lunes, 4 de junio de 2007

Entertainment by El Faro (Guaya Molina)

¡Él fue el que empezó, Seño!!
Bien cabalito lo agarré
con mi poema en la mano
y todo el grado risirisa
que ya se hacían pipí.

¡Es quel asiés, seño!
Cré que ya sólo porque no mano…
Dijimos que no valían pollas
y él más se aprovechaba
cuando venía con catarro…
Solo porque yo me orinéen su cuaderno de Sociales.
Pero yo de cariño luago….
____._____.______._______

A los dos los voy a agarrar a cinchazos
si no se dan un abrazo de media hora
enmedio de la cancha de básquet.
¡Monos desocupados!

Otras opiniones

QUE RARO LO DE PAOLO LUERS

Rafael Menjivar en su blog Tribulaciones y asteriscos, 26 de mayo 07


Hace unos días escribí un post titulado La KGB, Cayetano y el silver-roll, que tomaba como pretexto un artículo de Paolo Luers titulado "El PC y su madre la KGB". Como casi todo lo que escribe Paolo me pareció fuerte, divertido y, desde luego, irritante, que es la característica principal de sus notas, sin que ello vaya en su contra. El martes o miércoles por la noche me llamó una buena amiga para decirme que El faro lo había retirado y, a cambio, había puesto una nota de disculpas, que --si no la quitan también-- debe estar aquí; que lo único que quedaba del artículo era lo que está en mi post.


La nota dice:


El Faro ha decidido retirar de esta edición la columna de Paolo Luers titulada “Del PC y su madre KGB”, que originalmente apareció publicada el lunes 21 de mayo en este espacio. La dirección del periódico tiene reservas sobre la veracidad de algunas de las aseveraciones vertidas en la columna de Luers, referidas a las fuentes y la manera en que se llevó a cabo un reportaje del periodista Ricardo Valencia publicado recientemente en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.El Faro asume la responsabilidad por no haber aplicado en el momento oportuno los filtros de calidad necesarios y lamenta los posibles efectos de este hecho para el periodista, su publicación o nuestros lectores.


No me voy a poner a hablar cosas acerca de la libertad de expresión y todo eso, porque uno siempre termina poniéndose llorón, sacerdotal o confundiendo gimnasias con magnesias. Creo que todo medio de comunicación tiene una línea editorial (una apuesta política), que debe moverse dentro de ella, con márgenes tan amplios como pueda o quiera, y que ya sabrán los editores qué publican, qué no y --en el caso de un medio electrónico-- qué retiran cuando ya esté publicado. Es su apuesta y su responsabilidad ante sus lectores y ante ellos mismos; colaboradores siempre habrá. Paolo, como periodista curtido, sabe que sus escritos siempre se mueven in the edge, y en esos casos uno asume su responsabilidad de antemano. Y ya sabrá uno si quiere seguir escribiendo o no en el lugar de antes.


Lo que me extraña es que he leído notas mucho más duras que la que escribió acerca de la KGB y el PC salvadoreño, con más nombres y apellidos, especulaciones mucho más fuertes y tonos bastante más elevados. Y me extraña, también, la ambigüedad de los argumentos de El faro: que es dudoso lo que escribe acerca del modo en que Ricardo Valencia llevó a cabo el reportaje y sus fuentes, y que tiene "reservas".Según recuerdo (por desgracia no guardé el artículo de Paolo, como a veces hago; si alguien lo hizo, agradecería que me lo enviara), lo más que decía al respecto era que de seguro Valencia había viajado a La Habana por contactos del PCS, ya que no veía otro modo en que un reportero pudiera conectarse --precisamente en La Habana-- con un agente retirado de la KGB. No sé si sea cierto, pero suena lógico. Si me preguntan, y si fuera mi decisión --obviamente no lo es--, lo que correspondía era que Valencia respondiera a las "acusaciones", si es que se le daba la gana, y me parece que, en caso de respuesta, bien podía usar un tecnicismo ("no voy a revelar mis fuentes") o decir tanta verdad como quisiera.


Otra cosa que decía Paolo era que Valencia se había creído lo que le habían dicho sus fuentes primarias y no se había puesto a cotejar con otras, en busca de contrapartes. No sé a los demás, pero a mí me resulta obvio que así fue. (Lo que me pueda constar personalmente me lo reservo por ahora.) Los datos están tan bien manejados que un lector poco avezado no se da cuenta de que no tienen mucho sustento, y están llenos de vacíos y ambigüedades. Por ejemplo, hablé con algunos ex militantes del ERP y me dijeron que en efecto existió un lote de armas de la URSS, y que muy pocas entraron de Managua a El Salvador por un motivo sencillo: eran inservibles. Eso es consistente con la política de la URSS hacia el FMLN (que se negociara y se acabara la guerra de una buena vez): mandar un montón de armas es un gesto político, y que no sirvan también. Eso si las personas con las que hablé tienen razón. Si no, queda la teoría de la triangulación: eran para Nicaragua, llegan a través de Cuba, y los sandinistas las remiten al FMLN. Total, especular es gratis. Como editor de Enfoques (que no lo soy ni de cerca), no hubiera dejado pasar el reportaje, por el simple hecho de que estaba incompleto y sin contrapartes.


La otra es que Paolo decía que Valencia le parece un periodista talentoso --también lo comparto--, pero que aún le falta, y le da, basado en el reportaje, algunos consejos, entre ellos que no crea tan fácilmente en una revelación como la que le hicieron, que puede venir envenenada (no usó esa palabra, pero vale). Seguro que eso debió ser irritante para el reportero, y allí hubiera sido interesante su respuesta. No por el morbo de ver a dos personas peleando, sino porque de seguro se hubiese desatado un interesante debate acerca de periodismo que buena falta nos hace. Se publica casa cosa, y con tan poca consistencia en nuestros medios de comunicación...


Lo otro es que la "aclaración" de El faro me parece ofensiva para Paolo, innecesariamente: eso de asumir "la responsabilidad por no haber aplicado en el momento oportuno los filtros de calidad necesarios" suena a golpe bajo. La calidad de un reportaje se puede medir técnicamente; la de una opinión, salvo insultos, difamación o crímenes contra la gramática, no. Va en gustos, e igual se publica cada cosa... Paolo, hasta donde sé, no estaba haciendo un reportaje, sino dando su opinión acerca de uno, dentro de márgenes admisibles (insisto: ha escrito cosas más fuertes y no se ha dudado de su "calidad").¿Qué veo en el retiro del artículo y en una aclaración que resulta extrañísima en un medio que se ha caracterizado por su apertura politica, ideológica y de la que sea? (Por eso de vez en cuando me he atrevido a escribir allí.) Sensibilidades heridas, apresuramiento y un modo no muy periodístico de resolver un problema que no existía. Ahora quizá exista un problema, de la magnitud que uno quiera imaginarse, pero ya dije que de eso no voy a opinar.


Lástima. Diez años de trayectoria pueden sufrir más de lo que uno quisiera por un detalle de ese tipo. Ojalá no ocurra; leo El faro desde que se fundó (aún vivía en México) y siempre me pareció de lo más interesante que podía encontrarse, junto con Vértice y --ni más ni menos-- Enfoques.


...

