lunes, 29 de noviembre de 2004

Detrás del mito, ¿la verdad?

Cuando salieron las primeras entregas de la serie de Geovani Galeas sobre el mayor Roberto d'Aubuisson, me empezaron a hablar amigos y colegas urgiéndome que escribiera sobre el tema. Hace falta que alguien analice bien el texto de Galeas, me dijeron todos, para poner en evidencia que ahí se trata de un trabajo de encomienda, no una investigación periodística; para mostrar que el autor, valiéndose de su pasado por la izquierda, se ofrece a limpiarle la cara al fundador de ARENA.

Yo no les hice caso. Tampoco me gustaba la reconstrucción de la historia, pero no me sentí ofendido ni motivado a corregirla. Más bien, me pregunté: ¿Por qué no se meten ellos mismos a la arena si quieren pelear con Geovani Galeas, con el fantasma de d'Aubuisson o con La Prensa Gráfica? Incluí el asunto en una mi columna sobre columnas que no voy a escribir. Y punto, pensaba yo.

Sin embargo, por más que avanzaba el relato a entregas, me pasaban dos cosas al mismo tiempo: con cada entrega, menos me gustaba el trabajo de Geovani; pero aun más me comenzó a chocar la reacción histérica de mis amigos en la izquierda y en los medios. Por donde se veía a tres izquierdosos o a tres periodistas juntos, se escuchaba puteadas a Geovani Galeas: traidor, mercenario, distorsionador de nuestra historia, lameculo de ARENA, etc.

Me doy cuenta que lo que se expresa aquí por parte de varios de los críticos de Geovani Galeas es una cosa que va mucho más allá de la crítica a la selección y valoración de fuentes, testimonios y hechos, hechas por Geovani. La reacción tan histérica es contra el atrevimiento de poner en cuestión uno de aquellos mitos que en la izquierda salvadoreña hemos creado en el contexto de la guerra y que después muchos empezamos a confundir con la verdad. En este caso, el mito del mayor d'Aubuisson. Aquí están diciendo que no es legítimo abrir un caso supuestamente ya cerrado y poner en duda lo que muchos consideran verdad comprobada: la responsabilidad histórica de Roberto d'Aubuisson como creador y líder de los escuadrones de la muerte y como arquitecto de la represión en los años más sangrientos entre 1979 y 1982.

Resulta que yo no soy partidario de seguir viviendo con mitos convertidos en verdades incuestionables. Repito en público lo dicho en incontables conversaciones: bien o mal hecho (yo digo más bien mal), lo valioso que hizo Geovani es precisamente haber vuelto a abrir el caso, es precisamente haber vuelto a formular la pregunta del millón: ¿Quiénes estaban realmente detrás de los miles de asesinatos y desapariciones? ¿Quiénes estaban realmente detrás de los escuadrones de la muerte? ¿El gobierno, la junta, el estado mayor, la oligarquía, la democracia cristiana de Duarte, los gringos, o un grupo de asesinos freelance bajo el mando de Roberto d'Aubuisson?

Ahora que Geovani Galeas ha vuelto a poner sobre la mesa estas interrogantes, me pregunto: ¿Cómo es posible que nadie lo haya hecho antes?

Para la CIA, la democracia cristiana y los coroneles García, Vides Casanova y compañía, tiene que haber sido bien cómodo el hecho que todo el mundo señalara a d'Aubuisson como el máximo responsable de los escuadrones. Mejor tener como responsable a un ex-militar que a los militares de alta y al mando de la institución. Mejor tener como responsable de los asesinatos a un ex-militar perseguido por Washington que a los receptores de la ayuda militar norteamericana. Mejor tener como responsable a un enemigo de la democracia cristiana que a los coroneles socios de Duarte. Mejor hablar de escuadrones de la muerte al mando de un ultraderechista que actúa a cuenta propia o a cuenta de los oligarcas de Miami que hablar de los escuadrones de la muerte de la Guardia, de la Primera Brigada, de la Policía de Hacienda y de la Policía Nacional.

Yo no tengo elementos para adjudicar responsabilidades concretas sobre los miles de asesinatos. Personalmente estoy convencido que el mayor d'Aubuisson y su grupo que luego fundaran ARENA cargan con una buena parte de la responsabilidad. Todas las investigaciones que hasta ahora han sido presentadas –incluyendo el informe de la Comisión de la Verdad y el reciente juicio en California a un oficial estrechamente vinculado a d'Aubuisson - apuntan en esta dirección.

La verdadera relación y división de trabajo entre los escuadrones “privados” y los escuadrones compuestos o dirigidos por militares aun no han sido investigadas. Es incomprensible que muchos que hablan a nombre de las víctimas se resistan tanto en reconocer que el mito de Roberto d'Aubuisson como responsable de los escuadrones requiere de investigación, contexto, y posiblemente revisión.

Me recuerdo que cuando me encontré con el director de cine Oliver Stone, para solicitarle apoyo a la causa revolucionaria salvadoreña, me preguntó: ¿Qué te pareció mi película “El Salvador”? Me sentí en una situación sumamente difícil y delicada, pero decidí no mentirle. Le dije que me había chocado el hecho que la película pinta al jefe de los escuadrones de la muerte, quien ordenó la muerte de Monseñor Romero, como un loco, un sadista psicópata. Por supuesto, Oliver Stone no me dio ni un cinco, sólo me dijo: “...y yo pensaba que ustedes eran de izquierda...”

