: la represión gubernamental, la falta de libertad de organización y de expresión, la falta de pluralidad en el sistema político.

Si queremos paz social, tenemos que atacar las raíces de los conflictos sociales. Esto obviamente no funciona por decreto, ni por la concertación entre partidos políticos. Es más complejo, involucra a toda la sociedad.

Los arquitectos de la negociación que puso fin a la guerra civil –todos los arquitectos, los de las dos partes beligerantes, los gobiernos de los países padrinos de la paz, Naciones Unidas- tenían absolutamente claro que la paz social no podía ser sujeto de las negociaciones entre el gobierno y la insurgencia. Por esto es que los Acuerdos de Paz se limitan a cambios del sistema político, al rediseño de la institucionalidad del país, dejando afuera la transformación social. Sólo así era factible llegar a acuerdos y poner fin a la guerra. No que las transformaciones sociales no eran necesarias –por lo menos para los negociadores de la insurgencia e incluso para algunos del otro lado-, simplemente las dos partes tenían la sabiduría de reconocer que una transformación social capaz de llevar al país a una paz social no puede ser resultado de un pacto entre dos fuerzas políticas. Tiene que ser un proceso que involucra a todos los actores de la vida social – y los Acuerdos de Paz tenían que crear una institucionalidad democrática que ya no impida la transformación social; crear un Estado que ya no es parte en los conflictos sociales por su sumisión al poder de las élites económicas del país.

Poniéndolo así es claro que esta tarea no está conclusa. Los Acuerdos de Paz sentaron las bases para la construcción de un Estado democrático que deja de ser partidario en el campo de los conflictos sociales.

Entonces, si es así, para perseguir una paz social basada en la superación de las inequidades económicas, hay que seguir –con paciencia y perseverancia- en la construcción de la democracia, en el fortalecimiento de las instituciones, en la construcción de un estado desvinculado de intereses sectoriales (pero también sectarios).

Proclamar el año de la paz social, suscribir pactos de paz social, poco aporta a esta construcción. Puede hasta confundir. No es que una paz (la pactada en 1992 para refundar la república) ya la tengamos cumplida y ahora se trata de alcanzar otra paz, la social. Aunque parece necio, hay que seguir en lo mismo: trabajar pacientemente en la construcción de un estado democrático para crear las condiciones que los actores sociales generen las transformaciones económicas y sociales necesarias para llegar a una paz social. Que esto no va a ser posible sin conflictos no nos debe asustar. Antes de llegar a la paz social –si esto es posible, lo que me permito poner en duda- hay que abrir los espacios para que se expresen los conflictos sociales. Los conflictos sociales –entre sindicatos democráticos y un empresariado comprometido con un régimen democrático- pueden ser permanentes, serios y hasta radicales, sin que esto ponga en peligro la paz, sin que esto genere violencia y sin que esto sea un peligro para la democracia.

A esta situación tenemos que llegar antes de decretar “paz social”. Si no, sólo es una cortina de humo para no enfrentar la necesidad de crear una democracia que abre espacios para la consecución y la solución de conflictos sociales.

Antes de tener “paz social”, hay que crear las condiciones políticas, legales e institucionales para que surja un movimiento sindical genuino, fuerte y democrático. Nada de sindicatos marionetas de las empresas, pero tampoco nada de sindicatos marionetas de un partido que se autoproclama representante de la clase obrera. Antes de tener “paz social”, hay que implementar las reformas que facilitan que concluya el proceso positivo de los últimos años de la separación de gremios empresariales, partido ARENA y gobierno. Nada de COENA empresarial, nada de una ANEP partidaria.

En vez de hablar de “paz social”, mejor aprendamos a vivir con conflictos sociales y a aprender a convertir los conflictos sociales en el motor del desarrollo.

Querer decretar la paz social antes de abrir espacio a los conflictos sociales significaría o es malintencionado (para evitar transformaciones sociales) o una muestra de impotencia que sirve para ocultar que la izquierda no tiene idea de cómo promover transformaciones sociales sin recurrir a rupturas antidemocráticas como en Venezuela y Bolivia.

(Publicado en El Faro)

lunes, 8 de enero de 2007

El gran pacto sin contenido

En innumerables columnas –escritas por los más variados columnistas de todo el espectro político- hemos lamentado la falta de voluntad política de parte de los partidos, sobre todo los dos grandes, para llegar a acuerdos nacionales, para definir políticas de Estado, para concebir visiones de país...

En innumerables debates en “Encuentros, la cena política de El Faro”, los invitados –representantes de los partidos y expertos- han coincidido en la necesidad e incluso en el contenido de reformas en materia electoral, institucional, fiscal, de salud, de educación... y no han podido explicar por qué, a pesar de las coincidencias, no hay capacidad de ponerse de acuerdo y hacer estas reformas.