Rafael Menjívar en su blog, 28 de mayo



Paolo Luers publica hoy su última "Columna transversal" en El faro y, curiosamente, su contenido es tanto o más fuerte que la que se retiró de la edición de la semana pasada. Los señalamientos, me parece, son más profundos y, en suma, sigo sin entender por qué quitaron la anterior. En algún momento dice Paolo algo que me parece bastante maduro y acertado:

No había necesidad ninguna que El Faro suspenda la columna, sólo porque tenemos un dilema, aunque sea en un punto de gran importancia de su definición como medio. Si El Faro llega a este extremo de suspender mi columna, tengo que aceptar que sus dueños y directores perdieron la confianza en mi criterio, en mi integridad, en mis intenciones en el uso de la crítica. Para ser columnista, no necesito que los editores estén de acuerdo con mis puntos de vista, ni siquiera con mis métodos. Pero sí necesito saber que me tienen confianza.

Hay otro par de columnas el El faro en las cuales se discute el acierto o no de retirar la columna y de Paolo al escribirla. Creo que esa apertura es un tanto tardía (o más bien: retirar la columna fue una falta de apertura un tanto tardía, a nueve años de fundada la revista), y espero de corazón que el hecho no afecte seriamente la credibilidad de El faro, ganada a pulso. En serio que un "incidente" así puede hacer mucho daño, sobre todo si no se ven claros los motivos, más allá de lo que Paolo o los editores pudieran decir, que no aclara mucho. A menos que la idea fuera deshacerse de Paolo --lo dudo--: si había un modo, era ése.Ahora bien, veo un ejercicio interesante e importante de honestidad en la columna de Ricardo Ribera, a quien no conozco, por cierto. Al terminar de elaborar su columna, se enteró del retiro de la nota de Paolo y, aunque su texto contiene un fuerte ataque a éste, hay un paréntesis al final en el que plantea puntos básicos de solidaridad, reconoce los puntos acertados o "no negativos" de su adversario y habla de la necesidad de que los lectores de El faro conozcan la columna que se retiró.Para ser sincero, no sé qué pensar ni qué hacer. Creo, por lo poco que puede verse, que hubo sensibilidades heridas --y más bien hipersensibilidades-- y apresuramiento de parte de los editores. He creído en El faro desde que comenzó a aparecer, y leo regularmente buena parte de su contenido. ¿Quiero seguir leyéndolo? Supongo que sí. Pero hoy que lo vi recién puesto en internet sentí una cierta molestia, incluso al encontrar que se incluía la última columna de Paolo y las críticas a la anterior. No es que esté de acuerdo con él siempre, y a veces no lo estoy durante semanas, pero es de las que no me pierdo --o perdía--, y lo primero que busco --o buscaba-- en El faro. Me molestó también que se trate "tan abiertamente" el tema en este número. Esperaría que un gesto de autoridad fuera seguido por otro, aunque fuera por coherencia; no se puede jugar --creo-- a las dos cosas al mismo tiempo. Cuando uno mete la pata, hay que meterla completa, o el juego no tiene chiste.


(...)

Pues sí, sensibilidades heridas. En la sección de cartas de El faro se publican las respuestas del reportero Ricardo Valencia y de su editor, Saúl Vaquerano, no acerca de la columna de Paolo Luers, sino en contra del propio Paolo. Me parecen viscerales y, perdonen la franqueza, más dignas de una hija de dominio ofendida que de periodistas que andan en lo que se supone que andan. Por ejemplo lo que dice Vaquerano:

No es primera vez que leo con tal atención a Lüers. Porque con frecuencia escribe con lucidez, con ecuanimidad, con amenidad, con agudeza y a salvo de garbos absurdos. Porque, antes que juzgar, argumenta. Porque, antes que inventar, averigua. Porque, antes que usar los dedos de las manos en su computador, los conecta a su cerebro. En fin, porque me da la impresión de que es un periodista que tiene algún respeto por el periodismo. ¿O lo tenía? ¿Qué cortocircuito desafortunado le hizo mezclar opinión con falso testimonio? ¿Acaso una falla de sinapsis le jugó una mala pasada? ¿Tal vez una disfunción sicomotora no coordinó sus pensamientos con lo que los dedos escribían? Quién sabe. Pero el producto habla de la fábrica de la que sale, y la columna de Lüers ensucia, injustificadamente, el nombre de algunas personas.


El periodismo es un oficio que requiere de dos cosas: pasión y sangre fría (además de técnica, ejem). En este asunto se han movido más por lo primero que por lo segundo y, si se lee las cartas, hay más necesidad de destruir que de aprender algo. Y hay muchas cosas que aprender. Siempre.


Sigo sin entender qué diablos pasó allí. Creo que sería interesante que se contara La Verdadera Historia, porque lo que veo no pasa de berrinches (y no incluyo en ello a Paolo, y no necesito defenderlo, que para eso tiene dientes).


...

Rafael Menjívar en su blog, el 29 de mayo

Carlos Dada, director de El faro, publicó hoy una nueva aclaración acerca del retiro de la columna de Paolo, que --si no cambia de opinión por criterios de calidad-- puede encontrarse aquí. En lo que me parece la parte medular, dice:


La columna de Paolo la recibí yo el domingo 20 de mayo por la noche, justo enmedio del cierre y puesta en página de la edición del lunes 21, y cometí el error de no revisarla con el cuidado que amerita cada material que publicamos. En ese momento fui incapaz de ver que, cuando la pasé para publicación, estaba avalando un error (el que Paolo cometió con su columna) y cometiendo otro (publicarla). Ambos parten del mismo lugar: Paolo, en su columna, hacía afirmaciones que calumniaban y difamaban a un periodista, Ricardo Valencia, autor de un reportaje publicado en La Prensa Gráfica sobre la transferencia de armas de la KGB al Partido Comunista en los años ochenta.

Pues sí. Y, en el fondo, el del "error" fue el columnista, por escribir lo que escribió; el editor apenas habrá cometido un descuido.


Quizá hubiera sido bueno que Valencia dijera, en una nota, simplemente: "Eso no fue así, sino de este modo." Y listo. No veo difamación, o no veo que por eso se vaya a sentar precedentes jurídicos, ni por la afirmación de Paolo ni por la respuesta de Valencia. A lo sumo, una interesante discusión acerca del periodismo y sus alcances, en la que los protagonistas son precisamente los protagonistas, no las... uh... autoridades. Ah: porque la aclaración de Dada ocurre sin que uno pueda leer, en El faro, la nota acusada y recusada. Bien cómodo.


Y si mi tía tuviera ruedas.


Lo que me parece es que El faro se enfrenta a un replanteamiento ético (la "institucionalzación" de la que habla Dada). Durante nueve años mantuvo una línea, de pronto se modifica durante un número y al siguiente... bueno, se arma el relajo, como era de esperarse. No me parece que lo del retiro sea una excepción a la regla (o una confirmación de una regla "de calidad"), sino un nuevo punto de partida: cómo van a funcionar las cosas y bajo qué reglas a partir de ese momento. Por ejemplo, quizá empiece un rechazadero de columnas --he leído varias malísimas-- y así se pierdan colaboradores, en aras de justificar lo que pasó sólo una vez; o que se publique de todo, para mostrar apertura, y decaiga la sección de opinión. O qué sé yo. A lo mejor encuentran un buen equilibrio y hasta ahora he estado diciendo tonterías, que también puede ser. (Aunque me esté autodifamando, no voy a borrar este post.)