Obviamente, ser de izquierda no puede significar imaginarse a los responsables de la represión como un grupo de locos. Más bien espero de la izquierda un análisis muy frío del carácter institucional de la violencia. Nunca concebí la revolución como la erradicación de unos grupos enloquecidos de asesinos, sino como la erradicación de la violencia institucional y la transformación del estado autoritario y represivo en estado de derecho. Y esto lo hemos logrado con los Acuerdos de Paz. (Publicado en El Faro)

lunes, 15 de noviembre de 2004

Solución final. Un epílogo

Se terminó el juego a la democracia dentro del FMLN. Se terminó la historia del FMLN como un frente compuesto por las diferentes tendencias de la izquierda y por esto representativo. Como dijo Eduardo Sancho, el comandante Fermán Cienfuegos del Frente histórico, a partir del 7 de noviembre de 2004, el FMLN debería llamarse Partido Comunista Salvadoreño. Porque con el FMLN que con su pluralismo ideológico, con su creatividad intelectual, con su dialéctica de debates profundos y unidad de acción se ganó en los años 80 la admiración de las izquierdas del mundo entero, ya no tiene más en común que el nombre.

Un partido en el cual una tendencia representa el 45% de la militancia (dándole crédito al resultado oficial), pero sólo se queda con 5 representantes en el Consejo Nacional frente a 50 del bando opuesto, ya no es pluralista. Tampoco es democrático. Un partido que realmente es democrático, garantiza que las tendencias existentes en su seno estén proporcionalmente representadas en los órganos de deliberación y de decisión política.

Hoy el Frente será gobernado por un Consejo en el cual ya no habrá debates, ya no cabrá disidencia, ya no se articulará crítica. Pueden llamarlo de un solo Comité Central. Ni siquiera los militantes provenientes de las FPL, la organización mayoritaria durante toda la guerra, la organización que más combatientes y muertos puso ha podido colocar sus principales dirigentes en el Consejo. Es más, ni siquiera la parte de las FPL liderada por el coordinador saliente y el coordinador electo, Leonel y Milton, han podido introducir a su gente a la planilla ganadora de los ortodoxos. De los 50 miembros que de las planillas ortodoxas ingresan al nuevo Consejo Nacional, 32 provienen del Partido Comunista. Solo 5 de los 55 miembros del Consejo Nacional, corresponden al grupo de Óscar Ortiz. Con razón, a los que más les cuesta tragarse estos resultados son los excombatientes, en su gran mayoría proveniente de las FPL y del ERP. Si los excombatientes, en su gran mayoría ya no se sienten representados por la dirección de su partido, el Frente murió.

¿Por qué fracasaron tan rotundamente los llamados "reformistas"? Fracasaron por dos razones. La principal es estructural: El partido FMLN está estructurado de una manera que ya no permite que movimientos rebeldes lleguen a relevar la dirección y que minorías se vuelvan mayoritarias. Son estructuras tan rígidas que ni siquiera permiten que las tendencias que no controlan la dirección estén proporcionalmente representadas. Por lo tanto, el que pierde, aunque sea por fraude o por un margen mínimo, pierde todo: pierde el derecho de consolidarse y seguir acumulando. Tiene que callarse, adaptarse o salir.

La otra razón es que los llamados "reformistas" no son reformistas. No presentaron a las bases una plataforma distinta a la de la dirección que querían desbancar. Son "reformistas" sin un programa de reformas, ni para la transformación del partido ni para transformar al país.
En la última elección interna, cuando en el 2002 los ortodoxos tuvieron que enfrentar a los renovadores encabezados por Francisco Jovel y Facundo Guardado, sí se enfrentaron dos concepciones claramente definidas del partido, del país y del mundo. Tan claramente estaba definida la alternativa que a los ganadores ortodoxos les pareció demasiado peligroso tenerla dentro del partido. Cuando decidieron expulsar a los renovadores, de hecho transformaron al partido de pluralista en monolítico, de democrático en autoritario, de abierto en cerrado. Lo demás, incluyendo las elecciones internas recién pasadas, no fueron más que trámites. Ya no existía alternativa congruente dentro del partido, ya no existía posibilidad de renovación.
Cuando Óscar Ortiz se presentó como candidato alternativo y formó su "fuerza del cambio", la dirección trató de pintarla como resurrección o prolongación del Movimiento Renovador dentro del partido. Casi como un cáncer que renace luego de su remoción quirúrgica. Con esta campaña anti-renovadora pueden haber tenido éxito dentro de una militancia altamente ideologizada, sobre todo porque los "reformistas" se negaron a decir claramente qué cambios proponían. Pero la verdad es que hay mundos entre los rebeldes renovadores de entonces y los "reformistas" de hoy (más bien de ayer). No es casualidad que los principales exponentes de los "reformistas", incluyendo a Óscar Ortiz, Hugo Martínez, René Canjura, Celina Monterrosa, apoyaron plenamente la purga contra los renovadores.

Siempre me pereció raro que Óscar Ortiz declarara que sus diferencias con la dirección ortodoxa no sean de carácter ideológico ni político y que ellos no iban a modificar el carácter revolucionario del Frente. Al fin me termino convenciendo que no se trata ni de cobardía ni de táctica, sino que simplemente es cierto: son los mismos, y el pleito no es sobre el rumbo del partido y del país, sino sobre cuotas de poder.

Con los resultados internos del FMLN, con la derrota aplastante del grupo de Ortiz, por lo menos queda claro una cosa sobre la cual, antes del 7 de noviembre, muchos todavía tenían dudas e ilusiones: la fuerza auténticamente reformista que necesita la izquierda para transformar al país no provendrá desde adentro del FMLN. Esperar esto es perder tiempo. (Publicado en El Faro)

lunes, 1 de noviembre de 2004

Batallas Culturales

Cuando escribo esta columna, faltan sólo dos días para las elecciones que definirán la presidencia de Estados Unidos. Cuando Usted lea esta columna, posiblemente ya sabrá el resultado. Parece, entonces, demasiado tarde para intervenir en esta batalla, y más conveniente esperar una semana y de un solo comentar el desenlace.