Al fin los partidos se sentaron –o más bien, algunas celebridades los sentaron- para llenar este vacío y llegar a un acuerdo nacional “para consolidar la paz y fortalecer el proceso democrático en El Salvador”. En la coyuntura del aniversario de los Acuerdos de Paz, los partidos políticos, “unidos en la percepción de que la realidad del país demanda significativos entendimientos intersectoriales, interinstitucionales e interpartidarios”, se sientan en una mesa para redactar un documento conjunto, el tan necesario Acuerdo Nacional que daría continuidad, vitalidad y rumbo al proceso democrático y de reforma del Estado iniciado con los Acuerdos de Paz.

Lastimosamente, los “significativos entendimientos” no llegaron a más que una declaración de voluntades. Pura retórica. Nada tangible. Lo que en estos días, con bombos y platillos, se anunciará a la nación no contiene ni una sola reforma concreta, ni una sola medida concreta, ni una sola solución a ningún problema del país. Nada.

Nos quieren vender como acuerdo lo que en verdad es la declaración de bancarrota de los partidos en materia de concertación.

Por ejemplo, el documento dice: “En materia electoral, nos comprometemos a impulsar las reformas necesarias para asegurar la legitimidad, credibilidad, modernización, y eficiencia del sistema.” Punto y nada más. Esto es o el título de un capítulo, el encabezado de una lista de reformas concretas. Solo que el capítulo está vacío, no hay lista de medidas. Solo el anuncio. Fraude de empaque, se llama esto.

Conociendo (y admirando) a las personalidades que promovieron esta iniciativa, como David Escobar Galindo y Salvador Samayoa, me imagino que ellos pusieron los encabezados para que los partidos aportaran los capítulos. Sólo que no los aportaron.

Si los partidos realmente tuvieran la mínima voluntad, sólo hubieran abierto las gavetas donde descansan en paz todos los proyectos de ley en materia electoral: despartidización del TSE, listas abiertas, comités cívicos para la elección de alcaldes, concejos plurales, regulación del financiamiento de campañas....

Si hubieran sacado de esta gaveta un solo proyecto, cualquiera de los muchos que están ahí guardados, y en la gran fiesta nacional del 16 de enero hubieran anunciado, sin tanta paja: como muestra de buena voluntad hemos acordado ratificar, en los próximos días, unánimemente, este proyecto de reforma electoral, otra historia sería. Esto hubiera sido un comienzo, una señal constructiva.

Buena voluntad sin muestra ninguna de que sea más que retórica, es fraude. Demasiado ha avanzado la discusión nacional –en casi todos los campos menos los partidarios y legislativos- para que los partidos se pueden dar el lujo de presentar una declaración conjunta – ¡la primera en una década! - totalmente vacía de contenidos concretos, reales, tangibles y confiables.
En muchos de los campos que cubre la declaración de buena voluntad de los partidos –economía, seguridad, sistema electoral, medio ambiente- ya existen propuestas. Ya están discutidas, ya están acabadas. Lo único que falta es voluntad política de los partidos para convertirlas en leyes. Y si no confían en los proyectos de ley de los partidos adversarios, ahí están los proyectos de ley que provienen de Fusades, de Anep, de la AID...

Si para este 16 de enero se trataba de crear un hecho que reconfirme el espíritu de los Acuerdos de Paz, algo que vuelva a dar rumbo y coherencia al país, algo que logre detener el proceso de erosión de la confianza en el sistema político y sus instituciones, entonces nuestros partidos hicieron lo contrario. Redactaron una larga lista de acuerdos que teóricamente habría que construir – pero no sacaron ningún acuerdo práctico. Se comprometieron a todo y no hicieron nada. Una carta a Santa Claus la pueden redactar los ciudadanos, pero no los partidos cuya función es construir soluciones, no pedirlas.

El anuncio público de un sólo acuerdo concreto, práctico (con fechas, medidas concretas, cifras...) hubiera tenido un efecto positivo. Como muestra de buena voluntad. Muestra práctica. Y no era difícil obtenerlo, siempre cuando realmente existiera voluntad. Técnicamente hubiera sido fácil, con tantas iniciativas de ley que teóricamente gozan de coincidencia amplia y que sólo están esperando este raro momento de la voluntad política. Tan fácil como abrir la gaveta.

El hecho que los partidos políticos optaron por lo contrario –por la buena voluntad retórica- es una muestra preocupante más de falta de voluntad real. Esta declaración de buena voluntad retórica sirve a la clase política para salir bien en estas fiestas cívicas del 16 de enero. Pero el despertar después será peor si todo sigue igual. Ya siento la gran resaca después de la fiesta.
Estos ejercicios de retórica irresponsable tienen una consecuencia inevitable: provocan expectativas grandes que -al verse defraudadas- profundizan las crisis.