No tengo nada contra El faro. Al contrario. No tengo nada espacial con Paolo, excepto que a veces platicamos y nos reímos y que en La ventana venden unas ricas salchichas con col agria. Estoy desconcertado. Creo que el editor se aceleró, hizo algo que quizá no debió y ahora trata de salir lo más limpio posible. Y de algo así uno no sale limpio, y menos si sigue buscando responsabilidadesen otros lados que no sean el espejo.


Espero que todo sea para bien. Lástima por la columna.



...

Paolo Y El Faro
de Jacinta Escudos, el 29 de mayo 2007, Blog jacintario


Estoy segura que no fui la única sorprendida el día de ayer cuando al leer el periódico digital El Faro supimos que Paolo Luers publicaba la última entrega de su Columna Transversal. En lo personal lamento muchísimo la futura ausencia de las opiniones de Paolo. Su columna se caracterizó siempre por sus críticas agudas y provocativas, por poner el dedo en muchas llagas. De hecho, la carrera periodística de Luers se caracteriza en su totalidad por ello. Su columna era sin duda una de las más leídas del Faro.Para los que vivimos fuera de El Salvador, El Faro es un medio electrónico importante, fuente de noticias enfocadas desde un punto de vista diferente, proporcionando un contexto que, para los que no estamos en el territorio nacional, ofrecen un complemento de apreciaciones que nos permite comprender algo mejor lo que ocurre en el país. Precisamente ese carácter diferente, de querer abarcar la noticia de manera completa, sin favorecer intereses económicos o políticos, es lo que ha hecho que El Faro haya ganado prestigio como medio alternativo y serio de información. Desde El Faro se promovieron también algunas instancias de diálogo como los encuentros entre diversos actores de la vida política, social y económica del país que implicaron un intercambio de ideas y un debate tan saludable y sobre todo necesario en El Salvador, un país donde sus habitantes están más dispuestos a arreglar las cosas con insultos, desprestigio público o balazos que con la discusión respetuosa.


Que un medio publique algo que después probó ser un error o algo con lo que sus editores no estén plenamente de acuerdo, ha pasado más de una vez en la historia de los medios de comunicación. Pero la “solución” a ello no es retirar la nota que causó la discordia. Si El Faro hubiera sido un periódico impreso ¿qué hubieran hecho?


No sé qué pasó entre bastidores para que los editores de El Faro hubieran retirado una columna, pero como lectora de años de este periódico, hubiera esperado otro tipo de reacción. Lo hecho me parece desproporcionado y sinceramente no puede comprenderse. Y eso me hace preguntarme qué cosas ocurren tras bastidores de las que no nos hemos ni dado cuenta.


Una nota del editor criticando a su columnista y reiterando que las opiniones de éstos son responsabilidad de quien escribe, nunca hace daño. Pero suponer que la columna de Paolo no pasó por “los filtros de calidad necesarios” como argumentó El Faro, habla mal del periódico mismo. A fin de cuentas, nadie se tragó ese cuento. Más edificante hubiera sido un debate abierto. Un debate que todos hubiéramos podido leer y seguir y en el que hubiéramos podido participar y opinar, incluso desde nuestros blogs. Y digo que hubiera sido edificante porque este tipo de situaciones ya las hemos vivido hasta el cansancio, desde los años de la censura y la represión militar. Y porque precisamente eso ha condicionado entre los salvadoreños una actitud de huir del intercambio de ideas, escuchar las opiniones del otro, argumentar las propias y llegar a un punto de respeto con quien tiene una visión diferente de las cosas. Me decepciona que estas cosas ocurran todavía en El Salvador. Y decepciona más viniendo de un medio que uno consideraba “diferente”, de un medio que insistió en promover el diálogo y el debate entre los diferentes actores del panorama nacional sentándolos en una misma mesa. En casa de herrero, cuchillo de palo.

...


Neto Rivas en su blog:
Si un medio cancela la participación semanal de uno de sus columnistas, ¿se ha violado la libertad de expresión? Yo creo que no. Un medio tiene absoluta libertad de escoger quien va a colaborar en sus páginas editoriales como columnista. Y si se llega al momento en el que medio no está de acuerdo o conforme con lo que su columnista escribe, puede, con toda libertad, cancelarlo.Lo que el medio no puede hacer es editar el contenido de una columna, hasta cambiar su contexto y desfigurarla.En la edición actual de El Faro, el columnista Pablo Lüers se despide de sus lectores, porque el Director del semanario decidió retirar de la edición pasada su columna Del PC y su madre KGB, que ya había sido publicada. Dice El Faro (la dirección) ha “decidido retirar de esta edición la columna de Paolo Luers titulada “Del PC y su madre KGB”, que originalmente apareció publicada el lunes 21 de mayo en este espacio. La dirección del periódico tiene reservas sobre la veracidad de algunas de las aseveraciones vertidas en la columna de Luers, referidas a las fuentes y la manera en que se llevó a cabo un reportaje del periodista Ricardo Valencia publicado recientemente en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica”.La disposición de su Director provocó que Lüers decidiera retirarse del periódico. Las decisiones de ambos, de El Faro de retirar la columna y de Lüers de retirarse, son correctas desde el punto de vista de cada uno. Y, de ninguna manera, violan la libertad de expresión.

Reportaje y sospecha (de Álvaro Rivera Larios)

Sí, posiblemente Paolo Luers se excedió en el planteamiento de sus ideas, pero su observación de fondo era razonable: el reportaje de Ricardo Valencia es parcial. Aunque sea un trabajo meritorio, no puede ofrecerse a los lectores como un sustituto de la investigación histórica. Su verdad, que la tiene, hay que examinarla cuidadosamente.

Las tesis de Paolo pueden sostenerse sin que haga falta recurrir ni a la intención del periodista ni a la de sus fuentes informativas. En estos casos, demostrar la intencionalidad (buena o mala) resulta difícil. Sí se puede aventurar las posibles consecuencias e interpretaciones que tendrá el reportaje. Nadie tiene por qué rasgarse la ropa si un articulista señala que el reportaje de Valencia le viene bien al discurso nacionalista de Arena y al deseo que tiene el PCS de confeccionarse una historia a su medida.

Al igual que la mercancía, los hechos nunca van solos al mercado de la noticia. Siempre los acompaña un marco interpretativo y unos criterios implícitos de oportunidad y valoración que es necesario “leer” de forma crítica. Ante un reportaje es lícito hacerse la pregunta sobre la naturaleza y los límites de su verdad. Preguntar si la interpretación que da de los hechos beneficia directa o indirectamente a un sector social determinado, no es simple ociosidad baldía. Las verdades en el mundo de la noticia, no por serlo dejan de obedecer (a veces) a un criterio de oportunidad, a un por qué, un para qué y un para quién. Nadie discute que pueda existir la información pura, pero sabemos que en la vida real algunas noticias, por variados condicionamientos, son de incierta pureza.

Como bien dice el filósofo británico Julian Baggini: Ahora somos más escépticos, tanto respecto de nuestros gobiernos como de nuestros medios de comunicación. Ya no confiamos en que alguno de ellos nos presente la verdad. Masticamos una y otra vez lo que nos dicen antes que tragarlo todo de una vez. En resumen, el público es mucho menos ingenuo de lo que solía ser. (Julian Baggini, Más allá de la noticia, Ediciones Cátedra). Habría que precisar hasta dónde es lícito ser ingenuo y hasta dónde procede llevar la sospecha. Ser crédulo no es bueno en un mundo donde las palabras pueden torcer o magnificar los datos, al mismo tiempo que tratan de influir en nuestras valoraciones. Manejar la sospecha sin criterio también es arriesgado porque incluso ahí donde los hechos se deforman pueden haber rastros valiosos de lo cierto.