Sin embargo, no se trata de intervenir en la batalla. Los pocos lectores de El Faro que participarán en estas elecciones, de todos modos votarán contra Bush.

Intervengo porque considero que se trata de mucho más que unas elecciones. Se trata de un fenómeno mucho más amplio y profundo, no sólo en Estados Unidos sino en muchas partes del mundo: el resurgimiento de divisiones ideológicas bien marcadas. En Estados Unidos tiene lugar la batalla electoral más polarizada de la reciente historia, entre un conservadorismo muy marcado de fundamentalismo religioso y patriotismo reaccionario, por el lado de Bush, y un liberalismo con muchos componentes de conciencia social, representado por Kerry. Al mismo tiempo, en Europa se está abriendo un debate muy profundo sobre la definición de la Europa unida que se está configurando: ¿Es la religión cristiana el denominador común de esta comunidad de naciones, como dicen las derechas? ¿O las une más bien la concepción secular del Estado, como lo entienden los liberales y las izquierdas europeas? En el primer caso es impensable la integración de Turquía en la Unión Europea, en el segundo caso es lógico que Turquía pertenece a Europa a pesar de ser un país musulmán; y que Arabia Saudita no tiene cabida en Europa, no por ser un país musulmán, sino por ser un país sin libertades religiosas, sin Estado laico, sin tolerancia.

Cuando con el colapso del imperio soviético también colapsó la guerra fría, muchos predecían que terminaba el predominio de las ideologías y que entrábamos en una fase de pragmatismo. Pero resulta que hoy en día hay una marcada diferencia ideológica o cultural, tanto en las Américas como en Europa, entre el conservadorismo de las derechas y los pensamientos progresista de los liberales y las izquierdas.

En las elecciones españolas de este año quedó claro que entre Aznar y Zapatero hay una diferencia que va mucho más allá de diferencias sobre política exterior y económica: representan diferentes culturas, modos de pensar, maneras de concebir el mundo y su futuro. Exactamente lo mismo pasa en Estados Unidos. En los tres debates entre Kerry y Bush quedó claro que las políticas concretas de ambos no difieren tanto, pero que estos dos hombres representan dos culturas políticas muy marcadamente diferentes, casi irreconciliables. Cultura de inclusión versus cultura de exclusión. Cultura de solidaridad versus cultura de darwinismo. Cultura de patriotismo versus cultura de cosmopolitismo. Cultura de tolerancia versus cultura fundamentalista. La polarización muy fuerte que caracteriza esta campaña presidencial en Estados Unidos surge de estas diferencias culturales-ideológicas, no de las propuestas políticas concretas. De todos modos hay un margen de maniobra muy estrecho para cambios de política de seguridad, económica o social. Pero de la elección de Bush o Kerry depende cómo las cortes federales van a interpretar la constitución durante los próximos veinte años: de manera reaccionaria o de manera liberal.

Cuando Aznar declara que para él hay una continuidad de las guerras españolas contra los moros hasta las guerras actuales en Afganistán y Irak; o cuando la dirección de la democracia cristiana alemana propone un referéndum popular contra la integración de un país no-cristiano a la Unión Europea, o cuando la derecha francesa quiere prohibir a las mujeres inmigrantes de países musulmanes el uso de sus tradicionales velos, están abriendo batallas culturales, igual que la derecha fundamentalista detrás de Bush con sus campañas contra el aborto, la homosexualidad y los inmigrantes.

Estas batallas culturales no son nuevas. Han sido un componente de los procesos políticos por siglos. Sin embargo, en la segunda parte del siglo XX, del fin de la segunda guerra mundial en 1945 hasta el colapso del bloque socialista en el 1989, la guerra fría fue tan predominante que distorsionó los mapas políticos en casi todos los países del mundo. La profunda contradicción entre conservadores y liberales (estamos hablando de liberales en el plano cultural y político, no de los neoliberales en el campo económico) fue opacada por la contradicción no conciliable que ambas corrientes -el bloque conservador y el bloque liberal-socialdemócrata- tenían con el socialismo autoritario al estilo soviético.

Sin la guerra fría con sus fenómenos de distorsión ideológica -el anticomunismo irracional en todas las corrientes enfrentadas al bloque soviético, incluso los socialdemócratas, por un lado; y el irracional antiliberalismo en todas las tendencias socialistas, incluso los socialdemócratas, por el otro lado- vuelve a surgir la contradicción cultural fundamental: entre conservadorismo y liberales. Y vuelven a acercarse las corrientes del liberalismo político y de la socialdemocracia, uniéndose contra el proyecto conservador que une a los neoliberales, los evangélicos fundamentalistas, los católicos reaccionarios tipo opus dei, y que en varios países (Italia, por ejemplo) incluye la ultraderecha racista.

En este contexto se entiende el acercamiento entre los liberales de Estados Unidos, representados muy fielmente por Kerry en esta campaña, y los socialdemócratas europeos. Tony Blair y su amistad con Bush son la excepción que confirma esta tendencia. Basta escuchar los debates dentro del Partido Laborista británico para saber que este accidente histórico se llama Blair y no Labour Party.