Ojala que sea así. Ya que los partidos no eran capaces de ponerse de acuerdo sobre ningún paso concreto, tomémosles de la palabra, de cada palabra grandilocuente de esta declaración de compromisos que nos regalan el 16 de enero. Y si esto se convierta en presión y pone en crisis a los partidos –sobre todo a los dos grandes que monopolizan nuestra vida política- bienvenido sea.

Y si pasa un milagro y entre el día que escribo estas líneas y el 16 de enero los partidos logren llenar de contenido su pacto, también bienvenido sea. Posdata: No soy de la gente (como por ejemplo Dagoberto Gutiérrez o su contraparte y complemento Kirio Waldo Salgado, cada uno desde su propia intransigencia) que ponen en duda si el 16 de enero hay algo que celebrar. Hay mucho que celebrar- y hay mucho que resolver. Por esto, esta fiesta cívica merece algo mejor que esta declaración interpartidaria sin ningún acuerdo real.

(Publicado en El Faro)

lunes, 1 de enero de 2007

Gracias al barrio

Un día de estos, nos reunimos todos los integrantes de nuestro comité del barrio, esta vez no para trabajar sino para celebrar. Un cumpleaños, navidad, año nuevo… Pero en el fondo para celebrar el mero hecho de que el comité existe. Aunque nunca lo discutimos, todo el mundo sabe que este trabajo comunitario es vital. El panadero, la pupusera (ahora convertida en concejal municipal, después de años de servir de “capitana” del comité), la trabajadora de salud, la activista municipal (convertida en encargada de turismo), la peluquera, el motorista (quien también maneja la tienda en frente de mi casa), el escultor, el periodista, la estudiante (nuestra ex-candidata a reina), el pensionado norteamericano (que regala clases de inglés a la juventud local), el funcionario universitario, la ama de casa, la artista y dueña de restaurante, el trabajador municipal (que convierte basura en abono orgánico)… cada integrante de este comité tiene trabajo de sobra, pero todos sacrifican sus fines de semana para mejorar la vida en su barrio, para crear un sentido de pertenencia entre sus vecinos.

Organizan convivios, cuidan y arreglan el parquecito, exhiben películas al aire libre, reúnen fondos con rifas y la venta de comidas típicas, construyen la carroza del barrio para las fiestas patronales, promueven la limpieza y el adorno de las calles; gestionan con la alcaldía y con la policía, resuelven problemas entre vecinos…

Resisten cualquier tentación de manipulación política. No se dejan instrumentalizar ni por la alcaldía, ni por partidos, ni por iglesias. No discuten política. La hacen a nivel del barrio. En este comité trabajan, en total armonía, gente de izquierda y derecha, gente con o sin partido, gente con o sin iglesia. Gente de todos los niveles educativos y de niveles de ingresos muy diversos. Gente de todas las edades.

Si los sociólogos analizan las causas de los graves problemas de inseguridad y violencia, hablan del tejido social roto. Es cierto, hay que rehacer el tejido social. Esto es exactamente lo que los integrantes del comité del barrio están haciendo. Produciendo antídoto a la descomposición social.

En nuestro barrio nuestros hijos pueden jugar en la calle hasta bien noche; los adolescentes pueden vagar en la calle sin problema; podemos tener las puertas abiertas; podemos vivir sin miedo.

Gozamos de seguridad, no porque allí esté patrullando la PNC, no porque estemos pagando seguridad privada, no porque operen comités de vigilancia ciudadana. Gozamos de seguridad porque existe el comité del barrio, porque hay cohesión social, porque saludamos a nuestros vecinos, porque el que llegue a vivir al barrio es bienvenido y aceptado como vecino.

Cuando nosotros llegamos a vivir al barrio, cansados de la vida estresante, anónima, aislada, desconfiada en la ciudad, a los pocos meses nos vino a visitar una delegación del comité del barrio. Nos invitaron a participar. En menos de un año estábamos convertidos en orgullosos y respetados ciudadanos del barrio. Todo el mundo nos conocía. Nuestro hijo conoció una libertad nunca antes soñada, apropiándose del barrio, del pueblo entero, protegido por un tejido social que provee seguridad, pertenencia, solidaridad.

Un amigo que vino a vivir en el barrio hace menos de dos meses, participó en todo el intenso trabajo del comité alrededor de las fiestas patronales, y ahora camina las calles del barrio siendo conocido, integrado, asumido como vecino, como integrante del comité. Vive solo y no está solo.
El Faro me pidió, para el fin del año y el comienzo del nuevo, una columna de reflexión. Que hable de lo más importante del año. Pensando en cómo salir de esta tarea, se me atravesó la celebración del comité – y decido dedicar esta columna al Comité Permanente del Barrio Concepción de Suchitoto. Es lo más positivo que estoy viendo semana a semana. Es lo que me permite tener optimismo y sentirme orgulloso de algo que hago. ¡Además ganamos el concurso de carrozas! Construimos la más bella carroza del pueblo –una inmensa canasta de frutas- y ganamos.