No podemos sostener la teoría maniquea de que todos los periodistas están teledirigidos. Pero tampoco es malo recordar que a veces “una persona no sabe para quien trabaja” y tampoco es malo recordar que los periódicos tienen una línea editorial y una agenda informativa que no siempre se hayan a salvo de orientaciones ideológicas.

La sospecha, como forma de lectura, es el mecanismo de defensa que tiene el público para impedir que le vendan gato por liebre. El periodismo, como cualquier otro discurso con pretensiones de veracidad, debe someterse a la mirada crítica del lector y más cuando sabemos que no todos los reportajes son inocentes.

La guerra de Iraq ha suscitado un debate filosófico sobre las problemáticas relaciones entre periodismo y verdad o entre periodismo y propaganda.

Hay un claro posicionamiento ideológico en el trato informativo y editorial que cierta prensa le da al principal grupo de la oposición en nuestro país. Y dicha prensa es libre de asumirlo. El problema surge cuando los enfoques parciales e interesados se venden como una noticia neutra.
Demostrar ese enfoque interesado no es fácil porque el periodismo moderno oculta las huellas evidentes de su posicionamiento ideológico. Hay que buscarlo en las mayúsculas, en la elección de los adjetivos, en la preferencia por ciertas palabras y no otras (no es lo mismo escribir muchedumbre que poner turba, por ejemplo). El ideario hay que buscarlo en la forma que tiene el periódico de interpretar/ narrar las principales noticias, en los rostros a los que otorga con más frecuencia primeros planos y en la valoración positiva o negativa que les atribuye con más insistencia. También en aquellas historias que minimiza o calla, puede descubrirse la tendencia de un medio. Su línea hay que rastrearla, de igual forma, en la docilidad con que acepta la versión de las fuentes gubernamentales o en la importancia que les asigna en la estructuración formal de la noticia. Y ahí están las fotos que se “seleccionan” y los pies de foto y los grandes titulares.

Dicha agenda, aunque sea difusa, tiene unos lineamientos básicos que no dependen siempre de la buena o la mala intención de los periodistas. Las estrategias comunicativas del medio y su filosofía de la información no las determinan las orientaciones de sentido particulares.

El partido gubernamental, como cualquier otro, tiene una política de trato con los medios informativos. El poder sabe cómo influyen radio, televisión y prensa en los avatares y el perfil de la opinión pública.

No es extraño, pues, que una de las batallas de la pugna por el poder se libre en el seno de la opinión pública. Lenin sabía que veinte comunistas locos no eran nada si carecían de un periódico de proyección estatal.

Vistas las cosas así ¿Por qué no íbamos a examinar del derecho y el revés un reportaje como el de Ricardo Valencia? ¿Por qué no íbamos a interpretarlo a la luz del contexto? ¿Por qué no íbamos a señalar sus carencias? Está bien escrito, desde luego, pero eso en el periodismo es sólo la mitad de la vida. Está bien escrito, desde luego, y es muy profesional, pero eso, a la luz de las verdades complejas, también es sólo la mitad de la vida.

Decir que es un fragmento, y un fragmento que le puede venir bien al PCS y al partido gubernamental, no es hablar de intenciones, sino de consecuencias ideológicas. Y que no se resienta Ricardo por la sospecha, que no va dirigida contra él, ni dirigida contra nadie. La sospecha es el mecanismo de defensa que tienen los ciudadanos en una democracia, el mecanismo que los vacuna contra toda posible manipulación del lenguaje y que los lleva a leer entre líneas para separar el trigo real de la paja aparente. Y todo esto, obviamente, no es un asunto personal ni de buenas o de malas intenciones.

PD/ Un fuerte abrazo a Paolo Luers.
(Publicado en El Faro)

martes, 29 de mayo de 2007

Un debate intenso (de Carlos Dada)

El retiro de la columna de Paolo Luers titulada “El PC y su madre KGB” ha generado un intenso e interesante debate, y deja ver, en primer lugar, que la nota aclaratoria que El Faro colocó a manera de explicación fue insuficiente. Dadas las interrogantes planteadas por algunos de nuestros lectores he decidido escribir estas palabras para intentar aclarar algunas de esas dudas o, al menos, aportar nuevos elementos al debate.

Hemos recibido una gran cantidad de cartas, preguntas, consejos, felicitaciones, llamadas de atención y reclamos por haber bajado la columna. (Un lector incluso aventuró que se trataba de un truco mercadológico de El Faro para “posicionarse como un medio donde está el mero jugo de los debates de interés”). Tomamos estas expresiones como muestras de cariño, interés y preocupación honesta de nuestros lectores por el trabajo que hacemos todos los que formamos parte de El Faro.

Nueve años se dicen fácilmente, pero ha sido un largo camino en el que hemos tropezado muchas veces e intentado aprender de nuestros errores. Aún falta mucho camino por recorrer, y de esta experiencia, como de las anteriores, esperamos poder también sacar las lecciones apropiadas.

La columna de Paolo la recibí yo el domingo 20 de mayo por la noche, justo enmedio del cierre y puesta en página de la edición del lunes 21, y cometí el error de no revisarla con el cuidado que amerita cada material que publicamos. En ese momento fui incapaz de ver que, cuando la pasé para publicación, estaba avalando un error (el que Paolo cometió con su columna) y cometiendo otro (publicarla). Ambos parten del mismo lugar: Paolo, en su columna, hacía afirmaciones que calumniaban y difamaban a un periodista, Ricardo Valencia, autor de un reportaje publicado en La Prensa Gráfica sobre la transferencia de armas de la KGB al Partido Comunista en los años ochenta.

No me toca a mí, ni a El Faro, defender el reportaje de Ricardo Valencia. Eso le corresponde a él y a sus editores. Y nada del contenido de ese reportaje tuvo incidencia alguna en la decisión de retirar posteriormente la columna de Paolo Luers. Esto lo digo ante algunos reclamos de que El Faro, al retirar la columna, ha querido impedir el debate sobre un capítulo del conflicto armado que sin duda alguna es más importante para algunos de nuestros lectores de lo que nos imaginábamos. Pero esto no es así. El Faro ha sido desde sus inicios un lugar de debate sobre nuestra historia y no pretende dejar de serlo, basta un rápido paseo por nuestros archivos para confirmarlo.

Pero Paolo, tal como él mismo admite, creyó a partir de su propia experiencia que Ricardo Valencia obtuvo toda su información, y consiguió viajar a La Habana, gracias a los buenos oficios del Partido Comunista. No deja espacios siquiera para la sospecha, asume, y asegura, que el periodista básicamente publicó lo que el PC le dijo que publicara. Pero el autor de la columna tampoco tenía otros elementos, más que sus propias elucubraciones, para creer esto. Y se equivocó, porque las cosas no fueron así. Al dar por hecho en su columna que el PC no solo fue fuente, sino creadora del reportaje, estaba calumniando y difamando a un periodista que, como el mismo Valencia expresó en una carta que publicamos en esta edición, vive justamente de que sus lectores le crean lo que publica. Cuando en la dirección del periódico dimensionamos lo grave de las afirmaciones decidimos retirar la columna y poner en su lugar una nota aclaratoria. Básicamente lo hicimos pensando en que, si ya habíamos cometido el error de permitir que se calumniara a alguien en las páginas de El Faro durante dos días, no podíamos permitir que se continuara haciendo. Esas son las ventajas del soporte electrónico, que no está sujeto a las limitaciones físicas ni a los tiempos de los medios impresos. Puedo estar equivocado, pero creo que hicimos lo correcto, lo que nos dictaba nuestro sentido del deber.