En nuestras latitudes todavía no se ha conformado el bloque liberal-socialdemócrata. Aquí parece que aun estamos en la guerra fría. El mapa político no se ha redibujado. Siguen dominando las dos fuerzas protagonistas de la guerra, Arena y FMLN. Los verdaderos liberales no se han desprendido de los neoliberales y conservadores de Arena; los socialdemócratas no se han constituido con personalidad propia, algunos todavía no se han desprendido del FMLN. Una vez que los liberales y los socialdemócratas se desprendan de los respectivos polos autoritarios de derecha e izquierda, encontrarán la necesidad y la forma de coaligarse contra las tendencias conservadoras. (Publicado en El Faro)

lunes, 25 de octubre de 2004

Modernidad policial

Fui testigo como tres personas totalmente inocentes fueron detenidos por una patrulla del sistema 911 de la PNC. Demasiado inocentes. Habían llamado al 911 para poner una queja contra los agentes de una patrulla del 911, quienes minutos antes les habían golpeado e insultado durante un registro en frente del restaurante donde ellos cuidan carros en las noches.
La reacción de la policía fue inmediata: regresó la misma patrulla, acompañada por otra, y después de unos minutos de discusión sobre el delito de hacer "denuncias falsas" al 911 esposaron a los tres, dos de ellos menores de edad, y se los llevaron. Unas 10 personas presenciamos la llegada de las dos patrullas, la discusión en la calle, la detención. Varios tratamos a convencer a los agentes que no podían detener a alguien por el delito de haber interpuesto una denuncia. Los agentes nos advirtieron que mejor no nos metiéramos en un asunto policial, y nos explicaron que los iban a detener por haber hecho una denuncia falsa.


En el camino a la delegación, los tres detenidos recibieron amenazas muy explícitas, incluyendo amenazas de muerte, en caso que continuaran denunciando a los agentes. Uno de los detenidos fue golpeado dentro de la patrulla. Al llegar a la delegación, los remitieron por desórdenes públicos, resistencia a la captura, incluyendo el intento de arrebatarle el fusil a uno de los agentes. Además los agentes declararon haberles decomisado cuchillos. En la declaración que la fiscalía presentó después al juez, la queja interpuesta al 911 ya no existía, la segunda llegada de las patrullas no existía. Presentaron una historia totalmente inventada.


A los dos menores les tocaron tres noches en las bartolinas de la delegación. El tercer detenido tuvo que pasar seis noches en diferentes bartolinas hasta que el juez decidiera que no existían pruebas contra el.Los tres han desistido a poner denuncias contra los policías. Las amenazas, una vez más, surten el deseado efecto.


Una historia cotidiana. En los últimos días, cuando andaba en la vueltas y conversaciones con abogados, fiscales, jefes policiales y policías, me contaron de un sin fin de hechos parecidos, muchos de ellos peores, varios con desenlaces violentos, algunos con muertos. Siempre la misma espiral: un policía comete una falta, normalmente ni tan grave, para encubrirla inventa cargos, y para encubrir el fraude procesal que ya es un delito más grave y le puede costar el trabajo o incluso la libertad, recurre a amenazas. Para que las amenazas sean tomadas en serio y la gente realmente no hable, de vez en cuando hay que hacerlas realidad. Una espiral fatal. Una falta relativamente desencadena una escalada donde al final puede haber muertos.Aunque no haya muertos, siempre hay una baja sensible: la confianza en la policía. Es más: retorna el miedo a la policía. En nuestro caso: tres personas amenazadas de muerte por policías uniformados. ¿A quien van a hablar en una emergencia, cuando los asalten, cuando ven que están asaltando a alguien o robando un carro? ¿Al 911? Muchas gracias.


La reacción de mucha gente: Ya estamos igual que con la Guardia o la Policía Nacional de antes de los Acuerdos de Paz. No estoy de acuerdo. En estos días, a raíz del hecho arriba descrito, he conocido a muchos jefes y agentes de la PNC dispuestos a combatir los abusos, las corrupciones y la impunidad dentro de la policía. No es que no hayamos avanzado, no es que la PNC no sea mejor que los cuerpos de seguridad de los años setenta y ochenta. En aquel entonces, el aparato de seguridad como tal era represivo. Casi era requisito para ser miembro de los cuerpos de seguridad ser represivo, violento o corrupto. Los decentes eran la excepción de la regla.
Los acuerdos de paz y la creación de la PNC nos han puesto en la modernidad, en la normalidad que ahora compartimos con los países más desarrollados y democráticos. Igual que en Los Angeles, New York, Paris o Berlin, hoy tenemos policías corruptos y policías honestos, policías represivos y policías respetuosos. Yo conozco a muchos policías que hacen un trabajo excelente. Al igual que en otras partes tenemos hoy, dentro de la policía, una lucha entre diferentes concepciones del mundo y del trabajo policial, reflejo de la lucha que hay en el país entre tendencias autoritarias y democráticas.


Ante los abusos que se dan en la policía, son igualmente dañinos el silencio y el grito al cielo que de nada ha servido la creación de una nueva policía. Hay que romper el miedo, pero igual hay que romper con los bloqueos que no permiten ver los progresos que hemos hecho.Regresando al caso concreto, hago un llamado a los jefes policiales responsables a que tomen las medidas adecuadas para que las amenazas no lleguen a hechos violentos. (Publicado en El Faro)

Columnas no escritas

Cuando en los años 70 fundamos el periódico alternativo Die Tageszeitung (El Diario) en Berlín, todos éramos inexpertos. Ingenuamente pensábamos que en un diario se puede informar sobre todos los acontecimientos importantes. Cuando nos dimos cuenta que esto simplemente era imposible y que de todos los temas importantes que discutimos en la mesa de redacción, siempre se nos quedaba afuera la mitad, a veces por falta de espacio, a veces por falta de tiempo, a veces por falta de nuestra capacidad profesional, nos inventamos una solución inédita en la historia del periodismo: comenzamos a publicar, todos los días en página uno, la lista de los acontecimientos y temas que no teníamos capacidad de cubrir.

Hoy, con mi columna, estoy en una situación parecida. Durante la semana siempre tomo nota de los temas que me parecen dignos de ser comentados. Hago recortes de noticias, artículos, personajes que urgen estar sometidos a polémica. Pero el fin de semana, cuando me toca escribir mi columna, sólo puedo escribir una columna, sólo puedo tocar un tema.