Parece de poca trascendencia, tomando en cuenta los serios problemas del país. Grave error. La manera como se diseñó y construyó la carroza, como se seleccionó y preparó a nuestra candidata a reina, como casi todos los niños del barrio acompañaron a la reina y la carroza en su recorrido por el pueblo, convirtiéndolo en un carnaval, y finalmente la manera como nuestro triunfo en el concurso de carrozas llena de orgullo a los vecinos del barrio – todo esto aumenta la cohesión social, fortalece el tejido dañado, construye confianza y seguridad, abre caminos para la resolución de problemas…

¿Es un ejemplo para otros barrios, otras colonias, otras comunidades, en otras ciudades? Me imagino, aunque no hay recetas. Pero como dije en una columna anterior: Para construir seguridad, lo mejor es trabajar para mejorar nuestra calidad de vida. En este sentido, más que comités de seguridad ciudadana, que cada uno forme su comité de barrio, limpie el parque, trabaje con sus vecinos, se olvide de política partidaria, abra sus puertas, construya carrozas fantásticas…
(Publicado en El Faro)

lunes, 18 de diciembre de 2006

Una histórica oportunidad de viraje y unidad

El presidente es el gobernante y tiene el mandato constitucional de tomar decisiones y ejecutarlas. Punto. Nadie más. Ni la Asamblea, ni mesas de diálogo, ni comités del Plan Nacional, ni Comisiones de honorables pueden sustituir al gobernante en estas funciones.

Otra cosa es cómo el presidente llega a tomar decisiones, en quién se apoya; con quién consulta; con quién discute; en quién confía; qué amplia es la base de la cual se nutre. Si sólo son los amigos, partidarios, compadres, correligionarios – o si son las mentes más brillantes, los personajes más honestos y sinceros, independiente de su grado de coincidencia ideológica con el gobernante. De esto depende si un presidente realmente se convierte en estadista o si queda en la historia como un dirigente partidario más.

En este sentido, toda la discusión que tenemos ahora sobre el papel de la “Comisión de Seguridad Ciudadana y Paz Social”, es un poco absurda. Por supuesto que las decisiones sobre seguridad, sobre política criminal, sobre política de prevención las tiene que tomar el presidente, en conjunción con la Asamblea Legislativa, y no los comisionados. Si no, habría que pedirle que mejor renuncie. Simplemente no tiene el derecho de delegar la toma de decisiones.
Volvemos a lo mismo: El asunto no es quién toma las decisiones, esto ya está definido por la Constitución, sino cómo las toma el presidente.

Un presidente que convoca mesas de diálogo o comisiones de honorables, sólo para escucharlas –sólo para tomarse fotos con ellas y poder decir que las ha escuchado-, pero que no para realmente usarlas con el fin de poder tomar decisiones a nombre del país, más allá de las convicciones y los intereses de su partido, está engañando al país. Además está quemando un cartucho muy valioso –tal vez el último- para poder resolver el problema, en nuestro caso actual, el problema de la seguridad ciudadana. Convocar una Comisión, escucharla, y seguir tomando decisiones que no reflejan el consenso expresado en esta comisión, se puede hacer una vez. ¿Y la próxima vez que hay una crisis, a quién va a convocar? ¿Y la próxima vez que necesita hacer un viraje, quién le va a hacer caso asumiendo el papel de comisionado, más bien –en este caso- el papelón de idiota útil?

Porque precisamente de eso se trata: ¿Cómo producir un viraje, cuando una de tus políticas principales ha conducido a un callejón sin salida? ¿Cómo producir y proyectar este viraje, sin perder la cara? ¿Cómo incluso convertir el fracaso de una política de una debilidad en ganancia política, creando una base mucho más amplia y sólida para la política nueva?

Para esto sirven las comisiones de honorables (o mesas de diálogo, o concertaciones nacionales, o cual sea la modalidad que se adopte, dependiendo del problema a resolver y la situación entre las fuerzas políticas y entre clase política y sociedad). Sirven para producir un viraje cuando una política ha fracasado. Sirven para ampliar la base del consenso que sostiene la solución política al problema a resolver. Sirven para repartir la responsabilidad. Sirven para construir políticas de nación.

Obviamente hay dos condiciones para que esto funcione. Primero, hay que tener la voluntad política de hacer el viraje, o sea la voluntad seria de adoptar una política sustancialmente diferente a la propia. Segundo, hay que saber cómo hacerlo.