La opinión, creen algunos, entre ellos Paolo Luers, es un género puramente subjetivo y no está sujeto a otras reglas más que a la expresión de su autor. No estamos de acuerdo con eso. La libertad de expresión también requiere de responsabilidad. Nuestro compromiso de otorgar a la ciudadanía mejores herramientas a través de nuestras publicaciones, de proveerle de información y puntos de vista diversos, descansa sobre una premisa básica: la búsqueda de la verdad. Y la opinión es también un género periodístico. Cuando El Faro entrega uno de estos espacios a una persona lo hace porque confía en que aportará importantes elementos de reflexión a partir de los hechos que van marcando nuestra vida en sociedad. Confía en que sus opiniones parten de información valorada de manera responsable y, como saben todos nuestros columnistas, que el espacio no es ni para autopromocionarse o abusar del espacio para promocionar causas personales, ni para lanzar acusaciones infundadas. Estas son las normas para los columnistas, y se cumplen, casi siempre, por todos. Cuando alguno de ellos falla, objetamos la publicación y le hacemos saber las razones. Eso es parte de nuestro trabajo y ya hemos dejado varias columnas fuera.

Paolo dice en su última columna que cuando retiramos su texto anterior confirmó que los directores de El Faro le hemos perdido la confianza. Esto tampoco es cierto. La confianza no se pierde por cometer un error con una columna, que es lo único que yo veo aquí. Paolo es provocador por naturaleza, y él sabe bien que nos ha causado más de un dolor de cabeza. Pero su opinión siempre nos ha parecido importante, aún las veces en que no hemos estado de acuerdo con ella.

A Paolo Luers no sólo le hemos confiado una columna de opinión. Le confiamos un proyecto de dos años, que terminó recién el mes pasado, y que consideramos desde el principio fundamental para las aspiraciones de El Faro y sus aportes al país: Encuentros, la cena política de El Faro. Un espacio que tuvo por objeto fomentar la cultura del debate y que él coordinó desde el principio. Cuando a alguien le encomendamos un proyecto de tal envergadura es porque le tenemos una confianza que no se pierde por una columna mal puesta. A pesar de nuestros desacuerdos, y de varias discusiones –que sólo hacen más interesante este trabajo-, él y todos nuestros periodistas y colaboradores saben que irremediablemente viajamos todos en el mismo barco, porque buscamos lo mismo: un verdadero medio de comunicación independiente, inteligente y honesto. En este viaje, todos cometemos errores. A veces los columnistas, a veces los periodistas, a veces los editores y a veces los directores.

Hemos iniciado una reflexión sobre lo ocurrido en estas dos semanas, tomando en cuenta las opiniones de todos los que se han tomado la molestia de escribirnos. Esperamos que eso nos ayude a institucionalizar los procedimientos y avanzar en la consolidación de nuestra organización. Y esperamos que ustedes nos sigan aportando con sus ideas, reclamos y sugerencias. A través del debate y la reflexión, en El Faro buscamos constantemente institucionalizar el carácter de nuestro periódico como un medio plural, comprometido con la honestidad y con el ejercicio serio y responsable del periodismo como bien público, que sirve así a la democracia. Lo que está en construcción es un proyecto que se nutre de la diversidad, pero que es fiel a un núcleo de valores que le dan su identidad.

Pero para los tiempos que se avecinan, si algo El Faro no se puede permitir es quedarse atrapado en esta discusión. Vivimos ya, como parte de la campaña electoral adelantada, un ambiente de intolerancia y condenas absolutas a las que es tan proclive nuestro país, y a menudo también nuestro periodismo nacional. El Faro no va con eso, y nuestro compromiso y obligación es abordar la situación con la independencia y honestidad que nos han caracterizado.

(Publicado en El Faro)

lunes, 28 de mayo de 2007

Anticomunismo de izquierdas (de Ricardo Ribera)

Se nos dijo que el comunismo había desaparecido tras la caída del muro de Berlín y el posterior desplome de la Unión Soviética. Sin embargo le ha sobrevivido el otro fantasma: el anticomunismo. Es algo en lo que El Salvador no está solo. En pleno siglo XXI las derechas en otras partes también sacan a pasear su fantasmita cada vez que consideran que asustar al electorado puede rendirles votos. No es, por tanto, nada original de la derecha salvadoreña. Lo que sí empieza a ser un producto típico y exclusivo de nuestro paisito es que sigan con el mismo cuento gentes que uno creía de centro o incluso de izquierda. Es algo que ya no es fácil ver en el mundo.


De ahí que leer la columna de Paolo en El Faro la semana pasada no me haya sorprendido como debería. Dice cosas con las que puedo estar de acuerdo, pero su crítica a Ricardo Valencia es a todas luces desmedida e injusta. Lo peor, todo su escrito rebalsa de un anticomunismo visceral y poco razonable. Insiste en esa tesis de que hay coincidencias en lo que le interesa al FMLN y a ARENA que ya suena vieja y poco convincente. Presupone una identidad entre FMLN y Partido Comunista que es difícilmente sostenible. Y repite el mismo estribillo de las dos extremas que venimos oyendo desde los tiempos de Duarte. En fin, pareciera que tocar el tema “comunismo” le hace perder la brújula y el buen tino.


De ahí el bochornoso espectáculo de pretender impartir lecciones de periodismo al tiempo que su texto adolece de graves carencias. No se puede escribir “yo no pongo en duda los hechos reportados por La Prensa Gráfica” y a continuación, alegremente, especular con una serie de suposiciones y deducciones para rebatir hechos. No se puede afirmar “la mentira… está en el contexto” y después sacar totalmente fuera de contexto la temática. Si su preocupación es qué aporte hizo y qué papel tuvo cada organización integrante del FMLN durante el conflicto armado, cabría pedir un enfoque serio del mismo. A mí en lo personal el tema no me interesa, pero a quien le interese que lo aborde con seriedad. Un recuento y análisis pormenorizado de la guerra civil, que tanta falta hace, sin duda reflejará, aunque sea de manera indirecta esta cuestión. Mientras no se haga, el abordaje prejuiciado y subjetivista más invita a sudar calenturas ajenas. A revivir el sectarismo que creíamos superado.


Por lo menos, la columna en cuestión ofrece sin quererlo cierta claridad sobre lo difícil que habrá sido mantener la mínima unidad al interior del Frente. Deja clara la imposibilidad de mantenerla una vez concluido el conflicto armado. Y también da luces para que podamos entender por qué muchos de los que militaban en organizaciones revolucionarias que eran simultánea y rabiosamente anticomunistas hayan terminado donde han terminado. Querer ser radical o muy militarista no es garantía de nada, en especial cuando el escenario cambia, las formas de lucha también, y éstas exigen usar más el cerebro que los genitales, que están para otra cosa. De ahí el extraño coro de cierta izquierda - o centro, o ex-izquierda, que ya ni se sabe en qué están ni adónde- con la derecha más atrasada, fanática y recalcitrante. Ésa que todavía repite “Patria sí, comunismo no” y que en otro momento inventó el eslogan: “haga patria, mate a un cura”. Un coro desfasado y sorprendente, donde sí hay coincidencia de extremas, la extrema derecha coincidiendo con la extrema centro. Un coro tanto más alucinante y surrealista pues el fantasma al que señalan se autodisolvió hace ya varios años, integrado orgánicamente dentro del partido FMLN. Es un hecho. Comprobable. Aunque no importa pues, como hemos visto, los hechos pueden ser “refutados” con un poco de imaginación, capacidad de deducción y talento para la sospecha. Si no, relean en El Faro “Del PC y su madre KGB”. No tiene desperdicio.