La solución es parecida a la que nos inventamos en el periódico alemán. De vez en cuando voy a publicar una columna adicional comentando todos los temas que no tengo capacidad de abordar.
Por ejemplo, para andarme peleando con ministros, alcaldes y centros comerciales, perdí el momento oportuno para comentar la manera tan audazmente innovadora en que el Diario de Hoy introdujo un formato nuevo al periodismo nacional que podríamos llamar el "reportaje subjetivo". Publicaron varias entregas, de varias páginas cada una, sobra las condiciones de vida en la cárcel de mujeres de Ilopango. Un tema muy digno de investigar. Pero resulta que lo que publicaron, entrega por entrega, era un relato en primera persona de una mujer presa en Ilopango. Relato puro, sin ninguna intervención del periodista. Muy interesante, por cierto. Pero hasta ahora, los periodistas tuvimos una regla: siempre buscar varias fuentes. Hasta ahora, el periodismo tomaba el relato testimonial como punto de partida o como complemento de una investigación, nunca como sustituto de la misma. Hasta ahora, pensábamos que el periodista interviene, corrobora, confirma, descarta, comenta la información, la pone en dimensión, la contrasta con otros elementos. El medio es precisamente esto: medio, no un espejo de la realidad.

Tampoco tuve oportunidad de escribir una columna sobre el alcalde de Suchitoto quien mandó a rehacer la calle al lago, y lo hizo de una manera tan incompetente e irresponsable que después de más de seis meses todavía no hay calle. Con su excelente planificación y calendarización de obras, lograron que docenas de familias que dependen del turismo en el lago, perdieran el negocio durante ya seis meses, incluyendo las temporadas de semana santa y de las vacaciones de agosto. Simplemente los dejaron sin calle transitable durante todo el invierno. No aceptaron la propuesta de habilitar una calle alterna (cosa que hubiera costado poco) antes de destruir la calle principal. Arrancaron el empedrado entero días antes de Semana Santa, luego abandonaron la obra durante las vacaciones, les agarró el invierno que lavó toda la tierra y definitivamente hizo intransitable la calle; luego pasaron meses sin que pasara nada, meses que se tardaron para retomar la obra; y a esta altura, todavía no hay calle. Seis meses sin calle equivalen a seis meses que los turistas no llegan al lago; que los lancheros y el ferry no trabajan; que los comedores no venden. Se avecinan las fiestas patronales de Suchitoto, en diciembre, y navidad. Dos temporadas de turismo, excursiones, de negocio para la gente del lago. Si la gente del lago pierde estas temporadas, nadie les salvará de la quiebra.

Otro tema no tratado: la sorprendente vocación historiadora de nuestros dos periódicos grandes. La "verdadera" historia detrás del "mito del mayor D'Abuissón" en uno, y la "verdadera historia" del golpe del 15 de octubre del 1979 en el otro. ¿Después de años de cultura del olvido, compartida y promovida por los periódicos, de repente detectan la necesidad de hacer historia? ¿Y los dos periódicos al mismo tiempo? ¿Y cada uno con un hermano Galeas metido como historiador? Por muy mal hechos y mal intencionados que sean estos dos intentos de escribir historia, por lo menos han abierto el debate. Limpiar la imagen de Roberto D'Abuissón puede ser una empresa cuestionable, pero al fin Galeas no puede lograrlo sin echar al muerto (Monseñor Romero) a otro sector de la derecha. Así que gracias al intento de limpiar a un escuadronero queda abierto el debate sobre la verdadera relación que existía entre asesinos uniformados y asesinos civiles. Esto puede ser un valioso aporte a la búsqueda de la verdad.

Sobre el caso Federico Bloch ya publiqué una columna. Varios amigos me dijeron que ahora hace falta otra, comentando la manera como han logrado celebrar un juicio contra los supuestos asesinos sin revelar información, sin hablar de los móviles, sin ninguna transparencia. Que buena suerte que los acusados son menores y que por lo tanto hay disposiciones legales que legitiman la exclusión del público. No voy a escribir este nueva columna, por dos simples razones: primero, sigue válida la primera, con todas la preguntas, ya que ninguna ha encontrado respuesta; segundo, por qué no la escriben los amigos que me aconsejan escribirla, que me dejaron solo cuando se trató de romper el silencio colectivo sobre el asesinato.

Tampoco voy a escribir sobre Nelson García. Todos lo hacen, así que no hace falta. Tal vez el tema sería otro: la manera que los periódicos usaron las fotos de Nelson García y la biblia, Nelson García de rodillas rezando. Me imagino que los editores tenían cientos de fotos para escoger para ilustrar la nota sobre la absolución de Nelson García. ¿Por qué escogieron las más repugnantes, las más mentirosas? Que Nelson García recurra a esta payasada, resulta entendible. Que los medios le hacen el favor de publicar esas poses perversas, es otra cosa.

Durante la campaña electoral se me frustró la idea de romper el formato de mi columna publicando nada más una foto. Pasé varios días a la caza de la foto, sin resultado. Pasando por la zona de la Chulona, me había encontrado, en repetidas ocasiones, con un bus de la línea 22 que tenía, en una esquina de su frente, la enorme svástica negra de los nazis de Hitler, en la esquina opuesta la conocida silueta del Che, y encima de este conjunto, estaba ondeando la bandera del FMLN que en estos días adornaba a casi todos los buses, con excepción de los que tenían una del PCN. Me intrigaba esta imagen: ¿puede alguien ser partidario al mismo tiempo de Hitler, del Che y del FMLN? ¿O es este bus el ejemplo de cómo algunos símbolos políticos se transforman en íconos de la cultura pop, perdiendo totalmente sus contenidos políticos? ¿Cuántos de los buseros que andan la silueta del Che conectan esta imagen con la lucha revolucionaria? ¿Cuántos jóvenes que andan la svástica la asocian con los campos de concentración? Siempre cuando vi al bus de los tres íconos, no andaba cámara. Y siempre cuando salí con cámara para buscar a este bus, nunca lo encontré. Pasé horas buscándolo. Quería tomar esta foto. Estuvo obsesionado con la idea de publicar una columna sin palabras, sólo la foto del bus. Hoy pienso que la foto hubiera sido válida a tomarla. Pero ponerla como columna hubiera sido una tontería.