Si no existe la voluntad política, si se quiere usar el mecanismo de una comisión y del diálogo sólo para ganar tiempo y para continuar haciendo lo mismo; si se quiere instrumentalizar la buena voluntad de los comisionados para maquillar con seudo legitimidad a una política ya deslegitimada, el viraje no se va a dar o se va a reducir a cambios cosméticos sin cambio de rumbo.

Y si hay voluntad, pero no hay capacidad de gobernar con un esquema diferente de construcción de políticas, tampoco se logra el viraje. Para obtener la ganancia de que una comisión de honorables (o una mesa de diálogo…) ayude a un gobernante a redefinir una política de nación y le permita salir de una crisis sin perder la cara (sino al contrario perfilarse como estadista que trasciende el liderazgo sectorial de su partido y de su campo ideológico), hay que saber hacer concesiones. Hay que saber imponerse frente a sus propios colaboradores, su propio partido, su propia base electoral. Hay que saber apoyarse en otros sectores del espectro político para superar la oposición desde las propias filas. Hay que saber distinguir entre ganancias a corto plazo y para su propio partido, por una parte, y ganancia a largo plazo y para el país, por otra.
Por ejemplo, un presidente que realmente busca el viraje, se compromete con la comisión que convoca a abstenerse estrictamente del uso publicitario de la concertación y de sus frutos. Con esto, mostraría que está dispuesto a perder puntos a corto plazo y para su propia imagen, en función de hacer ganar al país.

Otro ejemplo: Un presidente que sinceramente busca el viraje, remueve a las personas muy identificadas con la política que hay que redefinir, como muestra de disposición de remover obstáculos. Los remueve, por muy cercanos han estado de él. El presidente no les debe a sus ministros ninguna lealtad encima de la lealtad al interés del país.

La sustitución de Donald Rumsfeld como ministro de defensa y principal arquitecto de la política fracasada hacia Iraq, y el nombramiento como jefe del Pentágono de un reconocido crítico de la manera cómo Bush y Rumsfeld han dirigido la guerra en Iraq, ha sido interpretada como una muestra que el presidente Goerge W. Bush –por lo menos después de la amarga derrota electoral en noviembre- quiere buscar un viraje en Iraq.

Aquí, el presidente Saca –en una situación comparable- manda un mensaje totalmente diferente: Frente al obvio fracaso de la política de mano dura de su correligionario Francisco Flores y de la política de súper mano dura de su propia administración, no sólo no remueve al ministro responsable de esta política, René Figueroa, sino le da blindaje político, encargándole el nuevo Ministerio de Seguridad Pública, es un mensaje totalmente diferente.

Tanto Bush como Saca enfrentan la situación que una de sus principales políticas fracasó. Bush está perdiendo la guerra en Iraq, y Saca está perdiendo la guerra contra la delincuencia. Los dos –con todas las enormes diferencias de los casos- enfrentan comisiones pluralistas, de mucho peso y de enorme credibilidad que de una manera no partidista analizan los respectivos fracasos y se encargan a proponer a sus presidentes estrategias nuevas basadas en consensos nacionales, y de esta manera abrir la posibilidad de resolver lo que los presidentes solos, sin apoyos amplios, pueden resolver.

En los dos casos –por muy diferentes que sean- hay una coincidencia interesante: Hay políticas que han fracasado y que requieren de un viraje y de consensos amplios. Hay comisiones de mucho peso que ofrecen a los respectivos presidentes la oportunidad de producir estos virajes conjuntamente. Tanto los integrantes de la “Comisión Baker” en Washington como los integrantes de la “Comisión de Seguridad Ciudadana y Paz Social” tienen una cosa en común: Han puesto el interés de la nación encima del interés sectorial o partidario de cada uno. Son realmente plurales y responsables (combinación que no es tan común). No buscan la derrota del gobierno, sino un viraje constructivo que goce del apoyo amplio de la nación – y por lo tanto, abre la posibilidad de resolver la crisis.

A esta altura hay pocos indicios que Bush tiene la capacidad y la voluntad de hacer uso de esta oportunidad histórica de corregir los errores y hacer que Estados Unidos pueda salir de Iraq sin humillación. La Comisión Baker recomienda claramente a pensar en el retiro de Iraq, por lo menos del papel que Estados Unidos ha asumido de sustituir al mismo tiempo policía, ejército y gobierno en este país. Bush, después de un corto lapso de forcejeo en su propio partido (y sobre todo con el más importante aspirante a la candidatura republicana, John McCain), hoy adopta una posición de rechazo a casi todas las recomendaciones de la comisión bipartidista. A esta altura parece que la sabiduría política de Bush sólo le alcanzó para usar la Comisión Baker para deshacerse de su Ministro de Defensa, no para producir el viraje que la gran mayoría de norteamericanos estaba esperando.