(Postdata: Recién acababa de redactar esta columna, el jueves, cuando alguien me advirtió que El Faro había retirado la de Paolo. Incrédulo, corrí a comprobarlo. Era cierto. Mi primera reacción fue ya no enviar la mía, pues seguramente ya no tenía sentido. Pero después pensé que muchos de los lectores leen el periódico virtual en los primeros días de la semana, cuando la columna de Paolo aún no había desaparecido. Ellos tenían derecho a conocer mi réplica. Considerándolo más despacio, también el resto de lectores tienen el derecho de leer la de Paolo, así como mi respuesta. Es más, el propio Paolo está en todo su derecho a expresar su opinión, pues se trata de esto: de un espacio para la opinión. No me parece que él insulte a nadie, ni siquiera al reportero. Y no es cierto que falte a la “veracidad” o que diga mentiras. Supone cosas, deduce cosas, hace aseveraciones, tal vez de manera ligera y poco responsable. Pero es su opinión. Debe ser respetada. Quien no esté de acuerdo, que haga lo que yo, escribir otra columna para rebatir y para debatir. Por eso lamento la decisión de los editores de El Faro, que creo no tenía antecedentes. El error no está en “no haber aplicado en el momento oportuno los filtros de calidad necesarios”, el error está en censurar una columna de opinión. Justo cuando este medio acaba de cumplir su noveno aniversario, en cumplimiento con “el compromiso de entregar un periodismo honesto, atractivo y de calidad”. Faltaba añadir: ¡y sin censura! El error tiene enmienda. Sugiero un link para que esta semana se pueda acceder a la columna “Del PC y su madre KGB”, de Paolo Luers, permitiendo así el debate. En todo caso y como dice el dicho: “a quien le pique, que se rasque”.)

(Publicado en El Faro)

CALIDAD DE PERIODISMO Y CALIDAD DE LIBERTAD (de Jorge Ávalos)

Hace una semana todas las personas que nos preocupamos por la libertad de expresión y por el desarrollo del periodismo, descubrimos que un artículo de opinión publicado en El Faro fue removido con un pretexto que muy rara vez utiliza un medio de prensa públicamente: control de calidad. Este concepto, en efecto, debería ser invisible. Un mal artículo no debería ser publicado. Pero la semana pasada, una columna de Paolo Luers fue eliminada de forma definitiva de la edición digital después de haber sido publicada porque, según una nota editorial, se había escapado a los “filtros de calidad” de El Faro.


Esta acción podría motivar varias discusiones. La primera, sobre el artículo mismo de Luers: removerlo del periódico, ¿fue un acto editorial justificado o fue un acto de censura? La segunda pregunta es de carácter conceptual: ¿cuáles son los criterios de calidad de una columna de opinión? La tercera pregunta entra en el campo de la ética: si un artículo evade los filtros y criterios de calidad de un periódico y es publicado, ¿qué debe hacer un periódico? ¿Cuáles son las acciones constructivas que debe tomar para reparar el daño?


El 21 de mayo pasado, en su “Columna transversal”, Luers publicó un artículo de opinión titulado del “PC y su madre KGB”. El tema: “El cuento sobre la incidencia del KGB en la guerra salvadoreña, publicado pomposamente por La Prensa Gráfica”, según Luers. Un reportaje que, añade él, vale la pena analizar porque “hizo el milagro de hacer feliz, al mismo tiempo, al PC y a ARENA”. No es mi interés principal discutir el tema de la columna, sino por qué El Faro habría considerado el texto de Luers de pobre calidad.


Para ser justos, hay que señalar primero que en ningún momento Luers cuestiona la veracidad del artículo que analiza: “Yo no pongo en duda los hechos reportados por La Prensa Gráfica. Bien pueden ser correctos. La mentira no está en los detalles, las fechas, los nombres, las cifras. Está en el contexto”. El propósito fundamental de Luers al escribir este artículo radica en criticar lo que él llama “el contexto”. Pero hay que notar que al utilizar esta palabra se refiere a dos cosas muy distintas entre sí.


El primer uso de “contexto” es el propósito inmediato de su crítica. El reportaje de La Prensa Gráfica, argumenta, se enfoca de forma tan limitada en el hallazgo de la relación entre el Partido Comunista (PC) y la agencia de inteligencia soviética (KGB), que da una imagen desproporcionada del papel del PC durante la guerra. Por lo tanto, Ricardo Valencia, el periodista que escribió la serie de reportajes para la revista Enfoques, ha cometido el error de descontextualizar el objeto de su investigación. Un resultado de esto, advierte Luers, es que el artículo se presta a la manipulación de la propaganda de izquierda para justificar la preponderancia actual del PC en el FMLN; asimismo, agrega, se presta a la manipulación de la propaganda de derecha para perpetuar la idea de que la guerra civil no tuvo raíces históricas sino que se debió a la injerencia internacional del imperio soviético.


Este es un debate interesante, sin duda, pero ¿cómo explica Luers que esto haya sucedido? El segundo uso de “contexto”, implícito, es que la ausencia de contexto del reportaje de La Prensa Gráfica sobre la relación entre el PC y la KGB tiene raíces estructurales, metodológicas, pero, sobre todo, de capacidad personal: “Si uno no tiene la capacidad de complementar, contrarrestar, contextualizar la información cebo, es pecado tragársela. Es fatal. Es veneno. Es trampa”. Por consiguiente, la crítica de fondo de Luers se centra en esta noción de “información cebo”. ¿Qué implica este concepto? Que Ricardo Valencia y La Prensa Gráfica se han dejado manipular más allá de lo permisible por el PC, puesto que se les ofreció una carnada, y contra todo precepto ético, la han seguido hasta las últimas consecuencias sin cuestionar qué está detrás de ese interés por revelar esas fuentes. El argumento de fondo de Luers es que tanto Valencia como La Prensa Gráfica, mordieron un cebo, como ingenuos pececillos, y, por lo tanto, intereses políticos fantasmas han predominado sobre los intereses de la información a la que tienen derecho la ciudadanía.


Sin lugar a dudas, Luers está tocando un punto válido, porque la información cebo relacionada a un tema espectacular ofrece una de las mayores tentaciones a los periodistas. Algunas fórmulas claves para definir la competitividad en el periodismo se definen con términos como “la primicia” (lo escribí y lo publiqué antes que nadie más), “la exclusiva” (sólo yo he tenido acceso a esta información) y “la bomba” (este reportaje revela lo que nunca se ha sabido y lo cambia todo). El reportaje de Ricardo Valencia para La Prensa Gráfica sobre una relación económica y militar entre el Partido Comunista y la KGB fue una primicia, una exclusiva y una bomba. Pero, ¿fue correcto hacerlo tal y como se hizo? Luers dice que no, pero el problema de su artículo es que para hacerlo comete un “pecado” mucho mayor que el de la ausencia de contexto histórico del cual acusa a La Prensa Gráfica. Luers presume que conoce la verdad sobre cómo se realizó la investigación. Toda su argumentación se basa en la premisa de que fue el PC, y sólo el PC, quien le permitió a Valencia ir a Cuba y entrevistar a ex miembros de la KGB.