Fui a ver la película Fahrenheit 9/11 sólo para escribir sobre ella. Ya sabía que no me iba a gustar. El hecho de tener la razón no justifica la película, la hace aún peor. La vuelve aún más embarazosa. Si fuera partidario de Bush, esta película me causaría cólera. Lo que me causa es algo peor: pena ajena, porque resulta que comparto el profundo odio que Michael Moore tiene a Bush y a todo lo que representa. Más pena me da el hecho que un montón de gente que también comparte este rechazo a Bush celebran la película como obra maestra de la cinematografía documental. Tener razón no es suficiente, si el lenguaje es manipulativo. El contenido no justifica el uso de técnicas además baratas de montajes para crear emociones. Quien quiere criticar al discurso mentiroso, desinformativo, resentido de Bush tiene que confrontarlo con argumentos, con información, con franqueza y transparencia. Cosa que John Kerry hizo bastante bien en los tres debates. Michael Moore y su película Fahrenheit no le ayudan en nada. Es impresionante la cantidad de información valiosa que maneja Moore en la película y que no ha sido divulgada en los medios. Por ejemplo, todo lo relacionado con las relaciones financieras entre las familias Bush y Bin Laden, y con la salida de los familiares de Bin Laden después del 9 de septiembre, cuando teóricamente ningún vuelo podía salir de Estados Unidos. Sin embargo, la manera tan manipulativa e indiscriminada de mezclar información con activismo político, actos egocéntricos del autor, y el uso de elementos emocionales como las madres de soldados caídos en Irak, hacen dudar de la información. El tremendo éxito de esta película me asusta. ¿Será que los adeptos y los adversarios del sordo mundo de los Reagan, Schwarzenegger y Bush son igualmente impresionables por la propaganda barata? (Publicado en El Faro)

lunes, 11 de octubre de 2004

Historia de una adicción

Tengo más de 3 años de tener celular. Empecé como casi todos, pensando que en el fondo no necesitaba celular. Había pasado décadas felices de mi vida sin celular, y sólo acepté incorporarme en el ejército de telefonistas móviles cuando un día me quedé con una llanta pacha, en medio de la nada, sin llanta de repuesto, sin poder llamar a nadie. Pasó una señora, sacó su celular, habló a un taller, y me dijo: "Consígase uno de estos, viera que práctico". Bueno, decidí, para emergencias.

Como solamente iba a usarlo en emergencias, agarré el plan más modesto que ofrecía Telecom, de 120 minutos al mes. Al principio, jamás pasé de los 120 minutos. Al rato, me salían cuentas mucho más altas que el plan pactado. Empecé a usar el celular incluso estando en mi oficina o mi casa. Dejé de usar teléfonos fijos porque ya no me acordaba de ningún número telefónico. Ya todos conocen la historia. A menos de un año, estaba dependiendo del celular como todos los demás. A los dos años, mis recibos llegaron a los 50 dólares. Así que decidí agarrar un plan de 300 minutos que era más económico. Pero ya todos sabemos como funcionan los vicios. Sin darse cuenta, uno quiere más y más. Así que en los últimos meses, empecé a agotar o incluso sobrepasar los 300 minutos.

Hasta que alguien en Telecom se dio cuenta y trató de pararme. Sin que nadie se diera cuenta, los nuevos dueños mexicanos, en su afán de cambiar todo lo que los dueños franceses habían hecho en Telecom, incluso cambiaron la misión principal. Parece que su objetivo ya no es vender a los salvadoreños la máxima cantidad de servicios telefónicos, sino más bien rehabilitar a los salvadoreños de la droga celular.

Hace como 10 días empezaron a aparecer en mi celular, cada vez que quiero hacer una llamada, mensajes casi tan raros como las que llevan las cajetillas de cigarros advirtiendo el peligro mortal que significa fumar. O como los anuncios para bebidas alcohólicas que te insinúan que sin whisky escocés o vodka ruso la vida no vale la pena, y al final te advierten: consúmalo, pero con moderación. En el caso de Telecom, el mensaje no es tan dramático, pero va en la misma dirección: "Estimado cliente, su llamada está siendo procesada, pero le informamos que ha excedido su límite de crédito. Marque *85 donde le brindarán mayor información en relación a su pago."

Primero pensé que no había pagado. No sería raro. Ya me ha pasado, y de repente cada vez que uno marca un número, un mensaje muy parecido: Estimado cliente, su llamada está siendo procesada... Y viene el embarazoso recordatorio que uno no ha cancelado su recibo.
Entonces, marqué el número *85 y les pedí confirmar mi saldo. No señor, usted no debe nada, me dijeron. Bueno, entonces, ¿por qué no me quitan el mensaje que me sale cada vez que marco un número?

Un momento, por favor. Al rato, la amable voz de servicio al cliente: Fíjese, Usted ha excedido el límite de su crédito. Por esto le han puesto el mensaje.¿Cuál límite de crédito? ¿Cuál crédito? Yo no suscribí ningún contrato que habla de un límite de crédito. Yo lo que tengo contraté es un mínimo de 300 minutos, no un máximo. Tengo que pagar 300 minutos, aunque hable menos. Y si hablo más, me cobran el excedente. Y me lo cobran a una tarifa mucho más alta. Entonces, ¿cuál es el problema?