Y aquí, ¿hasta dónde llega la sabiduría de los gobernantes? El hecho que esta sabiduría no haya conducido a la salida olímpica de Figueroa (dividir el súper ministerio y dejar a Figueroa al cargo de Gobernación), ofreciendo a la Comisión de Seguridad una muestra de buena voluntad en forma de un nuevo ministro de seguridad no comprometido con las políticas fracasadas, todavía no lo quisiera tomar como prueba que no hay voluntad al viraje.

Me imagino que -igual que su colega Bush- Saca no puede moverse sin tomar en cuenta el problema de la sucesión en su propio partido. Esto, tanto en Washington como en San Salvador, ya es una grave hipoteca sobre la capacidad de generar una política nueva que trascienda intereses partidarios.

Sin embargo, aquí todavía está por verse hasta que punto el presidente Saca tenga la capacidad de usar la Comisión –y la alta credibilidad de la cual sus integrantes están gozando en la opinión pública- para producir un viraje; para superar las resistencias en su propio partido.

Tal vez tenga razón Saca de preferir que en esta batalla contra la inercia y los intereses creados en su propio partido, esté Figueroa a la par de él. Tal vez los dos juntos tienen la capacidad de superar las resistencias, juntar voluntades, y aprovechar la histórica oportunidad de construir –mano a mano con la comisión- una política de seguridad pública, expresión de una voluntad nacional de ganar esta batalla decisiva.

(Publicado en El Faro)

lunes, 4 de diciembre de 2006

Un fantasma recorre El Salvador

Acaba de terminar el Encuentro Nacional de la Empresa Privada de El Salvador. La parte política del documento que ANEP (la Asociación Nacional de la Empresa Privada) presentó a la nación en esta ocasión se lee como el manifiesto de lanzamiento de un Partido de la Reforma de El Salvador, surgido para liberar al país del secuestro y de la parálisis en que lo mantienen los partidos políticos. Desafortunadamente, este partido nuevo no existe. Nadie lo está lanzando.
Sin embargo, existe el manifiesto. El documento presentado por la cúpula empresarial coloca en la agenda nacional todas las reformas políticas, electorales, institucionales que los partidos dominantes del país, ARENA y FMLN, han logrado boicotear durante años para cimentar el status quo tan favorable para ellos.

Los empresarios exigen: representación proporcional en los concejos municipales; candidaturas independientes de los partidos a las alcaldías; una ley de partidos que facilite el escrutinio de los fondos de campaña; listas abiertas para elección de diputados; sustitución del Tribunal Suprema Electoral partidocrático por un Instituto Electoral sin influencia de los partidos; el voto en el exterior; la introducción del referéndum para reformas trascendentales; la decentralización de la administración pública; la sustitución de la Corte de Cuentas por una Controlaría…

Un partido -incluso uno nuevo- que se presente al país con este programa de reformas y que además cuente con el apoyo organizativo y financiero de la empresa privada, ganaría las próximas elecciones. Sin ninguna duda. Gente de derecha e izquierda votaría por una cruzada de reforma institucional de este tipo, siempre cuando esté encabezada por gente que disponga de credibilidad, decisión y disposición a romper tabúes. Esta rara especie de personas con visión y huevos.

Este programa de reforma política de los empresarios -combinado con su propuesta de corregir el sistema de libre mercado con mecanismos de planificación, solidaridad, inversión en educación, equidad y responsabilidad ecológica- no se distingue mucho de la plataforma de un partido socialdemócrata europeo. Podría ser, por lo menos, la base para una concertación exitosa y funcional entre un empresariado con esta visión y una izquierda moderna de corte socialdemócrata.

Es sumamente positivo que la cúpula empresarial de este país, luego de 20 años de apoyo incondicional a ARENA, haya llegado a formular de esta manera tan clara su visión del futuro del país. Hacía falta que la gremial empresarial recupere su independencia y su capacidad de acción política.

Lo que no puede hacer el poder fáctico es presentar un programa tan audaz y progresista - y después quedarse de observadores y permitir que cada una de estas reformas se estanque en el sistema partidario. ARENA mata una, el FMLN deja morir la otra. La empresa privada tiene el poder para insistir que estas reformas se hagan, de manera responsable y sin echar agua al vino. Si realmente están convencidos que estas reformas son necesarias para hacer avanzar al país, tienen el poder de hacerlas. O de hacer que las hagan.

Como usa su poder y su visión el empresariado salvadoreño, habrá que observar. Pueden usar su enorme influencia histórica sobre ARENA para construir una fórmula presidencial arenera comprometida con estas reformas. Aunque sea en contra del aparato partidario, pueden exigir al partido abrir el proceso de selección de candidatos y de definición de la plataforma. Pueden simplemente no aceptar que las únicas dos opciones areneras sean las que ahora se están disputando el poder para el período 2009-2015: el grupo de Toni Saca y René Figueroa y el grupo de los “históricos”. Pueden presentar un candidato comprometido con el programa de reformas de ENADE 2006 y exigir que lo tomen en cuenta.