“Está bien”, escribe Luers, “que un reportero reciba del PC salvadoreño la oportunidad de ir a Cuba y entrevistar a un general del KGB retirado (porque cuesta imaginarse a un periodista de La Prensa Gráfica llegando por cuenta propia a La Habana buscando a generales retirados del KGB); está bien que reciba del PC toda la información y las pistas para reconstruir la historia de las armas recuperadas por el Vietcong y después regalados a Schafik.”


Aunque cueste imaginar que un periodista haya logrado, en La Habana, los contactos que Valencia obtuvo con ex generales de la KGB, creo que nadie tiene el derecho a cuestionar eso, ni siquiera cómo lo hizo, porque a fin de cuentas la información y la documentación necesarias para sustentar sus hallazgos están ahí, disponibles, en su reportaje. Eso es lo que cuenta. Como periodista, si yo me viese en la necesidad de entrevistar a ex generales de la KGB, yo hablaría primero con miembros del PC, porque sería el camino más fácil para hacerlo. Cualquier periodista habría hecho eso. Ahora bien, qué ocurrió primero, ¿el cebo o el impulso investigativo? Eso sólo lo puede decir Valencia y sus editores, pero no se puede armar un argumento suponiendo que sólo hay una conclusión posible. Sin embargo, Luers construye su tesis sobre el fracaso “juvenil” de Valencia y de los editores de La Prensa Gráfica sobre la presunción de que se dejaron llevar, ingenuamente, por el “periodismo de cebo”. Por muy válido que sea un argumento general contra la “información cebo”, en este caso específico, Luers está atacando a un periodista sobre la base de una especulación.


Como periodista, yo he realizado reportajes que me han llevado a descubrimientos sorprendentes. En un caso en particular, por un reportaje que escribí y que apareció publicado en El Diario de Hoy sobre el tráfico y la trata de menores de edad, la Fiscalía General de la República investigó a la División de Fronteras de la Policía Nacional Civil para tratar de averiguar quién me había proporcionado la información que me llevó a descubrir el caso. ¿Por qué hicieron esto? Por el mismo juego de razonamiento que ahora utiliza Luers: porque les costaba creer que un periodista, por su cuenta, hubiera descubierto la información y los documentos que yo descubrí. Esto a pesar de que toda la documentación que yo utilicé como referencia era de carácter legal y, por lo tanto, sólo podría haber provenido de dos fuentes: los tribunales y la Fiscalía. Tratar de desvirtuar el trabajo de un periodista suponiendo que sólo un cebo malintencionado podría justificar el logro de una investigación conlleva peligros más grandes que restarle contexto histórico a un reportaje. Por esta razón realmente no importa cuál fue el camino que utilizó Valencia para llegar a la KGB, en este caso en particular realmente no importa. Es mucho más importante recordar que tanto una investigación periodística como un artículo de opinión necesitan estar sólidamente sustentados. El reportaje de Valencia, a pesar de sus faltas, sí está sustentado. El de Luers, no.


Curiosamente, Ricardo Ribera, en su columna de opinión “Desde la academia”, también publicó un artículo sobre el mismo tema la semana pasada, también en El Faro, titulado “¿Periodismo o historia?”. Cómo Luers, Ribera también responde a un artículo de Héctor Silva Jr., y ambos responden a la pretensión manifestada por Silva de que La Prensa Gráfica podría estar llenando los vacíos de la historia de la guerra con sus reportajes. No creo que nadie crea esto. Nunca es buena política que un medio de comunicación se eche flores a sí mismo. Ribera tiene palabras tan fuertes como las de Luers. Refiriéndose a la opinión de Silva escribe: “Una superficial preparación académica probablemente explica que caiga en el desatino de plantear que el periodismo sea ‘una fuente alternativa de narración histórica’. El país necesita de buen periodismo y de buena investigación histórica. Son dos cosas distintas”.


Al plantear la diferencia entre el periodismo y la investigación histórica, Ribera toca la misma preocupación que toca Luers, la ausencia de contexto, pero lo hace con un sentido filosófico y por eso se convierte en una opinión más sólida. Sin tener que probar nada, sin tener que sustentar su opinión, Ribera simplemente se preocupa por expandir los límites del diálogo, incitándonos a preocuparnos por el más amplio contexto de la guerra para entender mejor nuestro pasado: “El historiador académico, ya de entrada, va a plantear las cosas desde otra perspectiva: no se enfocará exclusivamente en la injerencia soviética, sino más bien su tema será el papel de ambas superpotencias, en el marco de guerra fría que se vivía, en el conflicto nacional. Por otra parte, no hay que pecar de ingenuos. ¿Acaso estará preparando La Prensa Gráfica una investigación periodística similar sobre el rol de Estados Unidos en la guerra civil? ¿Por qué no investigar sobre la injerencia de militares argentinos o de la inteligencia israelí? ¿Un especial sobre las actividades del terrorista cubano Posada Carriles mientras era asesor del gobierno de Duarte? ¿Qué tal sobre el apoyo de la extrema derecha guatemalteca a los futuros fundadores de ARENA? Mientras ese diario no impulse algún reportaje sobre temas como los que señalo o similares, su investigación periodística no dejará de oler a campaña electoral y a intereses políticos partidaristas. Cosa que no desdice de su calidad profesional. Ni de la inocencia de sus empleados. Pero sí de quienes les dan empleo y deciden los temas”.

A fin de cuentas, estas palabras de Ribera, que ponen el dedo sobre la llaga, son más efectivas que las de Luers. ¿Tiene razón El Faro a decir que su artículo no pasa “filtros de calidad”? Me temo que sí. Y sin embargo, me duele que una vez publicado lo hayan eliminado, por la sencilla razón de que el mal ya estaba hecho. Además, el artículo de Ribera nos decía que la preocupación de Luers es compartida por otros intelectuales. Cuando un periódico comete un error y publica algo que no debió haber publicado, porque contenía alguna falla periodística, debe hacer dos cosas. Primero, reconocer su error, tal y como lo hizo El Faro. Y segundo, abrir el debate. En lugar de eliminar la columna de Luers, un acto que creó un morbo innecesario en el ámbito periodístico, El Faro debió abrir sus páginas a la opinión de Valencia, a la de Silva y a la de todos los interesados. Los errores de la libertad de expresión sólo los puede corregir más y más libertad de expresión, porque más importante que la calidad del periodismo es la calidad de nuestra libertad para pensar y opinar; sin esta libertad, el periodismo no es nada.


(Publicado en El Faro)

Mi última columna en El Faro

“El Faro quería una columna sobre los medios. Crítica a los críticos. Vacilé bastante tiempo antes de aceptar el reto. No tenía ganas de asumir el rol del sabelotodo. No sirvo de árbitro, soy demasiado polémico. Me gusta pelear, no juzgar. Así que no esperen de esta columna transversal la sabiduría de un juez, sino más bien las patadas de alguien que le gusta polemizar.”