El problema es que se ha excedido del límite de crédito, y para su propia conveniencia, se lo estamos advirtiendo.

¿Conveniencia? Señora, ¿sabe lo que significa tener que escuchar este mensaje 20 o 30 veces al día? Esto no es conveniencia, es inconveniencia, ¡es hostigamiento!Pero lo estamos haciendo para su propio bien, señor.

Señora, está bien, le agradezco mucho que se preocupa tanto por mi bolso y por mi vicio de hablar por celular, pero no me pueden mejor mandar un pequeño SMS, así como siempre hacen para informarme cuánto va a ser el próximo recibo, se lo agradecería mucho, pero no un mensaje 290 veces al día...

Como era de esperar, esta discusión no resolvió nada. La amable señora me recomendó ir a pagar el próximo recibo (el cual reflejaría el excedente en cuestión) aunque todavía no le hubiera recibido. Al pagarlo, me iban a quitar el mensaje.No, señora, esta no es la solución. No me pida que pague un recibo que ni siquiera ha sido emitido. No me diga que me va a seguir castigando si hago uso de mi derecho de esperar hasta que me llegue el recibo, incluso esperar la fecha indicada como último día de pagar, y entonces pagar.

Tuvo dos conversaciones telefónicas similares con las voces amables del servicio al cliente de Telecom. Ya había pasado como unos 10 días escuchando el mensaje. Todavía pensaba que tenía que tratarse de algún error, un malentendido, estas cosas pasan en las empresas grandes.
Entonces, decidí ir a la cueva del león. Fui a la agencia más cercana de Telecom, para personalmente aclarar el malentendido.

Como ya me puedo como trabajan (o no trabajan) en esta agencia, me dirigí directamente a un señor que estaba sentado en un escritorio. Estos son los jefes. Los que trabajan vendiendo servicios, están parados en una mesita alta. Los que están sentados, normalmente hablan por teléfono.

Interrumpiendo una conversación familiar importante, le pregunté quien me iba a atender en caso de un reclamo. Afuera, en la sala donde reciben, me dijo, y según la llegada...
De las 4 mesas altas instaladas para atender a clientes, sólo una estaba habilitada. En ella, estaban asesorando a un cliente que después tenía que llenar un contrato. Cuando terminaron, por suerte sólo yo estaba esperando, ya que los otros dos clientes ya se habían retirado durante los 40 minutos que yo llevaba esperando.Me tocó a mí. Expuse mi problema, el del mensaje y del malentendido con el límite de crédito, etc. El empleado agarró su teléfono, marcó un número y sin ninguna explicación (ni a mí ni a quien contestaba el teléfono) me dio el auricular. Estaba nuevamente comunicado con las voces amables del servicio al cliente. Vea arriba. Misma conversación. Sin resultado.

Entonces, me encachimbé de verdad. Regresé a mi oficina y redacté una carta a la gerencia de Telecom. Que no quería escuchar este mensaje más que las 200 veces que ya me lo pusieron. Que no había contratado ningún límite de crédito. Que no deseaba pagar por adelantado mi recibo. Que por favor resuelvan este problema de la única manera aceptable: quitando el mensaje y garantizando que nunca más lo vuelvan a poner.

Pasé por las oficinas centrales de Telecom. Pregunté a la recepcionista a quien había que entregar una carta dirigida a la gerencia. Si es un reclamo, es en aclaraciones, me contestó y me dio un número. Me quedé impresionado del hecho que ya saben que una carta significa reclamos y que hay tanta confusión que necesitan un departamento de aclaraciones. Tan impresionado que acepté sentarme a hacer cola para entregar la carta. La curiosidad venciendo la impaciencia.
Al rato llamaron mi número. Fui a una mesa, me recibió una señora que bien pudo haber sido una de las voces amables del servicio al cliente. Abrió la carta. Es para la gerencia el reclamo. Tengo que abrirla para darla por recibida, dijo y empezó a leer. Señor, este problema se resuelve muy fácil. Sólo pague la factura y le quitamos el mensaje.

No señora, no me entiende. Ya que leyó la carta a su gerente, léela bien. Yo no tengo factura pendiente. Ni siquiera me han mandado la factura. Quiero que me quiten el mensaje y no vuelvan a ponerlo nunca jamás.

Bueno señor, esto es imposible, porque es política de la empresa.

Al fin caigo en la cuenta. No es ningún error, no hay malentendido. Los franceses dueños de Telecom me dieron un contrato para inducirme hacer más llamadas. Yo les hice caso. Ahora, los nuevos dueños mexicanos cambiaron la política. Quieren rehabilitarme del vicio. No quieren vender servicios a cualquier costo. Piensan en mi conveniencia, y lo que me conviene es hablar 300 minutos. Ni más ni menos.Sólo que a mí ya me venció el vicio. Quiero hablar cuando quiero y cuanto quiero. Así soy yo. Cuando comenzaron a hostigarme con mensajes tontos sobre los riesgos del fumar, mejor dejé de fumar. No aguanto que me prediquen. Odio los mensajes. Ni la música de mensaje puedo tolerar...

Voy a dejar de hablar o cambiar de compañía telefónica.

A los días me llegó el recibo. Mi saldo es de $44.49. Mi paquete de 300 minutos me cuesta $39. Quiere decir que mi exceso es de $5.49. ¿Qué pasaría si mi enfermedad avanza y me hace hablar aun más por mi celular, llegando a un exceso de $50 al mes? ¿Me quitarían el celular? ¿O Telecom tendrá el poder de remitirme a una clínica de rehabilitación? (Publicado en El Faro)

lunes, 27 de septiembre de 2004

La Gran Vía, ¿hacía donde?