O pueden dejar de apoyar y financiar a ARENA. Pueden construir, junto con otras corrientes comprometidas con la rigurosa reforma institucional, una nueva fuerza reformista capaz de vencer tanto al FMLN como a ARENA. Una fuerza que cuente con el apoyo financiero de la empresa privada, con la fuerza intelectual combinada de los sectores razonables de derecha e izquierda, con el apoyo de la comunidad internacional y con la mayoría de votantes que dieron su voto a ARENA o al FMLN porque dentro del sistema de la polarización bipartidista no vieron otra opción.

Un fantasma recorre El Salvador: el fantasma reformista de un empresariado que no acepta más las limitaciones que la clase política impone al desarrollo democrático y productivo del país. El poder fáctico ha hablado. A ver quien agarra la bandera y corre con ella.
(Publicado en El Faro)

lunes, 27 de noviembre de 2006

Compremos el diario antes de que lo arruinen

De repente, el destino del periódico más prestigioso de la ciudad está en la boca de todos. Descontenta con la manera en que los dueños lo manejan, la ciudad, la comunidad, sus líderes empresariales e intelectuales toman la palabra y dicen: Este periódico es una institución, no simplemente una inversión; tiene que reflejar los intereses de la comunidad, de la sociedad civil de esta ciudad, no los intereses de los dueños de aumentar su rentabilidad; su función principal es informativa, no monetaria.

Y comienzan estas voces desde la comunidad metropolitana a imputar las decisiones que los dueños del periódico han tomado. No aceptan que las decisiones estratégicas sean tomadas en función de maximizar la ganancia, exigen que sean tomadas en función del rol informativo, cultural, institucional que el periódico tiene para la ciudad y sus habitantes.

Prominentes líderes empresariales de la ciudad, quienes durante años han usado su inmensa riqueza para financiar proyectos de salud, educativos y culturales en la ciudad, se oponen a la sustitución del gerente general y, poco después, del editor jefe del periódico. Ambos habían retado a los dueños negándose a implementar sus planes de corte de personal y de gastos de redacción. Su sustitución por ejecutivos fieles a los intereses de los dueños había encontrado primero resistencia, luego frustración y fatalismo en las filas de los periodistas, editores y columnistas del periódico. Pero lo realmente nuevo: también en las filas de los lectores e incluso de los anunciantes.

Cuando los dueños no cedieron ante las críticas ni de los periodistas, ni de los lectores y tampoco de los prominentes empresarios locales, algunos de ellos tomaron acción en el asunto: presentaron a los dueños ofertas de comprar el periódico. En el momento hay por lo menos tres ofertas multimillonarias serias sobre la mesa. Compiten entre ellas, pero tienen un elemento básico en común: el propósito de convertir al periódico en una institución sólida que prioriza su función informativa y en beneficio de la comunidad metropolitana encima de la maximización de la ganancia.

Las personas detrás de estas ofertas no son intelectuales izquierdosos, ni sindicalistas, ni soñadores románticos (normalmente no tienen la liquidez necesaria para comprar periódicos grandes), sino empresarios que tienen esta liquidez precisamente porque han probado, en el duro mundo de los negocios y las finanzas, que saben administrar, saben competir, saben de costos y su relación con los ingresos. Uno hizo su dinero en construcción e inmuebles y se unió con otro que se hizo millonario con sus supermercados; la segunda oferta proviene de uno de los personeros más ricos y prominentes del país, cuya riqueza proviene de su liderazgo en el mundo del entretenimiento; y la tercera oferta –hasta ahora la menos consolidada pero la más interesante- fue hecha por un miembro disidente de la familia fundadora del periódico y de la junta supervisora de la empresa que ahora es dueña del periódico. Este hombre con su apellido tan aristocrático, cuyos predecesores determinaron la historia de la ciudad, quiere movilizar a los lectores y anunciantes del periódico a crear un fondo común para recuperar el periódico, modernizarlo y usarlo para fomentar el desarrollo de la comunidad metropolitana. Sobre todo: para hacerlo, de una vez por todas, independiente del gran capital financiero y sus intereses.
El actual estado de las cosas: Los dueños del periódico dejaron saber que no están interesados en vender el periódico a nadie. Por lo contrario, anuncian seguir adelante con sus planes de reducir costos y personal y sustituir a todos los ejecutivos opuestos a esta política.

Entonces, los empresarios interesados en comprar el periódico aumentaron su apuesta: quieren comprar todo el consorcio dueño del periódico, desmembrarlo y quedarse con el periódico que consideran institución insignia de su ciudad digna de recuperar, sanear y fortalecer en independencia editorial y en su misión informativa, cultural y fiscalizadora.