Con esta escueta declaración de principios inicié mi columna en El Faro el 1 de marzo de 2004. Bajo esta premisa pública El Faro me aceptó. Me aguantó 131 columnas. Gracias a El Faro regresé al periodismo, luego de una pausa de 8 años. El Faro me prestó la tribuna para opinar, explorar, analizar, polemizar, proponer, cuestionar, provocar. En 131 columnas sobre medios, sobre política, sobre historia, sobre periodismo me gané bastantes enemigos, pero también una cantidad inesperada de amigos e interlocutores. Para los directores de El Faro fue un ejercicio de tolerancia. Me dieron la libertad de tocar los temas más espinosos, de la manera polémica, personal y controversial que yo estimaba pertinente. En muy pocas ocasiones –sólo recuerdo tres- hubo discusiones fuertes con los directores de El Faro. En estas ocasiones excepcionales, yo sentí el intento de indebida interferencia en mi columna. Ellos sintieron que yo abusaba del espacio.

En el último de estos conflictos, en febrero del 2006, cuando en mi columna critiqué de manera muy dura –y tal vez injusta- la dirección de El Faro por no aceptar mi propuesta de publicar las caricaturas danesas de Mahoma, yo dejé claro que esta era la última vez que iba a tener una discusión de este tipo con los editores o directores de El Faro. O sea una discusión sobre si yo cambiaba, agregaba, quitaba algo en mi columna. Que yo no podía aceptar ninguna interferencia en mi columna, a menos que me convencieran que algo que yo escribiera podría tener consecuencias jurídicas para el periódico. Que yo asumía la plena responsabilidad política, ética, profesional sobre mi columna. Y que ellos tenían que aceptar la columna como tal, sabiendo cómo escribo yo, confiando en mi criterio profesional y ético. Que ellos tenían todo el derecho de decidir sobre la existencia de mi columna en su periódico, pero no el derecho de decidir sobre cada uno de los artículos, o sobre partes de ellos.

Por esto, cuando Carlos Dada, el director de El Faro, decidió sacar el miércoles 23 de la edición pasada del 21 de mayo mi columna Del PC y su madre KGB, de hecho decidió sacar de El Faro la columna transversal de Paolo Lüers. Tiene todo el derecho de hacerlo. Para mí, la libertad de expresión del autor es inseparable de la libertad de expresión del medio. El medio no tiene derecho de imponerme cómo escribir. Y yo no tengo derecho de imponerle al medio cómo escribo. Así que quede claro, no me estoy quejando. Estoy explicando a los lectores porque desaparece mi columna de El Faro.

No quiero extenderme mucho sobre la diferencia concreta que ha llevado a Carlos Dada a suspender mi columna. No es tan importante. La dirección de El Faro sostiene que es ilegítimo que yo esté afirmando algo que no puedo comprobar. Yo sostengo que en mi artículo –que no es un reportaje investigativo, sino una columna de opinión- tengo el derecho de sacar conclusiones, siempre y cuando estén respaldadas por mi experiencia con la temática, por mi conocimiento de los actores de la historia, por la razón común, por la lógica.

Si puedo decir en mi columna: “El presidente Saca recibe órdenes de Washington”, sin tener que comprobar esto con documentos secretos o testigos, y sin estar obligado de suavizar esta afirmación diciendo “yo concluyo que el presidente Saca recibe órdenes de Washington”, o “yo sospecho que el presidente Saca está siguiendo lineamientos que probablemente provienen de Washington”, de la misma manera puedo decir lo que dije en la columna en cuestión: que el periodista de La Prensa Gráfica –al lo mejor sin quererlo, a lo mejor sin darse cuenta- le hizo el mandado al PC salvadoreño.

Si puedo afirmar que el señor Daboub nunca hubiera llegado a su cargo de dirección en el Banco Mundial sin la ayudadita del gobierno Bush, y además que esto explica la coincidencia de sus políticas reaccionarias en el Banco Mundial con las concepciones del señor George W. Bush, también puedo afirmar que sin la ayudadita de los comunistas el reportero de La Prensa Gráfica no hubiera llegado a las entrevistas con ex-generales del KGB y otros personajes del mundo secreto de las relaciones entre partidos comunistas.

Es absurdo pedir al columnista pruebas cuando estamos hablando de una historia que tiene como protagonistas a varios partidos comunistas, unos en el poder, otros en guerra, y al KGB, la madre de la desinformación, de la mentira, del encubrimiento, de la manipulación, del aprovechamiento de la ingenuidad y las buenas intenciones de generaciones de periodistas.
Pero como dije, esto no es el problema de fondo. Tampoco lo es que obviamente toqué un nervio muy sensible a una generación de periodistas salvadoreños –más atrevida, más talentosa, más ambiciosa, más independiente que la anterior- que quiere abrirse su espacio y que a veces no tiene suficiente cuidado con fuentes interesadas que les facilitan historias atractivas y exclusivas.
El verdadero problema es el siguiente: Yo me puedo equivocar, me puedo extralimitar en mi ejercicio crítico. Tal vez –aunque no lo creo- lo hice esta vez, afirmando de manera categórica que el PCS le facilitó a Ricardo Valencia la entrevista con el general del KGB. Pero soy yo como autor quien asumo este riesgo, esta responsabilidad – y los costos políticos y profesionales que puede tener. Como autor necesito poder tomar estas decisiones, no las puedo delegar al medio y su dirección. De cualquier manera, haya el PC facilitado la entrevista en Cuba o no, siempre Ricardo Valencia le hizo el mandado al PC, ayudándole a tejer sus leyendas.

Para mi criterio, si es cierto (o mas bien para que sea cierto) lo que todos soñamos con El Faro, Carlos Dada hubiera tenido que poner a la par de mi columna la más rigorosa crítica a mi manera de abordar el tema. El Faro ya ha aguantado –con bravura- que uno de sus columnistas critique, en las páginas de El Faro, a la dirección y la línea editorial del periódico. ¿Cómo no va a aguantar que el director critique, corrija, ponga en su lugar a uno de los columnistas? El Faro es suficientemente fuerte para aguantar, no sólo la pluralidad de opiniones, sino incluso la pluralidad de criterios. El Faro tiene los credenciales y la credibilidad para aguantar el debate interno y público sobre los temas esenciales del periodismo, incluso sobre la manera de hacer El Faro y sobre los principios que lo rigen.

No había necesidad ninguna que El Faro suspenda la columna, sólo porque tenemos un dilema, aunque sea en un punto de gran importancia de su definición como medio. Si El Faro llega a este extremo de suspender mi columna, tengo que aceptar que sus dueños y directores perdieron la confianza en mi criterio, en mi integridad, en mis intenciones en el uso de la crítica. Para ser columnista, no necesito que los editores estén de acuerdo con mis puntos de vista, ni siquiera con mis métodos. Pero sí necesito saber que me tienen confianza.

Me despido de la sección de opinión de El Faro reiterando las mismas palabras que publiqué hace un año haciéndole homenaje a esta aventura periodística:

“El Faro apenas tiene ocho años de existencia. Tiene donde y tiene como crecer. Tiene los lectores más exigentes del país. Tiene los reporteros jóvenes más talentosos del país. Tiene editores que han descartado puestos y salarios importantes para trabajar en El Faro. Tiene un pool de columnistas que reúne más capacidad crítica que cualquier otro periódico grande del país es capaz de atraer.”

Bueno, hoy tiene uno menos. Pero sigue siendo lo mejor que hay. Y esto es mi manera de despedirme de mis lectores. ¿Mi columna? Si hay otra gente, otras plumas rebeldes, que quieren juntarse para crear un sitio de debate, de intercambio de ideas, de provocación de reflexiones, tal vez ahí cabe la Columna Transversal.
(Publicado en El Faro)