Termina el sufrimiento. Al fin, vamos a tener un lugar para "compras al estilo de las grandes ciudades". Están construyendo en El Espino "La Gran Vía", la respuesta de los Dueñas y Simán a los Metrocentros, los Hiper Mall, los Plaza Mundo y El Paseo. Pero quien piensa que han botado otros miles de árboles para hacer nada más otro centro comercial, no ha entendido los nuevos tiempos. La Prensa Gráfica, en uno de sus publireportajes que da propaganda encubierta al proyecto La Gran Vía, nos explica que se trata de un "Life Style Center", o sea que "más (de) un estilo de vida que un comercio." Nos ponen, en toda una serie de publireportajes (no sólo en La Prensa Gráfica, sino en casi todos los medios escritos y televisivos), los ejemplos de dos centros comerciales en Miami, el "Lincoln Road" y el "City Place". Así será, muy pronto, La Gran Vía...
¡Qué barbaridad! Estamos botando los cafetales y bosques de El Espino para tener un pedazo de Miami. Para tener un estilo de vida importado de Miami. ¡Qué estupidez! "Compras al estilo de las grandes ciudades", "cosmopolita", así informa La Prensa Gráfica ("Noticias de Verdad") sobre el proyecto de los Dueñas y Simán. Lo cosmopolita, el estilo de las grandes ciudades, reducido al mall gringo.

Lo que está creciendo en lo que hace poco fue la finca El Espino, es la antitesis de la ciudad, de lo urbano, del estilo de vida urbano. El comercio grande, en vez de hacerse cargo de su responsabilidad sobre el centro de la ciudad que lo vio nacer y crecer, lo abandona y lo deja a la merced del comercio informal y de la incapacidad de las burocracias municipales. Primero se van al Metrocentro. Después a la Escalón, construyen Villas Españolas, Galerías, El Paseo. Ahora al Espino. El gobierno le sigue. Quiere construir, a la par de los malls que marcan el estilo de vida a la Miami, el nuevo centro de gobierno. La presidencia ya se fue de San Jacinto, donde tenía la ventaja de estar rodeada por la vida real, a la salida a Santa Tecla y Merliot.

El centro de la ciudad fuera de la ciudad, eso no puede funcionar. Es el tiro de gracia a la ciudad San Salvador. Destruye el urbanismo. La vida urbana ya no tiene centro, centro de gravedad, lugar común de encuentro para todos, se diluye y dispersa en los suburbios. El centro ya fue declarado ingobernable por el alcalde. En vez de renunciar para dejar que tal vez otro intente a gobernar y sanear la ciudad, Rivas Zamora tolera que el centro se consolide como un gran mercado central.

El Metrocentro se va a convertir en el sustituto del centro histórico. Un centro privado, con seguridad privada, donde la gente puede pasear, ver escaparates, comprar, ir al cine. Una vez que se establezca el nuevo Life Style Center en Merliot (la suma de Cascada, Multiplaza y Gran Vía), el Metrocentro va a sufrir, gradualmente, una transformación social, cultural y comercial. Lo que fue inaugurado como el centro comercial para los pudientes terminará sirviendo a los pobres, con todas las transformaciones que esto significa.

La Escalón ya tiene contado su tiempo. Le va a alcanzar la misma suerte que la Laico o la Flor Blanca. Las señoras casas de los ricos que se fueron, convertidas en prostíbulos.
Todo esto pasa, de manera incontenible, cuando ni el gobierno municipal, ni el gobierno central y mucho menos los poderes fácticos de los grandes consorcios tienen una visión de urbanismo, ni asumen su responsabilidad para la ciudad.

Si los grupos Poma, Dueñas, Simán, Murray Meza que siempre se tildan de visionarios y pioneros realmente fueran un poco más que simples mercaderes, no hubieran escogido (y destruido) la finca El Espino para desarrollar el nuevo centro, sino el centro histórico de San Salvador. No con una concepción conservacionista de preservar todo lo histórico, sino con la concepción de devolver al centro su función histórica. Botando todo lo que ya está en ruinas, dejando como islas las pocas partes históricas rescatables, quedaría suficiente espacio, no sólo para centros comerciales integrados en la infraestructura y el tejido social urbano, sino además para parques y parqueos amplios, para universidades, para el centro de gobierno y para modernos y creativos complejos habitacionales.

Si realmente estos grupos pudientes tuvieran interés en nuestra ciudad, no la hubieran abandonado, no la hubieran dejado en manos de la inercia del gobierno municipal y de la vorágine del comercio informal. No se hubieran zafado de la ciudad y su responsabilidad con su futuro yéndose a los suburbios.

Claro, lo que hubieran construido en el centro de la ciudad, no hubiera sido copia de los malls gringos. Tal vez se hubiera parecido al verdadero "estilo de las grandes ciudades", pero no ciudades como Miami (o Houston o Los Angeles), sino más bien ciudades como San Francisco, Paris, Barcelona, Bogotá, Lima o Berlin. Ciudades que han hecho esfuerzos grandes, sostenidos y concertados entre gobierno municipal, gobierno central, capital, comercio y vecinos para recuperar sus centros, volverlos seguros, limpios, creativos, lugares de comercio, cultura, encuentro, diversión. Volverlos corazón y alma de las ciudades. De otra manera, desalmadas, las grandes metrópolis se vuelven monstruos.

Nosotros estamos tolerando que estén destruyendo el centro y al mismo tiempo las áreas verdes que rodean la ciudad. ¿Qué ha pasado con los miles de manifestantes que hace pocos años juraron defender al Espino? ¿Qué ha pasado con la izquierda que ganó el control de las alcaldías de casi toda el área metropolitana, y que juró no sólo defender al Espino sino también a los centros de nuestras ciudades? ¿Qué pasa con todos nosotros que estamos viendo lo qué están haciendo a nuestras ciudades y tampoco nos levantamos para defenderlas? (Publicado en El Faro)