Me imagino que a esta altura el último de mis lectores se ha dado cuenta que no estoy hablando de La Prensa Gráfica ni de El Diario de Hoy. No que no sean dignas de una acción decidida de recuperación. No que en estos periódicos no sea necesaria la intervención de empresarios visionarios…

Lastimosamente, en El Salvador no han aparecido ni editores ni mucho menos gerentes generales de periódicos dispuestos a arriesgar su carrera oponiéndose a los intereses de los dueños. Lastimosamente tampoco han aparecido empresarios dispuestos a invertir e intervenir en el rescate de nuestros periódicos. No tenemos empresarios tan visionarios que estén decididos a financiar medios para que sean fuertes, profesionales e independientes – incluso de ellos mismos. No han tomado acción aquí empresarios que apuestan a un medio que, en vez de depender de ellos y servir sus intereses, dependan del conjunto: la ciudad, el país y de la comunidad.

Sin embargo, la historia aquí contada no es invento. Es la historia reciente de Los Angeles Times, uno de los tres periódicos líderes de Estados Unidos. Lanzado por la familia Chandler en 1886, fue vendido en 2000 a la Tribune Company con sede en Chicago, la cual, a su vez, es controlada por inversionistas de Wall Street.

En seis años, los nuevos dueños han cambiado tres veces a los máximos ejecutivos de dirección del Los Angeles Times para reducir personal y costos editoriales. En Octubre del 2006, obligaron a renunciar al publisher (gerente general) Jeff Johnson, porque junto al editor (jefe de redacción) Dean Baquet, se negó a ejecutar los planes de reducción de personal y gastos, con el argumento que “periódicos no pueden abrir su camino hacia el futuro con recortes”. Un mes más tarde, también el editor jefe Dean Baquet es forzado a renunciar. Su pecado: En vez de despedir a sus colaboradores, convocó una conferencia de editores de todos los medios que propiedad de la Tribune Company, organizando la resistencia contra la casa matriz. Sí, existen editores con columna vertebral intacta…

Tampoco los empresarios visionarios son invento mío. Existen. Por lo menos en Los Ángeles: por ejemplo Eli Broad, quien se hizo multi-billionario en el mercado de construcción y famoso por sus donaciones –igualmente billionarias- a las instituciones culturales de su ciudad; por ejemplo Ron Burkle, quien hizo su fortuna con supermercados; por ejemplo David Geffen, magnate de la industria musical y cinematográfica, amigo personal de Bill Clinton, ex novio de Cher.
También es personaje real el heredero rebelde: Harry B. Chandler, bisnieto del fundador del periódico e hijo del último Chandler al mando del periódico. Tampoco es un hippie o romántico. Representa los intereses de la familia Chandler en la junta del Tribune Company. Este heredero de una familia que durante décadas controlaba buena parte de los destinos de Los Ángeles, dice lo siguiente: “Todos deberíamos estar preocupados ante la posibilidad de una venta del LA Times a unos dueños que le quieren exprimir incluso más ganancias; o a un empresario egocéntrico con una agenda personal. Por Dios, mi bisabuelo fue este tipo de personaje, y a mi papá le costó el trabajo de medio siglo para deshacer este legado de un periódico como instrumento de una persona y convertirlo en el gran periódico que es ahora.”

Por esto, Harry B. Chandler, en vez de apoyar a los diferentes billonarios que quieren comprar el LA Times, propone un modelo “más allá de las corporaciones y de los especulantes de la bolas de valores”: amplia distribución de las acciones entre los lectores y la comunidad de Los Ángeles.
Leyendo las distintas declaraciones de los tres grupos que quieren comprar y rescatar al LA Times, parece que todos quieren, aunque con métodos y enfoques diferentes, lo mismo: un periódico al servicio de Los ángeles; un periódico libre de intereses foráneos, incluyendo los de Wall Street. Un periódico profesional, donde los criterios periodísticos prevalecen sobre los intereses financieros. Un periódico que sea financieramente sano, pero en función de su misión editorial.

Que bueno que hay periodistas, editores, gerentes y potenciales inversionistas capaces de compartir este sueño. Aunque lastimosamente, no en San Salvador… Pero como dicen: Cuando el chucho ladra en Estados Unidos, nosotros movemos la cola. Ojalá.

PD. Este es una columna de opinión, no una investigación. Toda la información se basa en dos artículos en Los Angeles Times: de James Rainey/Thomas S. Mulligan del 9 de noviembre de 2006; y de James Rainey del 6 de noviembre de 2006; y uno de Eva Schweitzer en Die Zeit (Alemania) del 28 de noviembre de 2006.
(Publicado en El Faro)